Tachas en el paisaje

Tachas en el paisaje

Cuando me siento cada vez más abrumada por la acumulación de plazos que tengo que cumplir, me resulta muy reparador hacer una breve pausa y dejar que mi mente y mi corazón se relajen.

A veces salgo al balcón o me siento en una silla junto a las grandes puertas de vidrio para contemplar la belleza del entorno y dejar que mis ojos irritados descansen. Desde mi punto de observación se aprecian gran cantidad de árboles, campos cubiertos de maleza y montañas a lo lejos. Basta un vistazo para que la fronda verde oscuro de las arboledas tenga un efecto tranquilizador en mí.

Me imagino que los pájaros piensan lo mismo, porque alrededor de la casa hay muchos, de distintos tipos, tamaños y colores. Mis favoritos son los de color amarillo intenso. No solo son un deleite para la vista, sino que además tienen un canto alegre y sonoro.

Si centro mi atención en todo lo hermoso que se observa en la lejanía es casi imposible que no me sienta cautivada y reconfortada. Lamentablemente, como en muchos aspectos de la vida, no todo es perfecto al mirar más cerca. Gruesos cables negros y grises rasgan la belleza del paisaje a escasos metros del balcón, como rayas y tachones en un cuadro enmarcado. Bregan por captar mi atención, como queriendo estropear el encanto de ese regalo perfecto. Del otro lado de la callejuela hay una casita coronada por una enorme antena parabólica, y en medio de todo se yergue un viejo poste de luz abandonado, de concreto, ladeado, descabezado, de cuya parte superior brotan, en todos los ángulos, varillas de reforzamiento oxidadas. No parece servir para otra cosa que para deslucir los colores y líneas de la naturaleza.

Durante una de esas pausas que acostumbro hacer, si bien mi intención era relajarme, me di cuenta de que estaba prestando demasiada atención a las tachas que afeaban el bello entorno. En esas el Señor me amonestó a Su manera, montando una pequeña obra teatral con Sus criaturas como protagonistas. Mientras distendía la vista, un poco decepcionada por aquellos parches que restaban belleza al paisaje, mi pájaro amarillo favorito se posó en un cable a pocos metros del antepecho del balcón y decidió cantarme su trino preferido.

De repente aquellos cables perdieron su fealdad, pues comprendí que, de no ser por ellos, aquel pequeño animador angélico no estaría trinando para mí. Comencé a relajarme, y un par de pájaros de color rojo radiante se posaron sobre la antena parabólica. Se veían muy cómodos y tranquilos, y se quedaron allí largo rato, dándome oportunidad de disfrutar de sus interacciones. Parecían comunicarse con tanto entusiasmo que casi podía imaginarme que conversaban sobre lo ocurrido aquel día. La atención que les presté y el placer de observarlos eliminaron en cierto modo lo antiestético de la antena, que pasó a ser el escenario de aquel alegre entreacto.

El momento culminante llegó cuando rápidamente aparecieron unos nubarrones. Me figuré que ahí acabaría la pequeña función; pero no, al rato me di cuenta de que apenas comenzaba. Se puso a llover a cántaros. Enseguida todo un coro de golondrinas y gorriones, acompañados por mi animador amarillo y varios pájaros rojos, se fueron congregando sobre los cables negros del tendido eléctrico. Gorjeaban dichosos bajo la lluvia, dejando que esta les lavara el polvo y la suciedad de la vida. Brincaban juguetonamente y canturreaban como si fueran un grupo de niños divirtiéndose en el jardín con el agua del aspersor.

Después de unos minutos cesó el chaparrón. Cuando el sol se asomó de nuevo por detrás de las nubes negras, vi con otros ojos aquel paisaje. Caí en la cuenta de que gran parte de lo que nos sucede en la vida —sobre todo en el corto plazo y al mirarlo de cerca en las temporadas caóticas— puede parecer horrendo, como si echara a perder nuestra vista de los sueños y esperanzas que tenemos para un futuro más lejano. No obstante, muchísimo puede cambiar si dejamos que Dios nos muestre que esas cosas que nos causan una fea impresión y que en el momento nos obstruyen la vista, a veces pueden servir para que Él llene nuestra vida de bendiciones, de belleza y de asombro, como es Su deseo. Debemos tener presente que esos son apenas los materiales con que se está montando el escenario, sobre el cual Él puede ofrecernos Sus valiosísimos tesoros de alegría y esperanza y recordarnos que hay belleza en todo lo que nos pone delante.

* * *

El amor de Jesús es perfecto. Hay muchas cosas bonitas, hermosas y maravillosas, pero nada tan perfecto como Su amor. Vivimos en un mundo imperfecto, con seres humanos imperfectos y en circunstancias que dejan bastante que desear; pero Su amor nos permite sortear las dificultades de la vida.

Su amor es gratuito. Menos mal que es así, porque todos pecamos y nos equivocamos. Si tuviéramos que merecernos Su amor, ninguno lo alcanzaría.

Su amor es eterno. Nadie puede robárnoslo, nada puede privarnos de él. No se desgasta ni pasa de moda al cabo de unos años. Si bien es tradicional e histórico, es también moderno y actual. Permanece para siempre. Él nos ha amado desde los albores de los tiempos y seguirá haciéndolo por la eternidad. María Fontaine

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Maria Fontaine

Maria Fontaine

Maria Fontaine es —junto con su esposo Peter Amsterdam— la directora espiritual y administrativa de la Familia Internacional, una comunidad de fe dedicada a difundir el Evangelio de Jesucristo por todo el mundo. Es autora de numerosos artículos sobre la vida de fe cristiana. (Los artículos de Maria Fontaine publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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