Pon tu grano de arena

Pon tu grano de arena

Cada día, cuando escucho el noticiero, me entristezco. Prácticamente no hacen otra cosa que hablar de personas en situaciones terribles. En muchas partes del mundo, tanto los cristianos como los no cristianos se enfrentan a enormes sufrimientos de una u otra índole.

Buena parte de las noticias son sobre circunstancias trágicas en algún rincón del planeta: crisis económicas, terrorismo, guerras y conflictos, hechos de violencia relacionados con las drogas, persecuciones de cristianos, catástrofes causadas por el cambio climático, minas terrestres abandonadas, escasez de agua en distintas zonas y gobiernos espantosamente represivos.

Pensar en todo lo que anda mal puede resultar deprimente si nos quedamos cruzados de brazos y no le encomendamos esas situaciones a Dios en oración. Por otra parte, cuando acudo a Él en busca de esperanza, Él se vale de los infortunios que ocurren en el mundo para obrar en mí.

Las angustias que tanta gente sufre me hacen apartar la atención de lo que, en mi opinión, son mis problemas y contratiempos. Al tomar conciencia una y otra vez del sufrimiento y los traumas que tantas personas viven a diario me doy cuenta de la relativa insignificancia de mis propias desventuras y de lo privilegiada que soy, pues con tantas terribles desgracias y dificultades como hay, pocas son las que me afectan a mí personalmente.

Veo lo rica que soy en espíritu y en bendiciones de Dios, y la abundancia de que disfruto. Mis pies andan por caminos agradables, mis ojos se posan sobre apacibles praderas, mis oídos se regalan con hermosa música. No oigo el fragor de la guerra. No bebo agua contaminada. No vivo en una choza de cartón. No escucho crueles palabras de boca de un severo capataz. No estoy presa en una cárcel mugrienta.

Vivo en paz. La mayoría de las personas con las que me encuentro me sonríen y me dirigen palabras amables. Tengo libertad para hablar abiertamente de mi fe. Puedo disfrutar de mis seres queridos. Me divierto, tengo amigos y trato social. Tengo una cama calentita. Puedo salir a la calle sin miedo.

Podría decirse que poseo abundantes riquezas en muchos aspectos que es muy fácil dar por descontados.

El noticiero me induce a orar por los que sufren en el mundo. También me ayuda a ser mucho más positiva y más agradecida por lo ligeras que son mis cargas. No son nada comparadas con las de tantas otras personas.

Muchos cristianos que tenemos dificultades en la vida y grandes pesares y sufrimientos, o que no nos consideramos muy acaudalados, en realidad somos unos privilegiados en cuanto a espiritualidad, provisión, libertad y respuestas a muchos de los interrogantes de la existencia.

Por consiguiente, tenemos la obligación de compartir todo eso con las personas a las que nos conduce el Señor, y de orar por los que sufren y han experimentado grandes pérdidas.

Cuando nos vemos frente al sufrimiento y las necesidades acuciantes de tanta gente del mundo actual, quizá pensemos que no es mucho lo que podemos aportar. Pero a pesar de nuestras dificultades, carencias, sentimientos de inferioridad, discapacidades, enfermedades o impedimentos, todos podemos hacer algo por Jesús; como el niño que le dio su almuerzo porque se imaginó que así podría ayudar1. ¡Y así fue! Además, lo que Jesús hizo ese día con la ofrenda del niño probablemente afectó para siempre la vida de él y de muchos más.

Así pues, no subestimes las cositas que puedes hacer: una sonrisa para alegrar al que tienes delante, unas palabras que le infundan ánimo, un folleto que transmita el amor de Jesús, una pequeña ofrenda para la obra de Dios o una colaboración para socorrer a un pobre. Dios se vale de los detalles más insignificantes y de las personas más débiles para influir en los demás2.

Dios elogió mucho a la viuda que, aunque en comparación con los ricos dio muy poco, donó más que ellos, por cuanto dio todo lo que tenía. El Señor dijo: «Ellos dieron una mínima parte de lo que les sobraba, pero ella, con lo pobre que es, dio todo lo que tenía»3. Dios ve tu corazón, sabe lo que te cuestan los sacrificios que haces y los valora mucho.

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Comienza por ti

Cuando yo era joven, y no tenía ataduras ni nada que pusiera coto a mi imaginación, soñaba con cambiar el mundo.

A medida que fui entrando en años y adquiriendo sensatez, me di cuenta de que el mundo no iba a cambiar. Así que reduje mis expectativas y me decidí a cambiar solo mi país. Pero este también parecía inamovible.

Al llegar al ocaso de mi vida, en un último y desesperado intento, me resigné a cambiar solamente a mi familia, los más cercanos a mí. Pero muy a pesar mío, no querían saber nada de eso.

Ahora que me encuentro en mi lecho de muerte, de golpe caigo en la cuenta de que, si hubiera cambiado yo primero, mi ejemplo habría transformado a mi familia. Con su inspiración y aliento, habría podido mejorar mi país. Y ¿quién sabe? Tal vez hasta habría podido cambiar el mundo.  Anónimo

1. V. Juan 6:9–13
2. V. 1 Corintios 1:26–28
3. Lucas 21:4 (NTV)

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Maria Fontaine

Maria Fontaine

Maria Fontaine es —junto con su esposo Peter Amsterdam— la directora espiritual y administrativa de la Familia Internacional, una comunidad de fe dedicada a difundir el Evangelio de Jesucristo por todo el mundo. Es autora de numerosos artículos sobre la vida de fe cristiana. (Los artículos de Maria Fontaine publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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