Estimado Guillermo

Estimado Guillermo

Guillermo y yo somos viejos amigos. Hace poco nos encontramos para tomar un café y me contó las dificultades que ha tenido. Su mujer ha contraído una enfermedad crónica que la ha dejado postrada, y él la cuida como puede. Al mismo tiempo se ha visto abrumado por las exigencias de su trabajo y el miedo a quedar cesante. Todo eso ha desembocado en una crisis de fe. Le expliqué que yo también, no hace tanto, estuve batallando con sentimientos similares, y rezamos juntos; pero más tarde me pareció que tenía más cosas que le podía decir, y le escribí la siguiente carta.

Estimado Guillermo:
Me gustó mucho pasar un rato contigo, aunque me entristece que hayas sufrido esos reveses y lo estés pasando mal. Hace poco yo también atravesé una temporada difícil, y se me ocurrió que tal vez lo que me ayudó a mí te sirva también a ti.
Cuando perdí de vista a Dios, me di cuenta de que tenía que serenarme —por ejemplo, temprano en la mañana, cuando solamente los pájaros están despiertos y se oyen sus piídos, o en la quietud de la noche, cuando cesa toda la bulla externa—, tenía que sosegar mis procesos mentales a fin de volver a escuchar claramente a Dios.
Le conté a una amiga de mucha confianza lo que me angustiaba, y eso me ayudó a digerir algunas situaciones complicadas. Aprendí a no tener miedo de las lágrimas.
También leí diversos textos que alimentaron mi espíritu y me hicieron mucho bien, pues encontré en ellos pasajes que me hablaron al alma. Continué buscando la esperanza, y a la larga rebrotó.
Procuré hallar razones para sentirme agradecida, aunque fueran cositas insignificantes. Eso silenció las molestas voces de la negatividad y la desdicha y me permitió mantener abierta la puerta para ir al reencuentro de mi fe.
Desde entonces he asumido algunos compromisos conmigo misma:
Cuando me siento muy cansada para orar, igual lo hago, confiando en que Dios oirá mis ruegos1.
Cuando estoy muy agotada para leer la Biblia, igual lo hago. La Palabra de Dios es viva y eficaz2.
Cuando mi impaciencia me impide serenarme, igual lo intento. Me recuerdo a mí misma que Dios sana a los quebrantados de corazón3.
Cuando estoy cabizbaja y triste, alzo la mirada con la confianza de que se disipará la neblina, pues Dios premia a quienes lo buscan4.
Para terminar esta carta, querido Guillermo, te deseo lo mejor y te prometo orar por tu situación todos los días.
Tu amiga,
Iris
1. V. Job 22:27
2. V. Hebreos 4:12
3. V. Salmo 147:3
4. V. Hebreos 11:6
Iris Richard

Iris Richard

Iris Richard es consejera. Vive en Kenia, donde ha participado activamente en labores comunitarias y de voluntariado desde 1995.

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