Nunca estamos solos

Nunca estamos solos

Acabábamos de presentar una función de música y teatro ante 300 adolescentes internados en un correccional donde realizamos una labor voluntaria. Muchos de los chicos se habían congregado a nuestro alrededor. El tema de nuestro programa de ese día había sido la importancia de la fe ante las dificultades. Era algo con lo que todos podían identificarse.

Advertí la presencia de un chico delgado. Adiviné que quería conversar, pero era muy tímido para tomar la iniciativa. Me presenté y le pedí que me contara su historia. Provenía de una aldea situada a unos 900 km de distancia. Explicó que había llegado a la ciudad en busca de trabajo. Se había quedado sin dinero, y después de eso lo descubrieron viajando en tren sin boleto y lo sentenciaron a tres meses de cárcel. Luego me contó:

—Hace unos días estaba enfermo y tuve una fiebre muy alta. No podía hacer otra cosa que permanecer tendido en un rincón. Casi ni podía moverme. Nunca había estado tan enfermo y, francamente, pensé que me moría. ¡Tuve mucho miedo! Pensé en mis padres y mis hermanos. Tenía mucha necesidad de que alguien me acompañara y me cuidara. Me sentía abandonado, tan lejos de mi casa. Entonces me puse a llorar y le pedí a Dios que no me dejara morir aquí.

»En ese momento me ocurrió algo muy extraño. Abrí los ojos y vi de pie junto a mí a un hombre vestido de blanco. Sus ojos reflejaban una comprensión que nunca había visto en nadie. No pronunció una sola palabra. Simplemente hizo un ademán con la mano sobre mí, y ahí mismo se me fue la fiebre. Me sentí fresco y relajado. El hombre desapareció, y no lo volví a ver. ¿Ustedes sabrían cómo se llama?»

Saqué un dibujo de Jesús y le pregunté:

—¿El que viste era este hombre?

El muchacho sonrió de oreja a oreja y repuso:

—A ver... ¡Sí! ¡Era él! ¿Cómo se llama?

Le hablamos de Jesús, de Su magnífico amor y de Su poder para curar. Aquella tarde el chico oró y aceptó a Jesús como su Salvador. Lo ocurrido nos recordó de forma muy conmovedora cuánto ama Dios a cada uno de Sus hijos. Nunca estamos solos. 

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