Conversación por los ductos

Conversación por los ductos

La casa que tenían mis abuelos en el campo era de los años veinte. Tenía pisos y acabados de madera maciza de roble. También tenía registros, unas rejillas graduables en los pisos con las que se regulaba el paso del aire caliente que venía por unos tubos desde la caldera del sótano. Mi prima y yo nos divertíamos mucho conversando por esos ductos.

—¿Estás ahí? —preguntaba una de los dos desde el piso de abajo.

—Sí. Aquí estoy—respondía la otra desde arriba—. ¿Cómo te va ahí abajo?

—Bien. Ahora cambiemos de lugar.

Rápidamente cambiábamos de cuarto, con cuidado para no toparnos con mi abuela, que se apresuraba a recordarnos que no corriéramos por las escaleras y nos dejáramos de risitas.

Cuando era niña, mi familia asistía a una pequeña iglesia en la que estaba mal visto jugar a las cartas, bailar y que las mujeres entraran en el templo con pantalones, eso por no decir nada de la lista casi interminable de faltas consideradas más graves por aquella y por muchas iglesias, faltas que en algunos casos claramente estaban censuradas por las Escrituras, y en otros no tanto.

En 1969 conocí a La Familia Internacional y me di cuenta de que había descubierto lo mío. Por fin había encontrado una religión con la que me identificaba y que se ajustaba a lo que yo en el fondo creía, a pesar de que chocaba con la educación y la crianza que había recibido. No me resultó fácil acostumbrarme, por ejemplo, a los aleluyas y los cultos con guitarra.

Recuerdo que un día estaba desesperada por saber si era bueno que adoptara las creencias y forma de vida de la Familia, y oré con fervor. De repente tuve la sensación de haber vuelto a la casa de campo de mis abuelos, y esta vez era mi abuelo, que había muerto unos años antes, el que se encontraba arriba y me hablaba por los ductos. Nuestra conversación discurrió más o menos así:

—Hola, mi amor. ¿Estás bien?

—Sí, abuelo. ¿De verdad eres tú quien me habla? Estoy bien, pero me gustaría saber una cosa. ¿Hago bien al querer servir al Señor de esta manera? ¿Es esto lo que debo hacer?

—¿Tú qué crees?

—Creo que está bien, pero me crié cantando himnos en la iglesia, no cantando en el parque canciones sobre Jesús a desconocidos. Es todo muy distinto.

—Aunque sea diferente de lo que se te enseñó, adoras al mismo Jesús. Cuando oras, te diriges al mismo Jesús, y cuando le cantas alabanzas, aunque sea con música rock, le estás expresando tu amor.

No era un sueño. Estaba bien despierta, era de día, y me encontraba en el jardín. No vi a mi abuelo, pero oí su voz en mi interior tan clara y nítidamente como oía la de mi prima cuando éramos niñas y hablábamos por los ductos. Esa experiencia me transformó y me dio más fe. De eso han pasado ya cuarenta años, y puedo afirmar sin asomo de duda que mi abuelo tenía razón: Lo que importa no es cómo amemos a Jesús, sino que lo amemos.

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