Crestas y valles

Crestas y valles

Leí recientemente la novela Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis. Es una obra que presenta la correspondencia ficticia entre un diablo de avanzada edad, llamado Escrutopo, y uno principiante llamado Orugario. Las cartas constituyen una profunda y fascinante mirada a las estratagemas que emplea Satanás para sabotear nuestro crecimiento espiritual, nuestra relación con Dios y nuestro trato con los demás. Una de ellas explora los altibajos de la experiencia humana, lo que yo denomino las crestas y valles.

En esa carta Escrutopo se refiere a un período de aridez y aburrimiento que experimenta el paciente de Orugario. El diablo mayor le advierte al menor que Dios pretende aprovechar esa temporada para fortalecer la fe del joven, y le aconseja que no permita por ningún concepto que este tome conciencia de que los valles son normales, sino que lo convenza de que sus sentimientos de languidez y depresión constituyen un estado permanente. Mientras leía ese capítulo, me puse a reflexionar sobre mi ciclo particular de crestas y valles y lo que he aprendido en estos últimos.

No cabe duda de que en mi vida he disfrutado de crestas, períodos de éxito laboral, progresos en mis estudios, amistades, salud, comunión gozosa con Jesús y lecturas motivadoras de la Biblia. Pero también he pasado por valles, como el que a duras penas tuve que recorrer hace poco. Comenzó con un enorme revés en mi trabajo, seguido de problemas con mis estudios, conflictos y una tensa comunicación con mis seres queridos, a lo que se sumó el deterioro de mi salud. Nunca había estado tan hundida. Ni siquiera tenía motivación para leer la Biblia u orar.

Mi valle me pareció interminable. Me engullía en su oscuro vacío y me envolvía en un manto de desesperación. Tuve la impresión de que Dios había hecho las maletas y se había largado. Le rogué que se acercara a Mí, que me ayudara a sortear las dificultades y me permitiera sentir Su presencia. Pero parecía lejano y mudo. «¿Qué está pasando? ¿En qué me he equivocado?», me pregunté angustiada.

Procuré usar mi fuerza de voluntad y me esmeré para recrear la emoción y la alegría espirituales que había disfrutado en las crestas;pero ello no tuvo otro efecto que dejarme exhausta y acentuar mi desaliento. Finalmente comprendí que la fe no se mide por los sentimientos, pues como escribió el apóstol Pablo: «Vivimos por fe, no por vista»1. Cuando centraba la atención en mis emociones cambiantes —y a menudo negativas—, me sumía más en las dudas y se me hacía más difícil soportar mis dificultades.

La lectura del libro Cartas del diablo a su sobrino confirmó lo que yo ya había descubierto al pasar por ese valle. Mis batallas no eran un indicador de que le hubiera fallado a Dios ni de que Él me hubiera abandonado. Si bien son dolorosas, no por ello dejan de ser parte normal de la experiencia humana en un mundo imperfecto. Me daba la impresión de que mi desdicha se eternizaría; mas no tardé en descubrir que todos los valles terminan cuando Dios así lo dispone, y salí de la experiencia con renovada fe en Su gracia y amor.

1. 2 Corintios 5:7 (NVI)

Elsa Sichrovsky

Elsa Sichrovsky es escritora independiente. Vive con su familia en Taiwán. 

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