Silencio

Silencio

El bienestar espiritual incide en el bienestar general. Cuando el espíritu está sosegado y en paz, el organismo se beneficia. La Biblia dice: «Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros» (Santiago 4:8). La música inspirativa, la lectura y la oración en voz alta pueden ayudarnos a acercarnos a Dios. Sin embargo, también debe haber momentos en que comulguemos con el Señor en silencio. Él dice: «Estad quietos y conoced que Yo soy Dios» (Salmo 46:10). El objeto de este ejercicio espiritual es serenar el espíritu dedicando 10 o 15 minutos a reflexionar en silencio.

Retírate a un lugar tranquilo donde nadie te vaya a molestar. Tal vez convenga que leas un salmo o escuches o cantes un himno o una canción de alabanza para apartar de tu mente otros pensamientos y ayudarte a «entrar por Sus atrios con alabanza»(Salmo 100:4). Luego medita en uno o en varios de los siguientes textos:

Me retiro de este mundo
de bullicio y de pecado
y aguardo hasta que intuyo
que Tu tenue voz me ha hablado.
En reverencial silencio
quedo absorto en Tu presencia.
Muéstrame Tu amor secreto,
manifiéstame Tu esencia.
Charles Wesley

Distiéndete y ponlo todo a un lado. Hazte a la idea de que estás en presencia de Dios. Puedes despreocuparte y hacer todo a un lado precisamente porque Dios está presente. En Su presencia, todo lo demás deja de ser motivo de inquietud; está todo en Sus manos. La tensión, las ansiedades, las preocupaciones, las contrariedades se desvanecen delante de Él como la nieve ante el sol.—James Borst

* * * * *
La Tierra y sus escenas decrezcan.
Ruido y vanidad enmudezcan.
En el silencio de mi interior
hallo el Cielo y hallo a mi Dios.
Isaac Watts
* * * * *

Prácticamente nunca hay un silencio absoluto en nuestra alma. Dios está casi incesantemente hablándonos en voz queda. Cuando los sonidos del mundo se acallan o se reducen en nuestro espíritu, oímos esos susurros divinos. Dios está en todo momento comunicándose con nosotros, solo que a causa del ruido, las prisas y las distracciones de nuestra vida acelerada, no siempre captamos Su voz.—F. W. Faber

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