Ejercicios espirituales

Renovación interior

«Si alguno está en Cristo—dice la Biblia—, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas»1. Esa transformación comienza en el momento en que invitamos a Jesús a entrar en nuestro corazón y formar parte de nuestra vida. Sin embargo, toma bastante más tiempo entrar en Jesús, es decir, sumirse completamente en Él y cimentar bien la fe2. Cuanto más lo hacemos, más vamos dejando atrás nuestros viejos hábitos y formas de pensar, con lo que en efecto todas las cosas «son hechas nuevas».

¿Qué mejor momento que la Pascua, la celebración de la resurrección, para renovarse espiritualmente?

Manifestar aprecio

Jesús enseñó: «Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos»1. Esa regla de oro tiene una diversidad de aplicaciones prácticas: manifestar aprecio es una de ellas.

Reflexiona un momento sobre tu familia, amigos, colegas y conocidos. ¿No te resulta estimulante que uno de ellos te elogie o te manifieste aprecio de alguna manera?

A todos nos hace bien que nos valoren. A continuación, un ejercicio para que practiques el arte de manifestar aprecio.

Da gracias a Dios por lo bueno

Recuerda alguna situación decepcionante o adversa que te haya afectado hace poco y pondera lo bueno que trajo o que traerá aparejada tu mala fortuna. Procura pensar en tres cosas por lo menos. (No te rindas prematuramente. Si se te ocurre aunque sea una sola consecuencia positiva, seguramente aparecerán otras.) Luego da gracias a Dios por lo bueno.

Por ejemplo, digamos que estabas conduciendo por un camino solitario y se te descompuso el vehículo en una zona despoblada. Cuando quisiste llamar por teléfono para pedir auxilio, descubriste que tu celular estaba descargado. Tu acción de gracias después del incidente podría ser más o menos así:

La pausa diaria

A veces vivimos tan a la carrera que no dedicamos tiempo a reflexionar y a comunicarnos con nuestro Creador. En consecuencia, andamos desorientados. La vida es un viaje, a lo largo del cual vamos madurando y tenemos variadas experiencias. En ese viaje tenemos oportunidad de descubrir a Jesús y aprender de Él.

Este año sácale el máximo partido al viaje. Hazte el firme propósito de dedicar al menos 10 ó 15 minutos al día a la oración y la meditación a solas con Jesús. Procura establecer una hora fija para ello. Experimenta hasta ver qué te resulta mejor. A algunas personas les gusta pasar un rato de quietud a primera hora. A otras les viene mejor apartarse unos momentos de su trabajo al mediodía para refrescarse espiritualmente. A otros se les hace más fácil por la noche.

Audiencia con Jesús

Jesús dijo: «Las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida»1. La Palabra de Dios —la Biblia—, así como las publicaciones inspirativas de corte devocional basadas en la Biblia, como la revista Conéctate, nos alimentan y nos mantienen espiritualmente vivos y saludables. Así como es preciso comer para tener fuerzas físicas, también debemos nutrirnos de la Palabra para tener fuerza espiritual.

La dificultad que se nos presenta a muchos cuando nos disponemos a leer es que nos distraemos fácilmente con los asuntos pendientes del día. A veces la solución consiste simplemente en esforzarnos un poco más. El siguiente ejercicio espiritual puede resultar útil.

A la paz por la senda de la alabanza

El día está espinoso.Tuviste una contrariedad en el trabajo. Te enfrascaste en una discusión intrascendente con tu cónyuge. Recibiste una mala noticia: la salud de un familiar se deterioró. Se te manchó tu prenda preferida. Se produjo un escape en un caño de la cocina. Parece que llueve sobre mojado.

La próxima vez que las circunstancias te abatan, prueba el siguiente ejercicio espiritual.

Momentos de quietud

«Pongan la esperanza […] en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos»1.

La próxima vez que te sientas nervioso o abrumado por algo, recógete en un lugar tranquilo y tómate cinco minutos para practicar lo siguiente: Cierra los ojos y visualiza una escena apacible. Puede ser algo tan exótico como una playa en la que las cálidas olas te bañan los pies mientras una suave brisa hace susurrar las palmeras y te agita el cabello. O algo tan sencillo como un rato de paz en tu sillón preferido durante tu día de descanso. 

El ciclo de las sonrisas

Durante muchos años, David Berg y su esposa María tuvieron la costumbre de hacer diariamente una caminata a paso ligero para mantenerse en forma. Por una época, siempre se topaban con un hombre mayor. Con el tiempo averiguaron que era solterón y se llamaba Feliciano. Claro que de feliz no tenía nada. «Tenía la cara más amargada del mundo —recordaba Berg años después—. Siempre andaba muy bien vestido, de traje, y al parecer era alguien importante en la ciudad; pero caminaba con las manos a la espalda, mirando fijamente el suelo. Cuando María o yo le saludábamos o sonreíamos, enseguida miraba para otra parte. Tanto queríamos cambiar su mueca en una sonrisa que nos propusimos no cejar hasta conseguirlo. Nos tomó dos años… hasta que un día por fin nos devolvió la mirada. Desde aquel momento, Feliciano cambió completamente de semblante y de actitud».

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