Naturaleza y medio ambiente

Los arbolistas

Durante varios años pertenecí a una compañía de teatro que representaba con frecuencia el relato alegórico —muy motivante— de El hombre que plantaba árboles. La obra trata sobre Elzéard Bouffier, un viejo pastor de ovejas que repobló una extensa región del sur de Francia plantando un árbol a la vez mientras apacentaba sus rebaños. El cuento fue llevado a la pantalla y obtuvo un óscar al mejor cortometraje animado.1 De él se han hecho varias adaptaciones: un radioteatro producido por la BBC y una aclamada función de títeres, entre otras. Además, desde que vio la luz en 1953 de la pluma de Jean Giono, ha impulsado a cantidades de personas a iniciar programas de siembra de árboles.

Un granito de arena ecológico

Cuando hablamos de cambio climático y el cuidado del medio ambiente es fácil bloquearse mentalmente y resignarse a que uno poco puede hacer ante tamaño enredo. Podemos asimismo endosarles la responsabilidad a otros y librarnos de la obligación de colaborar. Sin embargo, Dios nos encargó que cuidáramos de Su creación, pero no por un árido sentido del deber, sino por amor a Él y a Sus criaturas. «Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivar y lo cuidara.»1 Ese es el factor primordial que me ha motivado a mí a tener mayor conciencia ecológica.

Los milagros de la naturaleza

Hoy vi una hoja suspendida en el aire, danzando en el viento, girando y remolineando, pero sin caer. Me detuve a observarla un momento, algo perpleja y confundida, hasta que miré más de cerca y alcancé a percibir un hilo de telaraña pequeñísimo —casi invisible— del que pendía aquella hoja de una rama. En ese momento todo cobró sentido y me di cuenta de que aquello —que un minúsculo hilo pudiera mantener suspendida una hoja agitada con furia por el viento— era una hazaña de la naturaleza.

A paso de niño

Hoy salí a pasear con los niños por los campos aledaños al pueblo donde vivimos. Es una zona agrícola con senderos de tierra y bosquecillos. Hacía un tiempo estupendo, por lo que fue una buena oportunidad de que los niños tomaran aire puro e hicieran ejercicio. Iban corriendo de aquí para allá buscando insectos y otros animalitos que abundan en la primavera y el verano.

Para mí también fue un respiro. En esos caminos rurales no hay computadoras ni trabajo urgente, obligaciones, reuniones, desórdenes que arreglar ni ninguno de los mil y un quehaceres que nos mantienen atareados la mayor parte del día.

Desde pequeñines

Mi hijo Anthony es un chiquillo muy despierto, muy activo, de apenas tres añitos. Le encanta aprender cosas. Hace un tiempo, su tema preferido de conversación eran los rayos. No se cansaba de hablar de las tormentas, de que algunos edificios se incendian cuando les cae un rayo… Cuando le dio por escenificar todo eso con sus figuritas de Playmobile y de Lego, procuré canalizar positivamente sus pensamientos y sus energías enseñándole, por ejemplo, que Benjamin Franklin inventó el pararrayos para evitar esos desastres.

Árboles

Estaba mirando un árbol por la ventana y me detuve a pensar en lo hermoso y perfecto que es. Produce exactamente lo que Dios ha dispuesto. Florece y da fruto. Es fuerte, espléndido y cumple su misión en la vida. Un árbol refleja la perfección de la creación de Dios. Por más que le caiga un rayo, que sea abatido por una tormenta o talado, sus raíces echan nuevos retoños, producen nueva vida. Es fascinante, ¿no te parece?

Una fe natural

Dios hizo los bosques, las diminutas estrellas y los vientos desenfrenados. Creo que en parte los hizo para equilibrar esa forma de civilización que iba a ahogar en nuestro corazón el espíritu de alegría. Hizo los grandes espacios abiertos para la gente que quiere estar a solas con Él y hablar con Él, lejos de las multitudes que acaban con toda reverencia. Y creo que a veces se alegra de que nos olvidemos de nuestras preocupaciones y deberes para que intimemos más con Él, como hacía Jesús cuando se iba sigilosamente al desierto para rezar.
Margaret Elizabeth Sangster

Nuestro mundo

Un ser humano es parte del todo que llamamos universo, una parte limitada en el tiempo y en el espacio. Se percibe a sí mismo, con sus pensamientos y sentimientos, como algo separado del resto, lo cual viene a ser una ilusión óptica de su conciencia. Esa ilusión es para nosotros como una cárcel, nos restringe a nuestros deseos personales y a sentir afecto por los pocos que tenemos más cerca.

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