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Análisis del miedo

Existe la creencia generalizada de que nacemos con solo tres miedos: el miedo a los ruidos fuertes, el miedo a caer y el miedo al abandono. Según algunos psicólogos venimos  programados con esos tres temores; todos los demás son adquiridos. El miedo a las arañas, a la oscuridad, a los dentistas y demás azares se integran a nuestra psiquis a través de experiencias que vivimos o información que vamos juntando.

El miedo es una respuesta vital ante el peligro. Si al caminar de noche por una calle oscura y desconocida el pulso se te acelera, tu respiración se vuelve más superficial y sientes un hormigueo en la nuca, es porque el cerebro está indicándole al cuerpo que podrías estar en peligro. Entonces decides tomar una calle bien iluminada, o entrar en una tienda y llamar a alguien para que te recoja.

Los temores generalmente se dividen en dos categorías: los legítimos —que nos advierten de una amenaza real, ya sea física o emocional— y los infundados, que se originan en la imaginación y tienen escaso o ningún fundamento en la realidad. El problema es que al cerebro le cuesta distinguir entre ellos; de ahí que con frecuencia reaccione de la misma manera ante ambos: con un aumento de la actividad en la amígdala cerebral*, que desencadena una reacción que según los casos puede ser huir o presentar batalla.

Un método que emplean los terapeutas para ayudar a una persona a superar un temor es la exposición controlada a lo que causa esa reacción de miedo, tal como la altura o las arañas. Cuando lo que se teme no se materializa —es decir, cuando la consecuencia temida deja de ocurrir reiteradamente—, la mente se reprograma para no reaccionar con miedo ante la presunta amenaza.

Otros temores son más difíciles de superar, ya que no están vinculados a una situación o un agente físico. Son más bien internos y están asociados con la preocupación y la inseguridad. Generalmente da buenos resultados analizarlos, para distinguir entre las situaciones reales y las percepciones erróneas. Claro que no hay ayuda más eficaz que la que nos puede proporcionar Dios, la mayor fuente de comprensión, consuelo y alivio frente a tales temores. Cuando tenemos la certeza de que Él se preocupa por nuestro bienestar, que está con nosotros en todo momento, que ha planeado nuestro futuro y nos promete que al final todo redundará en nuestro bien (V. Jeremías 29:11; Romanos 8:28), cambia el cariz de la situación y los temores se disipan.

Para liberarnos de ambos tipos de miedo, Dios nos ofrece una íntima conexión con Él. Esa conexión la establecemos a través de la oración y la fortalecemos mediante la lectura y el estudio de la Palabra de Dios, creyendo las promesas que nos hace y aplicándolas a nuestra vida cotidiana. Cuanto más aprendemos a confiar y a depender de Dios, más puede ayudarnos a superar nuestros miedos.

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*Se considera que es la región del cerebro donde se almacenan las reacciones emocionales.

 

 

Roald Watterson es redactora y autora de contenidos para My Wonder Studio, un portal de formación cristiana para niños.

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