El regalo de la vida

El regalo de la vida

Todos los años, poco antes de Navidad, me tocaba acudir a la misma oficina a hacer unos trámites. Normalmente mi visita resultaba muy fácil y placentera gracias a la ayuda de Judy, una de las chicas que trabaja allí.

Cierto año, al cabo de unos minutos de conversación, Judy prorrumpió en llanto. A su marido le había reaparecido el cáncer. Ya le habían extirpado un tumor del hígado, y los médicos le auguraban poco tiempo de vida.

—Thomas tiene apenas 42 años —expresó Judy entre lágrimas—, y nuestros dos hijos son muy pequeños todavía.

Recé con ella para que Dios le diera paz y para que sanara a Thomas si esa era Su voluntad.

Judy me sonrió entre lágrimas y me lo agradeció.

Cuando la llamé por teléfono al día siguiente, me contó que a su marido le iban a practicar unos exámenes en un plazo de dos semanas y que entonces tendrían una idea más precisa de cuánto tiempo de vida le quedaba. Convinimos en hablar más del tema cuando fuera a su oficina a terminar mi trámite antes de Año Nuevo.

Pasada ya la Navidad, todavía me daban vueltas por la cabeza algunos pasajes del villancico Adeste fideles cuando me puse a buscar unas lecturas para Judy y Thomas, entre ellas un libro de reflexiones y promesas consoladoras para quienes están próximos a morir y para sus allegados. Se titula Vislumbres del Cielo. Me imaginé que iban a necesitar mucho aliento.

Llegué a la oficina, pero Judy no estaba en su escritorio. Supuse que estaría con su marido. Sin duda en aquellos momentos era más importante que ella estuviera a su lado que en la oficina.

De golpe entró, y al verme se le iluminó el rostro. Me explicó que en el último examen que le habían practicado a su marido no se había encontrado ningún rastro del tumor canceroso que el mismo médico le había mostrado claramente en la ecografía anterior, antes que orásemos por su curación. Había desaparecido por completo. El médico estaba perplejo.

Judy y Thomas se pusieron eufóricos. Quisieron llamarme para contarme aquella estupenda noticia, pero no encontraron mi número de teléfono. Judy y yo dimos rienda suelta a nuestra alegría ahí mismo en la oficina.

Al mirar el ejemplar de Vislumbres del Cielo que todavía tenía en la mano, me di cuenta de mi poca fe en que Dios respondería nuestras plegarias. Me sentí un poco avergonzado por eso, pero a la vez muy feliz del maravilloso obsequio que Dios había hecho a Judy y Thomas aquella Navidad: el regalo de la vida.

Michael Palace es profesor entre los Aborígenes de las zonas montañosas de Taiwán.

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