Cada cual escoge qué creer

Cada cual escoge qué creer

¿Cómo llegó a existir el universo y todo lo que hay en él? ¿Es el resultado de un proceso desencadenado por algún hecho inexplicable, o fue obra de un diseñador inteligente?

Las dos vertientes del debate

La verdadera ciencia se basa en lo que se conoce como el método científico. Consiste en plantear una pregunta, reunir datos mediante la observación y la experimentación, y revisar la validez de una hipótesis que responda a la pregunta. Solo cuando los experimentos confirman una teoría por medio de resultados observables y repetibles pasa dicha teoría a ser un hecho científicamente aceptado.

En círculos ateos y materialistas, las dos principales teorías científicas sobre nuestros orígenes son la del Big Bang —o de la gran explosión—, que propone un modelo del desarrollo del universo, y el evolucionismo, que pretende explicar el origen de la vida.

Cada vez salen a la luz más pruebas de que el universo y todo lo que contiene son obra de un diseñador inteligente y no fruto del azar. Lo cierto es que la teoría del Big Bang y el evolucionismo no son tan convincentes ni se basan tanto en hechos como afirman sus defensores.

Ninguna de esas dos teorías puede confirmarse mediante experimentos observables y repetibles, como tampoco es posible probar científicamente la creencia de que todo fue creado por Dios. Así pues, aceptar una u otra explicación es cuestión de fe. Cada cual escoge qué y a quién creer. Toda ley de la ciencia describe un principio inmutable de la naturaleza, un fenómeno científicamente observable que ha sido objeto de numerosas mediciones y experimentos y que ha demostrado repetidamente ser invariable en todo el universo conocido (por ejemplo, la ley de la gravitación universal y las del movimiento).

Una ley científica que incumple la teoría del Big Bang es la de la conservación del momento angular. Según este principio, todo objeto que se desprende de otro en rotación continúa girando en el mismo sentido que el objeto del cual se desprendió.

La teoría del Big Bang es objeto de frecuentes actualizaciones conforme aparecen nuevos factores, pero en esencia afirma que el universo surgió de un punto infinitesimalmente pequeño de altísima densidad que giraba a una velocidad endiablada. El estallido de ese punto arrojó materia en todas direcciones, materia que se dilató y formó cada uno de los cuerpos celestes que hay en el universo, el cual sigue en constante expansión.

El movimiento de rotación de los planetas es observable. De acuerdo con el principio de conservación del momento angular, si todos salieron de un mismo objeto primigenio, deberían girar en el mismo sentido. Pues en nuestro Sistema Solar, sin ir más lejos, hay dos planetas, Venus y Urano, que van a contramano de los demás. Ese solo hecho es argumento suficiente para rebatir la teoría del Big Bang.

Entre las leyes de la física está el segundo principio de la termodinámica. Dicha ley señala que la energía útil del universo está en disminución y que llegará un momento en que se agotará. Una consecuencia de ese principio es que el estado más probable en que puede terminar todo sistema natural es el de desorden. Todo sistema natural abandonado a su suerte termina por degenerar.

Isaac Asimov, connotado científico, autor de obras de ciencia ficción y partidario de la teoría del Big Bang y del evolucionismo, lo explicó de esta manera:

Otra forma de expresar el segundo principio sería: «El universo está constantemente desordenándose». Al enfocarlo de esa manera, descubrimos en todas partes cumplimientos de ese segundo principio. Para ordenar una habitación es preciso hacer un esfuerzo; si uno no hace nada, se desordena con mucha rapidez y facilidad. Aunque nunca entremos en ella, se llena de polvo y de moho. ¡Qué difícil es mantener una casa, una máquina y aun el propio cuerpo en perfecto estado! ¡Con qué facilidad se deterioran! Basta con que nos quedemos cruzados de brazos para que todo se deteriore, se caiga, se desgaste y se deshaga solo. Eso es ni más ni menos lo que expresa el segundo principio.

Sin embargo, el meollo de la teoría de la evolución es que todo adquiere cada vez mayor complejidad, que formas sencillas de vida dan lugar a otras más complejas, que del caos nace el orden. Esto contradice de lleno el segundo principio de la termodinámica. Este argumento por sí solo bastaría para echar por tierra la hipótesis de la evolución.

Los evolucionistas lo refutan afirmando que una fuente de energía externa puede revertir el segundo principio. Por ejemplo, un ama de casa —la energía externa— puede ordenar un cuarto que está patas arriba. Explican que el sol es esa fuente de energía externa, y que a lo largo de miles de millones de años la energía solar ha hecho las veces de ama de casa que limpia y ordena constantemente la habitación. Pero la simple observación demuestra que la energía solar no es capaz de crear vida a partir de materia inanimada, ni algo complejo con elementos simples.

Supongamos que el sol irradia su luz sobre dos plantitas, una viva y una muerta. Si a ambas plantas se les proporciona la misma cantidad de agua y de nutrientes, la que está viva prosperará, mientras que la muerta se pudrirá. La energía del sol no basta para generar vida. Y, de conformidad con el segundo principio de la termodinámica, la planta muerta acabará por descomponerse y desintegrarse.    

Complejidad irreducible

La teoría de la evolución sostiene que el proceso evolutivo se produce mediante avances beneficiosos que paso a paso van introduciendo mejoras. Se podría comparar con un mecanismo al que de vez en cuando se le cambia uno de sus componentes con el objeto de aumentar su eficiencia, pero sin interrumpir su funcionamiento ni hacer otras modificaciones. Una vez que el mecanismo se ha acostumbrado a la presencia de un componente que lo mejora, se da cuenta de los beneficios que le reportaría perfeccionar otro componente. La idea es que esos pasos se dan de uno en uno, y al observar los buenos resultados, se da otro paso. El mecanismo tiene que seguir funcionando mientras perfecciona su funcionalidad.

Pero, ¿qué pasa si en el proceso evolutivo se necesita simultáneamente más de un perfeccionamiento? La teoría de la evolución no da cabida para ello. El perfeccionamiento debe darse paso a paso, y si un componente no brinda al organismo ventaja alguna —es decir, no funciona—, se pierde o se descarta. ¿Se dan en la naturaleza mecanismos que no puedan explicarse mediante un proceso evolutivo? En realidad hay muchos, pero uno solo basta para invalidar la teoría.

Hablaremos de uno con el que todo el mundo está familiarizado: la articulación de la rodilla humana. Es una articulación singular. Difiere sustancialmente de las articulaciones esféricas como la de la cadera o la del hombro, y de las articulaciones en bisagra como la del codo. Todas estas son verdaderas maravillas de ingeniería; pero la rodilla es excepcional. Aunque se compone de varios elementos, veremos solamente las piezas fundamentales, que son a) los dos cóndilos del fémur, que encajan en b) las correspondientes concavidades de la tibia, y c) y d) los dos ligamentos cruzados, que están situados en el espacio que queda entre los cóndilos.

Si una estructura es tan compleja que se hace imprescindible que todos sus componentes estén presentes desde el principio para que funcione adecuadamente, se considera que es de una complejidad irreducible. La articulación de la rodilla es irreducible: esas cuatro piezas tienen que estar presentes para que la rodilla funcione. (La rodilla se compone también de otras partes; pero esas cuatro son esenciales, y si cualquiera de ellas faltara, las demás no podrían cumplir su función como es debido.) Cualquiera de ellas por sí sola o combinada con sólo una o dos de las otras no cumpliría ninguna función útil. Y sólo se encuentran en la rodilla.

Por lo tanto, es imposible que la rodilla haya evolucionado a partir de una articulación más simple como la de la cadera o la del codo. Los evolucionistas se topan con una barrera infranqueable al intentar determinar cómo pudo haberse desarrollado un mecanismo semejante por medio de un proceso gradual como exige el darvinismo clásico1.

Es cuestión de fe

Ni el creacionismo, ni la hipótesis del Big Bang, ni el evolucionismo pueden demostrarse de forma concluyente por medios científicos. Para creer en lo uno o en lo otro hace falta fe. Y para que esa fe se mantenga y se incremente, es necesario que tarde o temprano se vea premiada por alguna prueba, por pequeña que sea. Eso le da una ventaja considerable al creacionista, sobre todo si es cristiano. Las personas que defienden teorías que prescinden de Dios ven su fe reforzada cada vez que se hace un descubrimiento que parece confirmarlas; pero más tarde esa fe se tambalea cuando se demuestra la falta de validez científica de la supuesta prueba. En cambio, el creacionista encuentra cada día pruebas que reafirman su fe. Desde la sincronización del cosmos hasta las maravillas de la naturaleza y la complejidad del ADN, todo apunta a la mano de un diseñador inteligente, autor del universo en que habitamos.

Y eso no es todo. Quienes hemos establecido comunicación directa con el Diseñador por medio de Su Hijo Jesucristo podemos sentir Su amor y Su presencia. Las respuestas que obtenemos a nuestras oraciones y la verdad y libertad que nos revela en Su Palabra refuerzan constantemente nuestra fe. Así como las relaciones humanas en las que prima el amor verdadero generan fe y confianza, todo lo que recibimos de Dios nos ayuda a confiar en Él y a creer en Su Palabra. Como lo demás que nos dice en la Biblia tiene muchos visos de verdad, abordamos el relato de la creación del Génesis con una postura de fe; no la fe del carbonero ni la de un ingenuo simplón, sino la de una cabeza pensante y sensata que fundamenta su decisión en la integridad de un amigo de mucha confianza que es el autor del relato.

Si quieres llegar a conocer mejor al Creador, comienza por aceptar en tu vida a Jesús, tu Salvador. Haz la siguiente oración:

Jesús, quiero conocerte personalmente, y por eso te invito a entrar en mi corazón. Gracias por morir por mí para borrar mis pecados y para que en el mundo venidero disfrute de vida eterna. Amén.  

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Científico ve un designio

Las leyes de la naturaleza parecen haber sido cuidadosamente concebidas para ser descubiertas por seres con nuestro grado de inteligencia. Eso no solo coincide con el concepto de diseño, sino que además sugiere que existe un propósito providencial para la humanidad: el de aprender de nuestro hábitat y desarrollar la ciencia y la tecnología.

Robin Collins, físico, citado por Lee Strobel en El caso del Creador, Editorial Vida, 2005.

Un poco de humor

Dios está sentado en el Cielo, cuando se le acerca un científico y le dice:

—Dios, ya no te necesitamos más. La ciencia finalmente ha encontrado la forma de crear vida a partir de la nada. Es decir, que ahora somos capaces de hacer lo que Tú hiciste al principio.

—¿Ah, sí? Cuéntame —responde Dios.

—Pues bien —explica el científico—. Podemos tomar un puñado de tierra, darle forma a semejanza Tuya, infundirle aliento de vida y así crear un hombre.

—¡Qué interesante! A ver, muéstrame —le plantea el Altísimo.

El científico entonces se pone de rodillas y empieza a dar forma de hombre a un puñado de tierra.

—¡Así no! —le interrumpe Dios—. Hazlo con tu propia tierra.

1. Stuart Burgess, Critical Characteristics and the Irreducible Knee Joint, en Creation Ex Nihilo Technical Journal, vol.13, nº2, 1999.

Richard Johnston

Richard Johnston es escritor e investigador. Ha publicado varios artículos en Conéctate.

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