Todo tiene sentido

Todo tiene sentido

Fui una niña solitaria que sufría de ansiedad social aguda. No tuve amigas íntimas. Anhelaba que hubiera alguien con quien pudiera hablar confiadamente de cualquier tema y que a su vez no tuviera miedo de contarme todos sus secretos, disfrutar de una amistad en la que pudiera hallar comprensión y aceptación y mostrarme tal cual era. Pero me imaginaba que esas amistades solo existían en los libros.

Sin embargo, después que cumplí 14 años encontré justamente una amiga así. Desde la primera vez que nos vimos tuve la impresión de que Stephanie y yo nos habíamos conocido de toda la vida. Nos lo contábamos todo, y a su lado me sentía relajada, sin señal alguna de mis acostumbradas ansiedades.

Teníamos los mismos intereses y aficiones y al parecer la misma opinión sobre prácticamente todo. Nuestras familias decían en broma que teníamos un mismo cerebro, pues en muchas ocasiones la una terminaba la frase que la otra había comenzado.

Cuando me decidí a seguir una voz interior que me llamaba a integrarme a una misión en otro país, eché de menos a Stephanie, y mucho. En todo caso sabía que nos mantendríamos en comunicación. Al fin y al cabo no se encuentran amigas así todos los días. Nos escribimos unas cuantas veces. Para mi cumpleaños me envió un dibujo de dos lobos y un águila y una carta en la que me contaba todo lo que había hecho y cuáles eran sus planes.

Esa fue la última carta suya que me llegó.

Una semana después recibí una llamada de larga distancia. Mientras andaba en bicicleta con su novio por un camino de montaña, Stephanie había sido arrollada por un camión que transitaba a gran velocidad. Falleció al cabo de unas horas.

Me quedé muda. De golpe el mundo pareció perder su colorido y vaciarse de aire. Me desmoroné en una silla y rompí a llorar. «¿Cómo podía ser que estuviera muerta? ¿Por qué Stephanie?» Ni siquiera había llegado a la mayoría de edad. ¡Ella abrigaba tantos sueños! Deseaba influir en el mundo para bien, y yo sabía que iba a hacer algo destacado. Anhelaba casarse y tener hijos. Había sido mi amiga, mi mejor amiga. Entre sollozos que me venían de tan hondo que se me desgarraba el corazón le pregunté a Dios: «¿Por qué?»

De golpe sentí algo. Fue más que una idea, más que un sentimiento. En lugar del profundo pesar y la desesperación que me habían embargado momentos antes, me invadió una sensación inefable de levedad y gozo.

Me vino una frase: Si supieras cómo es estar aquí… Percibí la presencia de Stephanie… por un momento apenas, pero fue suficiente. No sé cómo, pero me dio a entender que estaba bien. Supe que se encontraba en un lugar mejor, un sitio de ensueño, de luz y de vida que superaba todo lo que yo pudiera imaginar. Supe también que volvería a verla.

Aquello me dejó la impresión indeleble de que cada vida tiene un sentido más profundo del que yo alcanzo a entender. La vida de Stephanie —así como también su muerte— tuvo un bello propósito. Aunque no logre entenderlo hoy, confío en que un día sí lo entenderé.

Ese día se enjugará toda lágrima que pretenda nublarnos la vista. Ese día finalmente veremos a Jesús cara a cara. Ese día nos reuniremos con los seres queridos que perdimos por un tiempo. Ese día se extenderá eternamente.

* * *

Escolta de ángeles

«Murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham».  Lucas 16:22

No dice nada acerca del entierro del mendigo. Si tuvo uno, seguramente fue un servicio fúnebre propio de un mendigo. Aunque en la Tierra aquel pobre hombre no recibió honores, ni tuvo un ataúd lujoso ni flores, los ángeles vinieron a llevárselo y escoltarlo a la gloria. 

Es de notar también que no se hace referencia alguna a lo que sucedió con su cuerpo, pues el hombre mismo ya no estaba en aquel cascarón viejo y desgastado. En un abrir y cerrar de ojos fue trasladado bien lejos, a la dimensión de la gloria eterna. Cuando depositaron su cuerpo en la tumba, el mendigo —es decir, el hombre que había ocupado aquel cuerpo— fue llevado al Cielo. En el relato ya está allá, despojado de su condición de pordiosero y gozando de dicha eterna.

Una reflexión más. Le tenemos miedo a la muerte. Nos parece que marca el final de nuestra existencia. No obstante, para el cristiano la muerte es apenas un incidente pasajero dentro de la vida, una experiencia momentánea que no logramos entender; y luego, la gloria eterna.

Al principio el pobre mendigo se encuentra a la puerta de la casa del hombre rico, despreciado, sufriendo y pasando hambre. Repentinamente percibe una extraña sensación y todo se vuelve muy confuso. Luego despierta volando por los aires con una escolta de ángeles. Enseguida descubre que ha llegado a la ciudad celestial y que allí morará por siempre con el Señor. Su vida no sufre interrupción alguna.  Adaptación de un texto de James Rupert Miller (1840–1912)

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Jewel Roque

Jewel Roque

Jewel Roque vivió 12 años en la India, donde realizó labores sociales y de consejería cristiana. En el 2010 regresó a California con su marido, Solomon, y sus tres hijos de corta edad. En la actualidad estudia y se desempeña como escritora y correctora independiente.

 

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