A veces me sorprendo de lo torpe que puedo llegar a ser. Leo la Biblia con asiduidad desde hace 40 años y, sin embargo, no fue hasta ayer que capté algo tan elemental que me quedé pensando dónde había tenido la cabeza los últimos cuatro decenios.
Últimamente me molesta el injusto trato mediático que se le suele dispensar a Dios. En muchos de los libros que he leído y los programas de televisión y películas que he visto, pareciera que cada vez que se menciona a Dios, lo presentan como un ser duro e inflexible, incluso ruin. Ya me estaba cansando de eso, simplemente porque no coincide con el Dios que conozco yo. Al mismo tiempo admito que a veces yo mismo he dudado de Su bondad. No es que haya puesto en entredicho que Él sea bueno, sino que me he sentido ajeno a Su bondad, como marginado de ella. Sin embargo, aun lidiando con mis propios interrogantes acerca de la justicia de Dios, sabía que esas formas de retratarlo eran tremendamente injustas.
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Jesús dijo a Sus seguidores que les enviaría «la promesa del Padre» para que fueran «investidos de poder desde lo alto» (Lucas 24:49). Si has aceptado la salvación que te ofrece Jesús y has «nacido de nuevo del Espíritu», ya has recibido una porción del poder del Espíritu Santo. Pero eso no significa que te hayas llenado de él. Por lo general, eso ocurre después, y es una experiencia aparte.
No te amo por lo que eres ni por lo que dejas de ser. No te amo por la clase de persona que eres. No te amo por lo que haces ni por lo bien que lo haces. No te amo porque hayas pecado poco o metido la pata con poca frecuencia, ni por las veces que has obrado con acierto. Te amo porque sí, sin condiciones. Aunque esa verdad resulte difícil de entender, cuando la captes toda tu vida cobrará un nuevo significado y mayor profundidad. Descubrirás una nueva realidad. En ti hay plenitud porque se te ama. Eres libre porque se te ama. Eres capaz de amar verdaderamente a los demás porque se te ama plena e incondicionalmente.
No decidí amarte a causa del amor que me profesas ni de lo que haces por Mí. Te amé desde antes que existiera nada de eso, desde antes de tu primer aliento.
Capítulo 1: Cristo, el Hijo de Dios
Capítulo 2: Cristo, el Hijo del hombre
Capítulo 3: Cristo, el divino maestro
Capítulo 4: Cristo, el que convierte almas
Capítulo 5: Cristo, el gran médico
Capítulo 6: Cristo, el pan de vida
Capítulo 7: Cristo, el agua de vida
Hoy en día cada vez se escucha menos esa pregunta milenaria. Algunas personas no se la plantean porque están tan enfrascadas en la satisfacción de sus deseos y necesidades físicas que no se detienen a considerar sus necesidades espirituales. Otros la evitan porque tienen miedo de que la respuesta no sea de su agrado. Otros más no se la plantean porque no creen que tenga respuesta; su avidez innata de la verdad se ha visto aplacada por el descreimiento y el relativismo moral que predominan en las corrientes modernas de pensamiento.
Algo que encuentro particularmente maravilloso de Jesús es la salvación que nos ofrece, capaz de transformar nuestra vida, está a disposición de cualquiera que se la pida sinceramente y con fe. Puede que la comprensión que tenga uno de la doctrina cristiana sea mínima; pero si el corazón está sediento, si uno ansía tener una relación con Dios, uno la encuentra —de manera clara y definitiva, sin tener que dar nada a cambio— aceptando a Jesús como Salvador. La salvación es sencilla; es un regalo. Uno la pide, la recibe y es suya.
Los Evangelios no siempre tuvieron ángel para mí. Representaban una materia más del colegio. Eran sugerentes, pero no lo suficiente como para zambullirme en ellos en busca de brillantes verdades. Eso hasta los 17 años, cuando cayó en mis manos un librito con el Evangelio de Mateo, que me cautivó. Por entonces vivía yo en Nueva York y recuerdo haberme sentado en la ladera de un cerro, junto a una inmensa autopista, a leer el Sermón de la Montaña. En aquella etapa de joven idealista que soñaba con labrar un mundo mejor, las palabras de Jesús fueron lo más revolucionario que había leído yo en la vida. Después de eso ya no me despegué de su lectura. Sucumbí a su encanto.
He llegado a darme cuenta de que Dios se toma Su tiempo para hacer las cosas. Tal vez sea consecuencia de Su naturaleza eterna. Tiene todo el tiempo del mundo. ¿Por qué habría de apurarse?
Dios es un inversionista, no un especulador. Él no compra hoy algo con la intención de venderlo mañana. No cabe duda de que espera que Sus inversiones rindan bastante, pero puede esperar mucho tiempo si es necesario. Él invierte en las personas y por lo visto no le importa el tiempo que tarde una inversión en dar réditos. Por supuesto, algo que ayuda es el hecho de que Él conoce el futuro.
Ponte bien con Dios.
El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. Proverbios 28:13
Si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios. 1 Juan 3:21