Lo mejor del cielo

Lo mejor del cielo

Yo tenía quince años, y el viernes era mi día preferido, pues significaba ir a la playa. Todas las semanas nuestro grupo juvenil montaba en el paseo marítimo un espectáculo improvisado de canciones y representaciones teatrales con el objeto de difundir el mensaje del amor de Dios entre los transeúntes.

Un viernes recibimos una donación importante de pan y bollos de una panadería de nuestra ciudad.

—Llevémoslo a la playa —propuso alguien.

Cuando llegamos y anunciamos que repartíamos pan y bollos gratis, bastantes personas necesitadas de aspecto cansado se arremolinaron a nuestro alrededor. La mayoría tomaron agradecidas lo que se les ofrecía, aunque dos se quejaron de que no teníamos el tipo de pan que más les gustaba. Rechazaron lo que había y se fueron murmurando con las manos vacías.

Más tarde se nos acercó una mujer joven que empujaba un cochecito de bebés doble. En él llevaba no solamente dos niños, sino también unos cuantos bártulos que parecían ser todos sus bienes terrenales.

—Me dijeron que estaban regalando pan.

Su voz tenía un tono casi de ­de­sesperación, fiel reflejo de cómo debía de ser su situación. En el cochecito, un niño de unos dos años de ojos grandes lo observaba todo silenciosamente mientras un bebé dormitaba a su lado. Llevaban puesta ropa relativamente nueva, pero los enseres guardados en cada centímetro libre del cochecito daban a entender que la mujer no tenía dónde quedarse.

Junté en una bolsa lo que quedaba —unos bollos y un par de panes— y se la entregué. Sin siquiera mirar dentro para ver qué contenía, me dio las gracias efusivamente.

Uno de mis amigos inició una conversación con ella. Yo me volví para empezar a empacar, pero alcancé a entender que él le había dado la dirección de un albergue para mujeres y dinero para llegar hasta allá. Me alegré de que ella se hubiera acercado a nosotros y de que hubiéramos podido ofrecerle algo de ayuda, de esperanza. Pensé también en los dos que se habían marchado sin nada.

El pan del cielo es gratis para todos los que lo buscan. Las veces en que me quedo insatisfecha son aquellas en que no lo acojo en mi corazón y no permito que me llene el alma.

* * *

Vi más claro que nunca que la primera y primordial gran tarea que debía atender cada día era lograr que mi alma estuviera contenta en el Señor. Mi primera preocupación no debía ser de qué modo podía servir al Señor, cómo podía glorificarlo, sino cómo podía llevar mi alma a un estado de felicidad y cómo alimentar mi hombre interior. Entendí que lo más importante que tenía que hacer era entregarme a la lectura de la Palabra de Dios y a la meditación en ella. George Müller (1805–1898)

Jewel Roque

Jewel Roque

Jewel Roque vivió 12 años en la India, donde realizó labores sociales y de consejería cristiana. En el 2010 regresó a California con su marido, Solomon, y sus tres hijos de corta edad. En la actualidad estudia y se desempeña como escritora y correctora independiente.

 

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