¡Qué vista!

¡Qué vista!

Hace poco subí a la Montaña de la Mesa, aquí en Sudáfrica. ¡Qué maravilla! Una montaña de cima plana en plena ciudad, desde la que se ven ambos océanos y detrás de la cual se levanta una cadena montañosa llamada los Doce Apóstoles. Tiene más de 1.000 metros de altura, y su abundante y espectacular flora y fauna, rocas y acantilados, le otorgan una belleza singular. Sin embargo, lo que a mí más me fascina es la imponente vista.

Nos lanzamos a la aventura de madrugada y llegamos al punto de partida justo antes del amanecer. Durante el ascenso contemplamos la salida del sol y el despertar de la ciudad. Nos encontramos con otras personas que también se dirigían a la cima, con la misma determinación de sacarle partido al día.

Al principio la subida me costó mucho. Me faltaba aliento, y tuve que parar varias veces para beber agua y recobrar fuerzas. El resto del grupo siguió adelante. Me dio la impresión de que me estaba quedando rezagada. Mi marido —veterano en estas lides— se quedó conmigo para darme ánimo y asegurarme que me estaba desempeñando bien. Un par de veces hasta llegamos a alcanzar a los demás del grupo en un área de descanso, antes que reemprendieran la marcha.

Con las piernas adoloridas, entre risas y en buena compañía, los lentos llegamos a la cima en poco menos de dos horas. Y allá arriba, ¡qué vista!

Desde la cima se divisa toda Ciudad del Cabo, las montañas que la rodean, ambos océanos, valles, campos y llanuras más allá de la ciudad. Y más lejos aún, en la distancia, la siguiente cadena montañosa. Le sensación de encontrarme rodeada de la hermosa creación de Dios fue extasiante, y me entusiasmé por haber cumplido mi objetivo.

En ese momento me di cuenta de que había tenido que dar muchos pasos para llegar a la cima, a mi meta: más de 10.000 según mi podómetro. Pero también estaban los pasos psicológicos que había tenido que dar: prepararme, superar el miedo y la apatía, y perseverar cuando no me quedaban ganas de hacerlo. Esos pasos se asemejan a los que hay que dar para alcanzar un objetivo personal: calcular, planificar, ejecutar y seguir avanzando aunque el camino se ponga difícil. Siempre estará la tentación de rendirme a mitad de camino; pero si no pierdo de vista lo que me he propuesto y cuento con la ayuda de personas de ideas afines, mis metas se tornan alcanzables.

La Montaña de la Mesa no es la única que vale la pena conquistar. Hay muchos otros objetivos que lograr y paisajes que contemplar. Lo que hay que hacer es abordarlos de uno en uno e ir adquiriendo experiencia sobre la marcha. En buena compañía y con mucho aliento, paso a paso, sin cejar en nuestro empeño, todos podemos alcanzar nuestras cumbres personales.

Ester Mizrany

Ester Mizrany es docente y misionera. Colabora con la fundación Helping Hand en Sudáfrica.

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