Planícolas

Planícolas

Abróchate el cinturón. Estamos por abandonar el insulso y restrictivo mundo del planícola para adentrarnos en la fascinante dimensión espiritual. Vamos a sintonizar con el misterioso universo de las realidades eternas. Nos internaremos en el mundo vivo de lo perpetuo, dejando atrás el agonizante mundo presente. Entraremos en el ámbito de lo eterno por oposición al espacio pasajero del tiempo. Se trata de una dimensión fascinante y en gran medida imperceptible para nuestra visión mortal, terrena y temporal.

La Biblia nos insta a poner la mira en las cosas de arriba, del Cielo, y no en las de la Tierra; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas(Colosenses 3:2; 2 Corintios 4:18). Desde los albores de la Historia, todos los que por la fe en Dios se han constituido en hijos Suyos han buscado un mundo imperceptible a los sentidos, una «ciudad que tiene fundamentos —cimientos eternos—, cuyo arquitecto y constructor es Dios»(Hebreos 11:10). 

Sin haber recibido lo prometido por Dios, sino mirándolo de lejos, vivieron como extranjeros y peregrinos sobre la Tierra, porque buscaban una patria mejor, esto es, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos y les ha preparado precisamente un lugar así, la inigualable Ciudad Celestial, la Nueva Jerusalén, que descenderá del Cielo, de Dios, para posarse sobre el planeta Tierra (Hebreos 11:13–16; Apocalipsis 21:2,3).

Esa es la esperanza de todos los tiempos: ese mundo eterno, que ahora mismo permanece invisible, donde moraremos con Dios para siempre, la Ciudad Celestial descrita en los capítulos 21 y 22 del Apocalipsis —los últimos de la Biblia— y mencionada en muchos otros pasajes de la Escritura. Ese es el anhelo de todos nosotros. No son castillos en el aire, sino que se trata de un Cielo que vendrá a la Tierra.

Y en este momento ese invisible reino celestial ya es operativo, ya existe, aquí mismo. No sólo nos rodea, sino que está dentro de nosotros. Jesús dijo: «El reino de Dios está dentro de vosotros»(Lucas 17:21, N-C). Tengo en las manos una tarjetita postal muy llamativa en la que se aprecia una bella escena subacuática de la magnífica y colorida creación de Dios. Lo curioso de esta tarjetita es que si la miro casi de costado no veo sino dos dimensiones: la longitud y la anchura. Me ubico así en el terreno del planícola, que sólo comprende su reducido mundo bidimensional en el que nada tiene profundidad. No ve nada más. Al observar esta tarjeta de costado, yo tampoco veo nada más. Si fuera un planícola insistiría en que no existe otra dimensión aparte de las dos en que yo me desenvuelvo, pues visualmente no percibo nada más.

Sin embargo, al desplazarme en una dirección desconocida para el planícola a fin de observar la postal desde arriba, descubro un mundo sorprendente. Esta tarjetita resulta ser tridimensional. De repente adquiere una dimensión totalmente nueva, llamada profundidad. Hasta me da la impresión de que puedo penetrar en la imagen con la vista. Ciertos objetos aparecen delante de otros. Hay un junco delante de un precioso coral rojo; entre ellos nadan los peces, y el lecho sembrado de piedrecillas se extiende hacia lo lejos, hasta más allá de donde alcanzo a ver con mi nueva perspectiva tridimensional.

Hemos penetrado en un nuevo mundo, fuera del alcance del pobre planícola que sólo puede ver en dos direcciones, en el supuesto de que pudiera existir en ellas. Miramos en una nueva dirección que nos revela todo un mundo inexplorado. Ahora somos como un dios para el planícola, un ser que está muy por encima de su comprensión.

Ahora que estamos situados por encima de su plano de apenas dos dimensiones, nos ha perdido por completo de vista, pues no ve ni hacia arriba ni hacia abajo; y a menos que descendamos a su nivel no puede vernos en absoluto, y mucho menos entender nuestra nueva dimensión. Para que pueda reconocernos tenemos que situarnos en su plano. En el instante en que variamos nuestra posición y nos salimos mínimamente de su plano, nos pierde de vista.

Nuestro mundo tridimensional es de una magnitud casi infinita, mucho más amplio y extenso que el del planícola. Tanto es así que éste jamás podría concebirlo o entendernos. Se trata de un mundo magnífico y maravilloso cuya existencia ignora, por la simple y sencilla razón de que no lo ve.

Aun si fuera posible mostrárselo, está tan fuera del alcance de su comprensión bidimensional que probablemente reaccionaría como aquel campesino que, la primera vez que vio una jirafa, exclamó: «¡Eso no existe!»

La verdad es que al pobre planícola el orgullo le impide reconocer que pueda haber un plano superior al suyo. ¡Pobre tipo! ¡Qué limitada es su visión, qué estrecho su mundo, qué restringido su radio de acción! Como no puede salirse de su plano, no quiere admitir que exista otra dimensión. Se indigna con cualquiera que le diga que en alguna ocasión se vio elevado a otro mundo y echó un vistazo a lo que hay más allá de su reducido plano. Claro que el hecho de que no crea en algo que no ve no implica que eso no exista.

Lo mismo pasa con el hombre que la Biblia llama natural, el cual se resiste a creer que exista una quinta dimensión, un mundo espiritual, por la sencilla razón de que nunca lo ha visto ni ha estado en él. «El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura» (1 Corintios 2:14). Para él no existen, por cuanto nunca las ha visto.

Rechazar que haya toda una esfera espiritual sería tan absurdo como decir: «No creo en la existencia de Nueva York o de Londres porque nunca he estado en esas ciudades».

La Biblia abunda en pruebas, relatos y declaraciones categóricas sobre la existencia de una quinta dimensión espiritual. Algunos de sus personajes inmortales, luego de traspasar el glorioso umbral de la muerte, regresaron para narrar su vivencia. Otros fueron elevados al mundo espiritual y vieron un atisbo del mismo. Muchos captaron mensajes del más allá. ¡Y otros hemos estado allí! Yo sé que existe porque he estado allí.

Tú también puedes tener esa certeza. Si de veras deseas conocer la verdad, si aceptas humildemente tus limitaciones y pides a Dios que te ayude a descubrir esa nueva dimensión, ese nuevo mundo, Él lo hará. ¿Por qué no te adentras en él? No tienes nada que perder.  

David Brandt Berg

David Brandt Berg (1919-1994) fue hijo de la reconocida pastora evangelista norteamericana Virginia Brandt Berg. En 1968 él, su esposa y sus hijos adolescentes iniciaron un movimiento juvenil contracultural en Huntington Beach, California. Su misión creció hasta derivar en el movimiento internacional cristiano conocido actualmente como La Familia Internacional (LFI). (Los artículos de David Brandt Berg publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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