Cambia el mundo

Cambia el mundo

Allá por 1913, un joven de unos veinte años recorrió a pie la Provenza, región del sur de Francia. En aquel tiempo esa comarca estaba muy yerma y abandonada. Había quedado poco menos que devastada por la explotación forestal y agrícola desmedida. Por carecer de árboles que lo asentaran, el suelo había sido desgastado por las lluvias. Toda la zona se había tornado árida y estéril.

Debido al mal estado del terreno ya no se cultivaba mucho allí. Los pueblos se hallaban en estado decadente y ruinoso, y casi todos los aldeanos se habían marchado. Hasta la fauna había emigrado ante la falta de árboles que casi había hecho desaparecer la maleza. Los recursos alimenticios eran escasos, y quedaban muy pocos arroyos.

Una noche el muchacho llegó a la humilde cabaña de un pastor que, a pesar de sus canas y sus cincuenta y tantos años, se conservaba muy robusto. El joven se acogió a la hospitalidad de aquel pastor. Pernoctó allí y terminó quedándose varios días.

Observó con curiosidad que cada noche su anfitrión pasaba varias horas a la luz de una lámpara clasificando diversos tipos de frutos secos, como bellotas, avellanas y castañas. Con gran concentración los examinaba, los iba colocando en hileras, los comparaba y separaba los que a su juicio estaban en mal estado y no servían. Terminada su tarea, guardaba en su morral los que había seleccionado.

Por la mañana llevaba sus ovejas a pastar e iba sembrando por el camino. Daba unos pasos e, hincando con firmeza en el suelo la punta de su cayado, hacía un hueco. Dejaba caer en él una semilla y lo cubría de tierra con los pies. Luego daba unos pasos más, volvía a clavar su vara en el suelo y dejaba caer otra semilla. A lo largo del día recorría aquella comarca apacentando sus ovejas. Cada jornada recorría una zona diferente —todas ellas prácticamente despobladas de árboles— y a su paso sembraba bellotas.

El joven forastero observaba al pastor sin comprender qué se proponía. Finalmente le preguntó:

—¿Qué hace?

—Siembro árboles —repuso el pastor.

—Pero... ¿para qué? Esos árboles tardarán muchísimos años en crecer y serle de provecho. ¡Puede que ni viva para verlos!

—Ya sé —respondió el pastor—, pero algún día le serán de provecho a alguien y contribuirán a devolverle a la tierra su fertilidad. Quizá no lo vea yo, pero sí mis hijos.

El joven se maravilló de la previsión y el desinterés que mostraba el pastor al preparar el terreno para generaciones venideras sin tener la menor certeza de que llegaría a ver o cosechar el fruto de su labor.

Veinte años después, aquel excursionista —ya de cuarenta y tantos años— volvió a visitar la región. Quedó boquiabierto ante lo que vio: un extenso valle totalmente cubierto por un bellísimo bosque natural en el que prosperaban árboles de todas las variedades. Naturalmente, eran ejemplares jóvenes, pero árboles al fin y al cabo. El valle entero había revivido. La hierba había recobrado su verdor. La fauna volvía a poblar la zona, la maleza había crecido, el suelo había recuperado la humedad y los agricultores labraban nuevamente la tierra.

El viajero sintió curiosidad por saber qué habría sido del anciano pastor, y se quedó sorprendido al descubrir que seguía vivo y fuerte como un roble. Aún residía en su cabañita, y no había abandonado su costumbre vespertina de clasificar frutos secos.

El visitante se enteró además de que poco tiempo antes había llegado de París una comisión de parlamentarios para ver lo que a su juicio era un bosque natural que había surgido por milagro. Luego averiguaron que había sido obra de aquel solitario pastor, quien diariamente, año tras año, había sembrado bellotas, hayucos y otras semillas. Tan impresionados quedaron los parlamentarios que a su regreso a la capital votaron en la Asamblea Nacional para que se le otorgara una pensión vitalicia en señal de agradecimiento por haber reforestado toda aquella región sin ayuda de nadie.

El visitante manifestó su sorpresa por la transformación que se había producido: además de los magníficos árboles, había resurgido la agricultura, la fauna había retornado y la flora se veía exuberante. Las pequeñas granjas prosperaban, y la actividad había vuelto a las aldeas. ¡Qué contraste con el cuadro de ruina y abandono que había visto veinte años antes!

Gracias a la previsión, la diligencia, la paciencia, la abnegación y la constancia de un solo hombre, que perseveró haciendo lo que estaba a su alcance, la prosperidad había vuelto a aquella región.

De modo que si a veces te sientes impotente al ver la situación en que se encuentra el mundo, ¡no te dejes vencer! Dicen que son los grandes imperios, los gobiernos, los ejércitos y las guerras los que producen alteraciones en el curso de la Historia y cambian la faz de la Tierra. De ahí que a veces nos deprimamos y pensemos que no somos nada o que nada podemos hacer. La situación nos parece irremediable y nos da la impresión de que una sola persona nada puede hacer para mejorar las cosas. Terminamos creyendo que ni vale la pena intentarlo, que de nada sirve malgastar esfuerzos.

Pero como demostró al cabo de varios años aquel humilde pastor, ¡un solo hombre puede transformar el mundo! Tal vez no consigas cambiar el mundo entero, pero al menos puedes modificar el ámbito en que vives. ¿Por qué no empiezas por renovar tu propio corazón, tu mente, tu espíritu, tu vida, dando cabida a Jesús, leyendo Su Palabra y poniendo en práctica Sus principios? Por el solo hecho de cambiar tu vida, tu hogar, tu familia, habrás cambiado todo un universo, ¡el tuyo!

Luego tú y tu familia pueden ayudar a hacer lo mismo por sus vecinos y amigos, sus compañeros de trabajo o de estudios, los comerciantes, las visitas y toda persona con quien traben relación cada día. Pueden hacer un esfuerzo por acercarse a un alma solitaria y necesitada de afecto, que busque la verdad, que ansíe sentir que alguien se interesa por ella, que busque algo sin saber a ciencia cierta qué es. Gente que busca afanosamente alcanzar la felicidad y llenar su alma vacía, yerma y sedienta por falta del agua de la Palabra de Dios y del cálido amor que Él nos brinda.

Puedes empezar de forma individual, tú solo o con tu familia, sembrando cada día semillas de la verdad en este y en aquel corazón, haciendo gestos de amor y hablando de Jesús a los demás. Una forma de hacerlo es distribuir o recomendar publicaciones cristianas a las personas que conozcas, a fin de ayudarlas a entender la Palabra de Dios. Con paciencia, se pueden implantar en un corazón vacío semillas de la verdad. Luego no resta más que confiar en que el inefable sol del amor divino y el agua de las Palabras de Dios produzcan el milagro de una vida nueva.

Puede que al principio no parezca más que una diminuta yema, una ramita insignificante o un simple retoño. ¿Qué diferencia hace eso en una vasta extensión de tierra? ¿Qué es eso comparado con el inmenso bosque que hace falta? Pues bien, es el comienzo. Es el milagro de la gestación de una vida nueva que con el tiempo crecerá y florecerá hasta convertirse en un árbol majestuoso, grande y robusto. Quizás hasta dé origen a un mundo completamente nuevo. ¿Por qué no intentarlo?

Si perseveras en ello —como el anciano pastor cuyos esfuerzos premió el gobierno—, un día de éstos, cuando llegue el momento de tu retribución, Dios te recompensará. Te dirá: «¡Bien, buen siervo y fiel! Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor» (Mateo 25:21).

¡Sí puedes cambiar el mundo! Comienza hoy mismo. Transforma tu vida, la de tu familia, la de tu hogar, tus vecinos, tu ciudad. Transforma tu país. ¡Cambiemos el mundo!

David Brandt Berg

David Brandt Berg (1919-1994) fue hijo de la reconocida pastora evangelista norteamericana Virginia Brandt Berg. En 1968 él, su esposa y sus hijos adolescentes iniciaron un movimiento juvenil contracultural en Huntington Beach, California. Su misión creció hasta derivar en el movimiento internacional cristiano conocido actualmente como La Familia Internacional (LFI). (Los artículos de David Brandt Berg publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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