Hoy salí a pasear con los niños por los campos aledaños al pueblo donde vivimos. Es una zona agrícola con senderos de tierra y bosquecillos. Hacía un tiempo estupendo, por lo que fue una buena oportunidad de que los niños tomaran aire puro e hicieran ejercicio. Iban corriendo de aquí para allá buscando insectos y otros animalitos que abundan en la primavera y el verano.
Para mí también fue un respiro. En esos caminos rurales no hay computadoras ni trabajo urgente, obligaciones, reuniones, desórdenes que arreglar ni ninguno de los mil y un quehaceres que nos mantienen atareados la mayor parte del día.
Cuando entró en servicio en Japón el tren bala Sanyo Shinkansen, las personas que residían cerca de la línea férrea se quejaron del ruido. Aproximadamente la mitad de la línea está en túneles. Al salir el tren de esos túneles se producía un ruido explosivo por un cambio repentino en la presión del aire.
Los ingenieros estudiaron el problema hasta que uno de ellos recordó haber leído algo sobre un ave, el martín pescador, que posee una singular característica de diseño.
Todos los años, poco antes de Navidad, me tocaba acudir a la misma oficina a hacer unos trámites. Normalmente mi visita resultaba muy fácil y placentera gracias a la ayuda de Judy, una de las chicas que trabaja allí.
Cierto año, al cabo de unos minutos de conversación, Judy prorrumpió en llanto. A su marido le había reaparecido el cáncer. Ya le habían extirpado un tumor del hígado, y los médicos le auguraban poco tiempo de vida.
La casa que tenían mis abuelos en el campo era de los años veinte. Tenía pisos y acabados de madera maciza de roble. También tenía registros, unas rejillas graduables en los pisos con las que se regulaba el paso del aire caliente que venía por unos tubos desde la caldera del sótano. Mi prima y yo nos divertíamos mucho conversando por esos ductos.
Abróchate el cinturón. Estamos por abandonar el insulso y restrictivo mundo del planícola para adentrarnos en la fascinante dimensión espiritual. Vamos a sintonizar con el misterioso universo de las realidades eternas. Nos internaremos en el mundo vivo de lo perpetuo, dejando atrás el agonizante mundo presente. Entraremos en el ámbito de lo eterno por oposición al espacio pasajero del tiempo. Se trata de una dimensión fascinante y en gran medida imperceptible para nuestra visión mortal, terrena y temporal.
¿Será la muerte tu fin?
La muerte forma parte del ciclo de la vida; no es el fin. Esto se evidencia en todas las esferas de la naturaleza, y quizá no haya ejemplo más claro que el que presentó Jesús a Sus discípulos cuando los preparaba para la muerte que Él iba a padecer: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto»1
El apóstol Pablo se explayó en esa analogía al referirse a nuestro fin, que en realidad será nuestro principio. «Cuando se siembra, la semilla tiene que morir para que tome vida la planta. Lo que se siembra no es la planta que ha de brotar, sino el simple grano, sea de trigo o de otra cosa. Después Dios le da la forma que Él quiere, y a cada semilla le da el cuerpo que le corresponde. […] Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos. Lo que se entierra es corruptible; lo que resucita es incorruptible. Lo que se entierra es despreciable; lo que resucita es glorioso. Lo que se entierra es débil; lo que resucita es fuerte. Lo que se entierra es un cuerpo material; lo que resucita es un cuerpo espiritual»2.
Soy criatura de un día. Paso por la vida cual flecha que corta el aire. Soy un espíritu que procede de Dios y vuelve a Dios. Una cosa quiero saber: el camino al Cielo.—John Wesley
El mundo no es más que una enorme posada en la que nos alojamos un par de noches para luego partir. ¡Qué insensatez es esta de fijar nuestro afecto en la posada y olvidarnos de nuestro hogar!—Thomas Watson
Para el último viaje no es menester equipaje.—Refrán español
De tanto en tanto esta columna hace referencia al tema de la imagen de la Bestia. Hace poco estaba observando una foto de una colosal estatua bañada en oro de un dictador recientemente fallecido. Me dio que pensar. Se ve que a los dictadores les encanta erigir gigantescas estatuas de sí mismos.
Por lo que se deduce de la Biblia, el peor tirano que el mundo llegará a conocer seguirá la tradición de sus predecesores. Me refiero, lógicamente, al Anticristo, a quien el apóstol Juan llamó «la Bestia» en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis.