Hoy cumplo 65 años. Oficialmente he ingresado a las filas de lo que se denomina la tercera edad. Por lo tanto, a partir de hoy soy un anciano.
¡Qué palabrita más odiosa! La asocio con decrepitud, disminución de las facultades y demencia senil. No describe de manera alguna lo que soy ni lo que siento. ¡Es casi un insulto!
¿Sabes quiénes son las personas más felices?
Las que tienen el valor de mostrarse tal como son, como Dios las hizo, en lugar de adoptar una imagen a fin de gozar de aceptación y caer bien a los demás. Quienes se afanan por cumplir con lo que —a su entender— los demás esperan de ellos, en realidad se echan a cuestas un enorme peso. La humildad, por el contrario, es liberadora.
Tu cuerpo es una máquina increíblemente compleja y eficiente, pero es preciso cuidarla bien para que funcione como es debido. Si quieres verte libre de enfermedades y otros trastornos físicos, debes poner de tu parte. Eso requiere tiempo, esfuerzo y reflexión. Es necesario que comas bien, que bebas una buena cantidad de líquidos, que duermas las horas necesarias, que hagas ejercicio, que te hagas revisar periódicamente la dentadura y la vista, que limites el contacto con todo lo que pueda ser perjudicial, etc.
Por motivo de nuestra labor voluntaria, viajé de Europa a América Central con mi esposo, Andrew, y nuestra hija Angelina. En Guatemala, Dios nos bendijo con la magnífica oportunidad de sentarnos junto a un apacible lago que en otro tiempo fue un centro de la próspera cultura maya. En aquel ambiente sereno, el mayor acontecimiento del día —tanto para los lugareños como para los turistas— es contemplar el sol ponerse detrás de los tres volcanes que bordean la orilla occidental del lago. Allí los placeres de la vida son sencillos: por ejemplo, nadar en partes del lago donde afloran fuentes termales subterráneas de origen volcánico, creando una curiosa mezcla de agua helada, tibia y muy caliente.
Hoy en día, cuando surge el tema de los valores personales y sociales, suele ser en el contexto de qué películas, música, lecturas, videojuegos y sitios de Internet son beneficiosos y aceptables y cuáles no. No son pocos los casos en que el tema genera bastantes desacuerdos entre personas de distintas generaciones y hasta de la misma generación. Y no es para menos, puesto que todas esas cosas son sumamente subjetivas. Algo que tiene un efecto patentemente negativo en cierta persona puede no tenerlo en otra.
Decidí que más vale tarde que nunca y me atreví con algo que hubiera debido hacer mucho tiempo atrás: con mis 50 y tantos años me inscribí en un curso de conducción en la autoescuela del barrio.
Imagínate mi horror cuando en la segunda clase el instructor me llevó a conducir por Nairobi, con su tráfico caótico.
—Trate de dejar un espacio alrededor del vehículo —fue una de las primeras instrucciones que me dio.
El invierno pasado hice una gira de más de un mes de duración con el objetivo de recaudar fondos para un programa de ayuda humanitaria. Era un plan algo ambicioso, quizá demasiado. Cinco semanas de largas e intensas jornadas de trabajo terminaron desgastándome anímica y espiritualmente.
Un día, mientras caminaba a la hora del almuerzo por el inmenso centro comercial donde estaba encargado de un puesto de colectas, el incesante bombardeo de imágenes y sonidos y el ambiente altamente mercantilista del lugar empezaron a abrumarme. Además, siendo como soy amante de la naturaleza, otro factor que me hacía sentirme como atrapado eran las temperaturas bajo cero y las tormentas de nieve que me obligaban a pasar todo el día en lugares cerrados, incluso después de terminada la jornada laboral.
Tiempo atrás tenía mis propias ideas sobre lo que eran la longanimidad y la paciencia. Longanimidad era soportar algo; y paciencia, soportar la falta de algo. La una iba con la frase: «Ojalá no tuviera…», y la otra con: «Ojalá tuviera…» Obviamente ambas palabras tienen también otros matices, sobre todo longanimidad.
Cuando consulté el significado del término griego µακροθυµέω (fonéticamente, makrothymia), palabra que se traduce en muchas versiones de la Biblia como paciencia o longanimidad, vi que tenía otra connotación. Makro significa grande —eso no es ninguna novedad—; y thymia significa temple, lo que sí me resultó revelador. Una traducción más literal de makrothymia sería gran temple.
Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Mateo 5:9
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Como he dicho siempre, lo primero es ser sincero con uno mismo. No se puede dejar huella en la sociedad a menos que uno mismo haya cambiado. […] Todos los grandes constructores de la paz son personas íntegras, honestas y humildes.
Nelson Mandela (1918– ), estadista sudafricano que en 1993 recibió el Premio Nobel de la Paz
He fallado más de 9.000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 partidos. En 26 ocasiones me confiaron el tiro decisivo… y lo fallé. He fallado infinidad de veces. Y por eso mismo tengo éxito.
Michael Jordan (1963– ), jugador de baloncesto estadounidense
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El fracaso no es más que la oportunidad de recomenzar de una manera más inteligente.
Henry Ford (1863–1947), fundador de la empresa Ford Motor Company
Quienes han aprendido a vivir en la esfera de Mi Espíritu son felices y se sienten realizados, por cuanto han adquirido un profundo conocimiento de Mi amor. No ponen en duda el amor que les tengo, pues lo han experimentado en toda su profundidad y amplitud. Gozan de gran paz y alegría. No malgastan tiempo y energías preocupándose de si son mejores o peores que los demás, pues se contentan sabiendo que Yo amo a cada uno por ser quien es. Entienden que cada uno me es muy preciado. Comprenden que morí por cada uno, que redimí a cada uno y que por eso abrigo un cariño singular por cada persona.