El origen de la vida

El origen de la vida

Según parece, el término abiogénesis fue acuñado por Thomas Huxley hacia 1870. Huxley —conocido como el bulldog de Darwin por su insistencia en promover la teoría de la evolución— intentó cubrir la falencia más elemental y evidente de la teoría afirmando que en un momento muy lejano de la existencia de la Tierra la vida surgió a partir de la materia inanimada —es decir, fue resultado de la abiogénesis— por medio de una reacción natural que, aunque no es posible hoy en día, lo fue en ese entonces.

Louis Pasteur —contemporáneo de Huxley— ya había invalidado el arcaico concepto de la generación espontánea que había predominado en la medicina y la biología de Occidente desde la antigua Grecia. Hasta entonces se especulaba que la vida surgía de la materia inorgánica, que los peces y las ranas salían del lodo, que las moscas se formaban en la carne en estado de putrefacción y otros tantos engendros por el estilo. De modo que la idea de Huxley no tenía nada de nuevo. No representaba más que un nuevo envoltorio para una superstición de larga data. El hecho de que quienes abogan por el evolucionismo todavía sostengan en términos velados que el origen de la vida está en esa generación espontánea le resta méritos a la ciencia moderna.

Un famoso experimento de laboratorio realizado por Stanley Miller en 1953 pretendió reconstruir el momento en que la materia cobró vida. En él creó muestras de aminoácidos a partir de sustancias que presumiblemente estaban presentes en el caldo primigenio. De los cientos de aminoácidos que hay, veinte son componentes básicos de las proteínas, que a su vez son elementos esenciales de las células. El experimento en cuestión produjo algunos de esos aminoácidos, y por ello todavía ocupa un lugar destacado en los libros de texto de biología, pese a que las condiciones y la metodología con que se llevó a cabo la simulación se consideran hoy por hoy rebatibles.

Ahora sabemos mucho más sobre la célula de lo que se sabía en la década de los 50. En particular, hemos descubierto mucho más sobre el ADN y el ARN, las asombrosas moléculas que hay en el interior de las células y que tienen la función de guardar y transmitir la información genética. Además de seguir levantando barreras infranqueables para la hipótesis de la evolución, los mecanismos de la herencia no dejan de dar indicios de la existencia de un diseño en la creación, producto de un Creador cuya inteligencia supera con creces la nuestra.

Si bien los 20 aminoácidos estándar pudieron haberse formado fortuitamente, los científicos han calculado que las probabilidades de que una proteína consistente en una cadena de 100 aminoácidos —que sería muy pequeña, pues las más grandes tienen unos 27.000— se formara aleatoriamente es de 4,9x10-191. Una probabilidad de 1x10-50 ya se considera imposible; de modo que dicha probabilidad no solo es imposible, sino que lo es múltiples veces.

En círculos científicos el experimento de Stanley Miller se considera mayormente un fracaso; pero aunque hubiera tenido más éxito, solo habría demostrado que la vida inteligente es capaz de crear vida en un tubo de ensayo. Dicho de otro modo, la conclusión habría dado más sustento a la teoría del diseño inteligente que a la de la evolución.

La ironía es que la vida humana sí se creó a partir de la materia inanimada —«el polvo de la tierra»—, solo que no por los medios que afirman los evolucionistas.

El relato de la creación que figura en el primer capítulo de la Biblia —Génesis 1— dice que Dios creó todos los seres vivos los días tercero, quinto y sexto, y los otros tres días creó objetos inanimados. La mayor parte del capítulo 2 del Génesis trata sobre el sexto día, que explica más en detalle la creación del hombre. «Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7). El polvo de la tierra se transformó en un ser humano, el primer hombre, Adán. El aliento de Dios le dio vida.

Es más, en el capítulo 15 de la primera epístola a los Corintios, el apóstol Pablo se refiere a Adán, el primer hombre, y al relato de la creación del Génesis. Resulta particularmente interesante que aluda también a Jesús, Su resurrección y la expectativa de nuestra resurrección:

«Está escrito: “Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente”; el postrer Adán [Jesús], espíritu que da vida. [...] El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del Cielo. Conforme al terrenal, así serán los terrenales; y conforme al celestial, así serán los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. [...] [Cuando resucitemos para vida eterna,] entonces se cumplirá la palabra que está escrita: “Sorbida es la muerte en victoria”» (1 Corintios 15:45, 47-49, 54).

Ese aliento divino que a partir del polvo inanimado convirtió a Adán en un cuerpo vivo fue también el que convirtió en cuerpo vivo el cadáver de Jesús. El primer Adán fue un milagro biológico. La resurrección de Jesús fue un milagro más grandioso aún, pues no sólo recuperó la vida, sino que Su cuerpo se transformó en uno incorruptible y sobrenatural, capaz de realizar actos sobrehumanos, como aparecer y desaparecer, atravesar puertas cerradas y hasta volar, como lo hizo en la Ascensión (Juan 20:26; Lucas 24:31; Hechos 1:9). Y por si fuera poco, se nos promete que en el futuro los que creemos en Jesús y lo hemos aceptado tendremos cuerpos similares (Filipenses 3:21; 1 Juan 3:2). Tengo ganas de que llegue ese día. 

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Richard Johnston

Richard Johnston es escritor e investigador. Ha publicado varios artículos en Conéctate.

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