Seamos íconos

Seamos íconos

El vocablo griego traducido como imagen en la mayoría de las biblias en español es eikón, del que proviene la palabra ícono. En la Biblia se usa tanto en su acepción literal1 como en sentido figurado2. La Septuaginta, que fue la primera traducción oficial al griego del Antiguo Testamento hebreo, se refiere a Adán como el «eikón de Dios».

Se denominan íconos las pinturas y grabados de las iglesias ortodoxas. En nuestra cultura moderna también hay íconos en cantidades asombrosas. El apelativo se aplica a personas que son objeto de gran admiración o muy destacadas en su rubro —grandes figuras del espectáculo, deportistas, empresarios, etc.—, cuyo nombre prácticamente se ha convertido en símbolo del área en que se desempeñan. Ni bien se inventaron las pantallas de computador, comenzaron a poblarse de figuritas a las que denominamos íconos. Algunas hasta tienen vida propia, como las caritas sonrientes y sus derivados histriónicos, a los que se ha dado en llamar emoticones, es decir, íconos que representan emociones.

Algunas personas también emplean la palabra ícono para describir el papel del cristiano en el mundo. Debemos esforzarnos por ser la imagen de Cristo, conduciéndonos como lo hacía Él o como lo haría hoy en día. No es mala idea. Aplicar eso a nuestros hermanos en la fe —verlos como imagen de Dios— suscita amor fraternal y respeto. La madre Teresa llevó ese concepto un paso más allá. «En cada ser humano veo a Jesús —atestiguaba—. Me digo: “Este Jesús tiene hambre; tengo que darle de comer. Este Jesús está enfermo, tiene lepra o gangrena; tengo que lavarlo y atenderlo. Sirvo a los demás por amor a Jesús”».

Si bien muy pocos alcanzamos a manifestar un amor tan desinteresado como el que llegó a encarnar la madre Teresa, podemos esforzarnos por emular más a Jesús. Para eso es necesario que pasemos más tiempo con Él, que nos familiaricemos con Su Palabra y que llevemos a efecto lo que Él predicó y vivió. «Todos nosotros, a quienes nos ha sido quitado el velo, podemos ver y reflejar la gloria del Señor. Y el Señor, quien es el Espíritu, nos hace más y más parecidos a Él a medida que somos transformados a Su gloriosa imagen»3.

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Si aún no le has pedido a Jesús que te transforme y te vuelva más como Él, te invitamos a hacer ahora mismo la siguiente oración:

Jesús, gracias por morir por mí y darme Tu perdón, Tu amor y la promesa de vida eterna en el Cielo. Te abro mi corazón y te invito a vivir en mí y rehacerme a Tu imagen. Amén.

1. V. Mateo 22:20
2. V. Colosenses 1:15
3. 2 Corintios 3:18 (NTV)

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Richard Johnston

Richard Johnston es escritor e investigador. Ha publicado varios artículos en Conéctate.

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