Los arbolistas

Los arbolistas

Durante varios años pertenecí a una compañía de teatro que representaba con frecuencia el relato alegórico —muy motivante— de El hombre que plantaba árboles. La obra trata sobre Elzéard Bouffier, un viejo pastor de ovejas que repobló una extensa región del sur de Francia plantando un árbol a la vez mientras apacentaba sus rebaños. El cuento fue llevado a la pantalla y obtuvo un óscar al mejor cortometraje animado.1 De él se han hecho varias adaptaciones: un radioteatro producido por la BBC y una aclamada función de títeres, entre otras. Además, desde que vio la luz en 1953 de la pluma de Jean Giono, ha impulsado a cantidades de personas a iniciar programas de siembra de árboles.

Una de ellas es Jadav Payeng, que desde hace 30 años planta árboles en su terruño de Assam en la India.2 Producto de la deforestación, la cuenca del río Brahmaputra se inunda cada año causando enormes daños a las cosechas y los hogares de la zona, lo que repercute duramente en la economía. Jadav decidió transformar esa isla desierta plantando árboles. Hoy la zona es una selva de 550 hectáreas, más amplia que el Central Park de Nueva York.

Esos árboles han traído incontables beneficios a la región. Se reestimuló la agricultura, en el lugar ya no se producen inundaciones, y la fauna, constituida por rinocerontes, elefantes y tigres, se ha instalado allí. Jadav además se proyecta para el futuro: quiere que la ciencia medioambiental se incorpore al programa de estudios de todos los colegios y que cada estudiante plante un árbol y lo cuide.

Eso no quiere decir que haya sido fácil para él. En todos estos años Jadav ha tenido que ahuyentar a cazadores furtivos y leñadores ávidos de lucro y enfrentar a políticos corruptos. Así y todo dice:

—No sé exactamente qué saco de esto, pero soy feliz plantando árboles. Seguiré haciéndolo hasta que me muera.

Otra visionaria que luchó por cambiar el mundo fue Wangari Maathai de Kenia, galardonada con el Premio Nobel de la Paz por su labor de restauración ambiental y desarrollo comunitario.3

De jovencita Wangari asistió a una escuela misionera donde participó activamente en el club de la Legión de María que realizaba programas agrícolas en la zona y cuyo lema era: «Sirve a Dios sirviendo a tus semejantes». Con poco más de 20 años de edad obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de Pittsburg, EE.UU., donde tomó contacto con activistas que luchaban por depurar la ciudad de la contaminación ambiental, empresa que tuvo un efecto palpable. En aquella época yo era un joven que vivía en Pittsburgh y fui testigo de la notable mejora en la calidad del aire.

A su regreso a Kenia, Wangari trabajó arduamente para mejorar las condiciones de vida de las mujeres. Fundó el movimiento Green Belt con la finalidad de dar a las mujeres la posibilidad de ser autosuficientes cultivando árboles jóvenes a partir de semillas nativas. La belleza de su obra estriba en su sencillez. En su libro Unbowed (Con la cabeza bien alta) expresa:

—Como le dije a los silvicultores y a las mujeres, no necesitas un diploma para plantar un árbol.

Su movimiento Green Belt cobró vigor con la cooperación de organismos como la sociedad de ingeniería forestal de Noruega. Con los años representantes de más de 15 países fueron a ver y aprender cómo podían ellos también poner en marcha programas similares en sus propios territorios para combatir la desertificación, la deforestación, la sequía y el hambre.

Millones de árboles se han cultivado gracias a este emprendimiento, que a su vez ha dado origen a muchas otras iniciativas, como la campaña de la ONU Plantemos para el planeta.

Wangari Maathai falleció en 2011 a la edad de 71 años, mas su voz resuena todavía. En su libro de 2010 Devolver la abundancia a la Tierra —una suerte de discurso de despedida—, nos mueve a la acción: «Todos debemos trabajar duro para marcar la diferencia en nuestro vecindario, región, país y a escala mundial. Eso significa colaborar sin falta unos con otros y convertirnos en mejores agentes de cambio».

Pero ¿qué tiene que ver la reforestación con ustedes y yo? Naturalmente que la mayoría de nosotros rara vez plantamos un árbol; sin embargo, el tema no se reduce a eso. Se trata de hacer la parte que nos corresponde a cada uno para que el mundo sea un lugar más amable. Tal vez el primer paso sea determinar cuáles son los árboles que nos toca propagar a nosotros y proporcionarles luego los cuidados necesarios mientras crecen.

Quizá Jesús lo hubiera expresado así: «El reino de los cielos es como un hombre que sale a sembrar árboles en terreno árido y yermo, y les prodiga cuidados hasta que conforman un gran bosque que enriquece la tierra y produce abundante fruto».

O sea que si a veces te descorazonas al ver el estado en que se encuentra el mundo, ¡no te rindas! Hay momentos en que nos amedrentamos ante la enormidad de la tarea y pensamos: Pero ¿quién soy yo? ¿Qué puedo hacer? Todo indica que una sola persona no puede hacer nada para mejorar la situación. ¿Para qué hacer siquiera el intento?

No obstante, gente como Jadav Payeng, Wangari Maathai o el ficticio Elzéard Bouffer demuestran que una persona sí puede cambiar el mundo. Tal vez no puedas transformar el mundo entero, pero puedes operar un cambio en el sector en que habitas partiendo por tu propio corazón, tu propia mente y tu propia vida.

Al principio puede que no sea sino un pequeño brote, un pimpollo insignificante. ¿Qué es eso comparado con el bosque que hace falta? Pues bien, es la gestación del milagro de una nueva vida, que prenderá, se desarrollará y prosperará hasta formar todo un nuevo árbol, toda una nueva vida y algún día —por qué no— ¡todo un nuevo mundo!

1. Pulse aquí para verlo.
2. Aquí puedes leer su historia.
3. Más información sobre ella en este enlace.

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Curtis Peter van Gorder

Curtis Peter van Gorder

Curtis Peter van Gorder es guionista y mimo. Dedicó 47 años de su vida a actividades misioneras en 10 países. Él y su esposa Pauline viven actualmente en Alemania.

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