Ilumina tu rinconcito

Ilumina tu rinconcito

Me desperecé al oír a un bebé llorar lastimeramente, algo a lo que ya me estaba acostumbrando. Detrás de la cortina que nos separaba, la voz cansina y abatida de su mamá trataba de consolarlo. Yo tenía quince años y me encontraba en la sala infantil del hospital luego de una operación de las amígdalas el día anterior. Contrariamente a lo esperado, se habían presentado algunas complicaciones, y el dolor de garganta y de oídos me impedía dormir profundamente. Presioné con más fuerza la compresa de hielo contra mi garganta y cara y me quedé observando a aquella mamá exhausta y agobiada que paseaba por el angosto pasillo a su pequeño en llanto.

Su lamento plañidero se oía un tanto apagado por una venda que tenía sobre la boca. El día anterior había oído a su mamá decirle a una enfermera que el niño había nacido sin labio superior. Contaba apenas cuatro meses de edad, y esta era su tercera cirugía. Tendrían que hacerle tres más antes de su primer cumpleaños. Con cada intervención le iban formando gradualmente el labio superior.

Retrotraje mi pensamiento a la hora de visita del día anterior, cuando llegó su padre. Daba la impresión de ser un obrero de la construcción, y era evidente que había venido directamente del trabajo. Observé cómo acunaba amorosamente a su hijo, dejaba caer en su boca un poquito de leche y luego con sumo cuidado le movía la cabecita para ayudarlo a tragarla. Sin labio superior, el niño no podía tomar el biberón como otros bebés.

La presencia de una enfermera de turno me hizo volver al presente. Me traía otra compresa de hielo. Me quedé mirándola cuando se inclinó sobre el bebé para cambiarle el vendaje. En cuanto el pequeño cesó de llorar y se sumió en un sueño intranquilo, la enfermera se dio la vuelta para marcharse. Pero de pronto se detuvo.

—Debe de ser muy difícil —dijo suavemente, tocando el brazo de la madre.

—Ay, sí —respondió ella con tono de dolor.

Miró a lo lejos y continuó con voz quebrada:

—A menudo me pregunto por qué… ¡por qué lo traje así al mundo!

Cuando se disipó el sonido de los pasos de la enfermera por el pasillo, las palabras de la madre siguieron resonando en mis oídos. Pensé en lo mucho que Dios debía de querer transmitirle que la amaba, que se preocupaba por ella, que no la recriminaba, que estaba cerca de ella y la comprendía. No lograba sacudirme el deseo de decírselo. Pero ¿con qué palabras? ¿Cómo se lo iba a decir? Mi voz estaba temporalmente reducida a un ronco susurro, y hablar iba a ser muy doloroso. Mientras le daba vueltas a la idea en la cabeza, me vino a la memoria un estribillo que me había aprendido de niña:

Brillemos cual velitas con clara luz,
pues así nos manda quien la luz nos dio.
Brillemos cada día imitando al buen Jesús,
tú en tu rinconcito, en el mío yo1.

«Ahora este es mi rincón», pensé echando una mirada a aquella habitación tenuemente iluminada. Todavía sin saber bien lo que iba a decir ni cómo lo iba a decir, me quité la compresa de hielo y bajé de la cama. Al rato estábamos hablando. Mi voz era áspera, mis palabras sencillas y un poco torpes, y mi timidez, como de costumbre, me hizo sonrojarme. Pero cuando nos pusimos a conversar, poco a poco el dolor y la desesperación que se reflejaban en sus ojos dieron lugar a destellos de paz y fe. Después que oramos juntas comprendí asombrada que Dios se había valido de mí, Su velita, para llevar Su luz a una persona doliente.

Han pasado muchos años, pero a menudo evoco aquella experiencia. Todos tenemos nuestro rinconcito: una familia, un lugar de trabajo, un colegio, un vecindario. Es muy fácil que nos sintamos insignificantes y que dudemos de que podamos influir en los demás. Sin embargo, lo poco es mucho si Dios está en ello. Y Dios sin duda está en cada uno de nosotros2. Somos Sus velas, puestas aquí y allá en este mundo oscuro para alumbrarlo de un modo singular. Mi oración es que nunca deje de iluminar mi rincón todas las veces que haya una oportunidad, de una o de otra manera.

* * *

Ustedes son la luz del mundo, como una ciudad en lo alto de una colina que no puede esconderse. Nadie enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta. En cambio, la coloca en un lugar alto donde ilumina a todos los que están en la casa. Jesús en Mateo 5:14,15 (NTV)

Dice que nuestra luz debe alumbrar delante de todos. Si alumbra, no hace falta que se lo digamos a nadie. Los faros no disparan salvas de cañón para llamar la atención. Solo brillan. Dwight Moody (1837–1899)

Mejor iluminar, no solamente brillar. Mejor transmitir a los demás las verdades que hemos contemplado y no limitarnos a contemplar.Tomás de Aquino (1225–1274)

1. Brillemos cual velitas, Susan Warner (1868)
2. V. Juan 14:20
Evelyn Sichrovsky

Evelyn Sichrovsky

Evelyn Sichrovsky es creadora de contenidos para libros y materiales didácticos infantiles. Vive en el sur de Taiwán.

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