Una salvada providencial

Una salvada providencial

Las ráfagas de aire caliente entraban por la ventanilla. Nos dirigíamos hacia el norte, hacia Monterrey, por una estrecha carretera mexicana. Se apreciaba cierta belleza austera en las grandes extensiones áridas que había a ambos lados de la carretera, salpicadas de cuando en cuando por un árbol o una casa. Sin embargo, el sofocante calor del verano, junto con el zumbido del motor de nuestra furgoneta, comenzaban a hacerse pesados. Mi hijo Shawn y yo nos resistíamos a la modorra, pero los cuatro voluntarios que nos acompañaban dormían en la parte trasera de la Volkswagen. 

Las carreteras secundarias de México son notoriamente angostas, y como aquel largo trecho no estaba iluminado ni tenía arcenes firmes, recorrerlo de noche era aún más peligroso que hacerlo en condiciones, digamos, normales. Estábamos ansiosos por llegar a nuestro destino antes que oscureciera.

De pronto la humedad y el intenso calor dieron paso a un fuerte trueno, y se desató una lluvia torrencial. Cortinas de agua azotaban el parabrisas obstruyéndonos la visión. De pronto la furgoneta patinó y perdimos el control. Shawn se aferró al volante con todas sus fuerzas, pero no pudo evitar que el vehículo se pasara al carril contrario. Un instante después vi que nos iba a embestir un camión con remolque que se acercaba a toda velocidad.  

Aquella escena aterradora empezó a desarrollarse en cámara lenta. Sentí un intenso y extraño impulso de agradecerle a Dios Su amor y Su bondad. Justo cuando estábamos a punto de chocar de frente con el camión, hice una oración que probablemente fue la más breve de mi vida. Dije: «Gracias». Al momento mis temores se desvanecieron.

En vez de colisionar con el camión, nuestra furgoneta giró, se salió bruscamente de la carretera, se metió en un campo y volvió a incorporarse a la carretera una vez que ya había pasado el camión. Entonces por fin Shawn recuperó el control del vehículo. Nos habíamos librado de la muerte por apenas un pelito.

Tan repentinamente como había comenzado la tormenta de verano, escampó, y nos encontramos otra vez conduciendo con calma por la carretera como si nada hubiera sucedido. Cuando miré hacia atrás para ver cómo se encontraban nuestros compañeros, me sorprendí de que todos siguieran dormidos. Dios les había ahorrado el susto.

En muchas ocasiones he pensado en aquel incidente y me he preguntado cómo sería si pudiéramos ver lo que ocurre entre bastidores en la dimensión espiritual. Milagros como el que Shawn y yo presenciamos en aquella carretera mexicana son incuestionables; pero ¿cuántos más se producen sin que nos percatemos, simplemente porque estamos dormidos?

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