Las desventuras de una ciclista

Las desventuras de una ciclista

Vivimos en una calle en las afueras de un pequeño barrio semiurbano. Hay dos vías para llegar a la urbanización desde nuestra casa, pero ambas presentan varios obstáculos para ciclistas como mi marido y yo.

Una entrada tiene una señal de PARE que habitualmente los conductores pasan por alto. Muchos de ellos no se dan por enterados de las normas de ceda el paso. Cantidades de personas aprovechan esa carretera como atajo y no se dan cuenta de que tiene tramos muy estrechos, que hay peatones haciendo compras en los puestos a la vera del camino y humildes ciclistas que van para el barrio.

El otro acceso es una vía rural estrecha que entra en el barrio justo frente a un colegio muy concurrido. Durante las horas de ingreso o salida del colegio muchos padres se olvidan de que se trata de una vía pública y estacionan de cualquier manera para luego quedarse hablando por el celular. En frente del colegio hay una obra en construcción, lo que obliga a los camiones grandes a sortear el tránsito como puedan. Una vez más, parece que el humilde ciclista poca atención y respeto suscita.

Pero ¿qué pasó con la ciclista indefensa anunciada en el título? Pues que empecé a considerar esas dos entradas como zonas de guerra y me dispuse a dar la pelea. Como casi todos los días voy al barrio en bicicleta, indignada repasaba mentalmente la escena de las injusticias de turno cometidas contra mí por conductores descuidados, para poder revivir luego los detalles al llegar a casa.

—¡No vas a creer lo que me pasó esta vez —le anunciaba a mi marido.

Cada incidente se me iba quedando grabado mientras lo rebobinaba en mi mente. ¿Qué hizo ese atolondrado? ¿Y cómo le repliqué yo?

Hasta que le puse freno a la cuestión.

Muy sencillo. Me di cuenta de que había otros asuntos en mi vida más importantes que abrirme paso por esos estrechos carriles todos los días. Bastaba con tener presente que cada día camino al barrio quizá tendría que realizar un par de maniobras complicadas; nada más. ¿Acaso los caminos de la vida no nos presentan siempre algún obstáculo? Y si los otros conductores andan lidiando cada uno con sus propias batallas, ¿me costaría tanto tener un poco más de paciencia o ser un poco más cortés?

En aquel momento superar el agravio y hacer la vista gorda parecía algo mayúsculo. Ahora pienso que es lo más lógico que se puede hacer. En la carretera de la vida estoy segura de que a veces los otros conductores también tienen que tener paciencia conmigo.

Sally García

Sally García es educadora y misionera. Vive en Chile y está afiliada a la Familia Internacional.  

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