La llamada equivocada

La llamada equivocada

Era mi cumpleaños y decidí devolver una llamada de uno de mis familiares. Sin embargo, me pilló desprevenida, pues me contestó alguien que no reconocía. Al otro lado de la línea hablaba una mujer con voz apagada. Parecía aturdida, como si estuviera enferma o acabara de despertar, o con muy escasas fuerzas para contestar.

—No. Está equivocada. Aquí no vive nadie con ese nombre.

Intuí que ella estaba agobiada por un grave problema. Mi primera reacción fue tratar de no causarle más molestias y me apresuré a despedirme cortésmente:

—Lamento mucho haberla molestado.

Entonces, de repente, en un momento de iluminación, me di cuenta de que no había sido una casualidad ni una coincidencia. El Señor quiso ponerme en contacto con ella y Él quería que le hablara un poco más para darle ánimos o testificarle.

Un día antes había leído de nuevo un artículo que redacté hacía unos años. En él describía que casi pierdo la ocasión de dar testimonio a alguien por estar a la espera de que se presentara una buena oportunidad, la cual por lo visto no llegaba.

Tuve el pálpito de que Dios me decía: ¡No te arriesgues a perder esta oportunidad! ¡Hazlo ahora! ¡Habla con ella!

Se me atropellaban los pensamientos buscando algo que decir, pero aparte de un Dios la bendiga —frase que a veces no reviste mayor significado para la gente— no se me ocurría otra cosa que decirle: Jesús la ama mucho.

Eso me pareció un poco frívolo. Caramba, ¿no se me ocurría algo más profundo? Pero no, no se me ocurrió nada; y como tenía que decir algo, le dije con comprensión:

—Dios la bendiga. ¡Jesús la ama mucho!

Hice entonces una pausa esperando que me colgara el teléfono. Mas solo hubo silencio.

Por fin, con voz titubeante y apenas perceptible, la señora respondió:

—No sabe cuánto necesitaba oír eso hoy —y se echó a llorar.

Así empezó una conversación que duró más de media hora. Me contó que se llamaba Shirley. Se desahogó conmigo explicándome que su hermana mayor —que a la vez es su mejor amiga— acababa de fallecer. Eso la había dejado destrozada. Shirley tiene 71 años y padece graves trastornos de salud. Las otras dos personas con las que había vivido en la misma casa se iban a mudar, lo que la dejaba desconcertada, sin saber a dónde ir y sin plata para el traslado.

Le dije que yo no podía ofrecerle una salida fácil para el laberinto en que se encontraba, pero que conocía a Alguien que podría ayudarla. La animé a acudir a Jesús y a confiar en que Él la sacaría del trance en que se encontraba.

Al enterarme de que su hermana había sido cristiana, le hablé acerca del Cielo. Hice hincapié en que su hermana la esperaba allá, donde jamás volverían a separarse. Finalmente oré por ella. En la oración repetí varios versículos de Juan 14, en los que Jesús consuela a Sus seguidores y les asegura que va a prepararles un lugar. Pedí al Señor que sostuviera a Shirley en esa época tan difícil, y le refresqué la memoria sobre la promesa de Jesús que nunca nos dejaría ni nos abandonaría. Expliqué que Jesús quiere que acudamos a Él y confiemos en Él, pues es el único capaz de hacer redundar en bien experiencias terribles como las que ella enfrentaba en ese momento.

Al término de la llamada Shirley parecía otra. Su voz se había tornado más clara y fuerte. Daba la impresión de que había recuperado la esperanza y la fe en que se solucionarían sus problemas.

Lo que me había parecido un giro muy inadecuado y casi torpe para dar testimonio —carente de la soltura y profesionalidad con que hubiera querido expresarme—, resultó ser exactamente lo que ella necesitaba oír.

Hay tantas personas que batallan contra toda clase de adversidades, penas y contrariedades. A veces pareciera que no hay salida al oscuro cañón de tristeza y desesperación en el que se encuentran. No obstante, aunque no tenemos las soluciones para sacarlas de apuros, por medio de la oración sí tenemos una conexión viva y activa con Aquel que sabe exactamente cómo sacar a Su pueblo airoso de épocas difíciles. Basta con que tengamos la fe para confiar en Él y la determinación para hacer lo que nos indique.

Después de esa llamada me entró curiosidad por saber cómo se había gestado esa misteriosa serie de acontecimientos. ¿Había marcado yo el número equivocado?

Shirley me había dicho que estuvo a punto de no responder el teléfono al darse cuenta de que era un número desconocido, y ella normalmente no contesta esas llamadas. Para colmo, se sentía tan abatida que no podía concebir hablar con nadie en ese momento. Así y todo, no se explicaba por qué decidió contestar el teléfono.

Más tarde llamé al marido de la pariente con la que pretendía comunicarme ese día y por intermedio de él pude hablar con ella. Descubrí que hacía poco había cambiado su número de teléfono y se le había olvidado avisarme.

Así pues, de millones de números telefónicos y de personas que se habrían podido quedar con ese número, Dios dispuso que se le entregara a una de Sus hijas que, según Su conocimiento, necesitaría el testimonio que le llegaría por ese medio. Fue el momento perfecto, cuando el Señor sabía que sería el medio de recordarle a Shirley que Él la amaba.

Esa experiencia me motiva a aprovechar cualquier oportunidad que se me presente para ser fiel a mi vocación de embajadora de Jesús y hacer de puente de comunicación para llegar a la vida de las personas. De una cosa estoy segura: El Señor se valdrá de cada uno de nosotros por medios imprevistos si estamos abiertos a recibir Sus instrucciones. Cualquiera que sea la táctica que Él decida emplear, es una oportunidad de reconfortar a las personas y de que nosotros mismos resultemos más favorecidos y más realizados.

* * *

Yo amo, tú amas, el ama, nosotros amamos, vosotros amáis, ellos aman. Ojalá no fuese conjugación, sino realidad. Mario Moreno «Cantinflas» (1911-1993)

Gócense con los que se gozan. Lloren con los que lloran. Romanos 12:15

En todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. Mateo 7:12 (NVI)

Sean todos de un mismo sentir: compasivos, amándose fraternalmente, misericordiosos y humildes. 1 Pedro 3:8

Dios es nuestro Padre misericordioso y la fuente de todo consuelo. Él nos consuela en todas nuestras dificultades para que nosotros podamos consolar a otros. Cuando otros pasen por dificultades, podremos ofrecerles el mismo consuelo que Dios nos ha dado a nosotros. 2 Corintios 1:3,4 (NTV)

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Maria Fontaine

Maria Fontaine

Maria Fontaine es —junto con su esposo Peter Amsterdam— la directora espiritual y administrativa de la Familia Internacional, una comunidad de fe dedicada a difundir el Evangelio de Jesucristo por todo el mundo. Es autora de numerosos artículos sobre la vida de fe cristiana. (Los artículos de Maria Fontaine publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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