Dejar lo viejo, abrazar lo nuevo

Dejar lo viejo, abrazar lo nuevo

Paseando por mi ciudad natal en la India, donde me crié y pasé la mayor parte de mi vida, me intriga cuánto ha cambiado la ciudad con el paso de los años. La que una vez era una localidad pequeña y tranquila a principios de los 80, ha explotado hasta convertirse en un polo tecnológico y una pujante metrópoli. Las salas de cine que frecuentábamos cuando jóvenes se han demolido para dar paso a centros comerciales y espacios de oficinas. Los edificios más viejos se derribaron para dar lugar a nuevas estructuras y se han construido más cruces a desnivel para poder lidiar con el intenso tráfico. La ciudad acogedora de antaño se ha vuelto casi irreconocible.

Y no se trata solamente de mi ciudad. Los cambios son un fenómeno mundial. Hasta los grandes imperios del pasado alcanzaron su apogeo por un tiempo y cayeron luego en el olvido. Quizá dominaron el mundo como colosos por un tiempo, pero todos a la postre fueron sustituidos por alguna nueva potencia. Los únicos vestigios de su existencia se hallan en los libros de historia y en reliquias y yacimientos arqueológicos.

Vivimos en una era de cambios tan rápidos que por momentos resulta inquietante. Ya sea en materia política, económica o tecnológica, todo fluctúa. Aunque resistir los cambios y apegarnos al statu quo forma parte de nuestra naturaleza humana, no nos queda otra que adaptarnos a lo nuevo o quedar rezagados. Me recuerda un pasaje del ya clásico libro ¿Quién se ha llevado mi queso?: «Cuanto antes dejes el queso viejo, antes podrás disfrutar del nuevo».

El cambio continuo es el mejor preventivo contra el estancamiento y la descomposición. Hasta los días y las temporadas pasan por ciclos que deben culminarse. Dios siempre está efectuando cambios en todas las esferas de Su creación. Dice la Biblia, «Las cosas que ahora podemos ver, pronto se habrán ido; pero las cosas que no podemos ver permanecerán para siempre.1

Sean cuales sean los cambios que se produzcan a nuestro alrededor es reconfortante saber que nuestra fe se afirma en un Dios que no cambia, que es igual ayer, hoy y para siempre.2 Nuestra fe en Jesús es como un ancla para el alma, que nos mantiene firmes y a salvo cuando nos azotan los vientos de cambio.3 Los cristianos podemos encarar con valentía los cambios que nos presenta la vida, sabiendo que confiamos en un Dios inalterable en Su esencia, en Sus palabras y en cuanto a las promesas que nos ha hecho.4

1. 2 Corintios 4:18 (NTV)
2. V. Malaquías 3:6; Hebreos 13:8
3. V. Hebreos 6:19
4. V. Mateo 24:35; Hebreos 1:10–12

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Uday Paul

Uday Paul

Uday Paul vive en Bangalore (India). Imparte cursos de inglés y de desarrollo personal.

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