¿Dónde estás, esperanza?

¿Dónde estás, esperanza?

No me agradaba mi estado de ánimo. No era exactamente frío. Era más bien desapacible con posibilidad de tormentas eléctricas. Igualito que el tiempo que hacía aquel día. Entendía perfectamente por qué me sentía así, y eso me asustaba. Los cambios que se avecinaban eran como nubarrones de mal agüero que se cernían sobre mí. También sabía que había esperanza, que mi situación no era irremediable, del mismo modo que era consciente de que el sol estaba por allá arriba en alguna parte. Lo inquietante era no poder verlo.

Me envolvió el aroma de la lluvia inminente. Me senté junto a un pajar en una colina. A mi derecha había un manzanar; más abajo, en la cuesta, unos cuantos arbustos, y a mi izquierda pastaba un pequeño rebaño de ovejas. Muy arriba, unos pocos rayos aciculares de sol traspasaban las nubes plomizas. Las montañas que había a lo lejos exhibían, en la creciente penumbra, toda una gama de colores apagados: verdes, grises, azules, morados. Me separaba de ellas una ligera lluvia que colgaba como una cortina transparente. Tuve que admitir que aun sin sol y sin los colores brillantes de siempre, la vista era hermosa.

«Exactamente igual al día de hoy —pensé—. Igual que esta semana, que los últimos meses. La incertidumbre en que vivo es tan densa como estas nubes que penden sobre mí. Los obstáculos que se me presentan se parecen a esas montañas que tengo delante. Sin embargo, hasta estas difíciles circunstancias encierran una belleza latente».

En ese momento las nubes pasaron, salió el sol, y de pronto el día se volvió más cálido. Una pequeña mariposa lila se posó en mi zapato, y un pájaro carpintero tecleó en código morse: «Dios es amor»(1 Juan 4:8). La Esperanza me había mostrado su rostro, y era hermosa.

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