La cámara de hielo

La cámara de hielo

Mi abuelo me mostró la cámara de hielo de su granja lechera por primera vez cuando yo tenía apenas 3 o 4 años. Después de ordeñar las vacas y envasar la leche cruda en botellas esterilizadas en la cremería, las sumergían en agua helada en aquella cámara de hielo. Esa zona no disponía de refrigeración en 1952; apenas un buen aislamiento y una puerta gruesa para mantener fuera el calor. Las botellas de leche se mantenían frescas en una cuba metálica grande llena de agua helada. Cada mañana las cajas de madera con botellas de vidrio se cargaban en el camión lechero cubiertas de grandes trozos de hielo y se repartían en los hogares vecinos. Leche fresca todos los días.

Aquella leche no era pasteurizada ni homogeneizada. La crema para el café se obtenía de la capa superior o se batía la leche a mano para mezclar la crema. Demás está decir que la crema también se batía para hacer mantequilla. La leche cruda venía de vacas sanas y mucha gente creía que tenía propiedades curativas. Años más tarde las normativas sanitarias hicieron que fuera imposible vender leche cruda; en todo caso, mis primeros recuerdos eran de aquella leche y los sencillos procesos por medio de los cuales se elaboraba.

Me fascinaban la cuadra, donde las vacas aguardaban tranquilamente en sus establos, la cremería —donde se embotellaba la leche— y la cámara de hielo. Me encantaban los campos verdes salpicados de flores silvestres, donde las vacas pastaban todos los días. Me gustaba el aroma de los granos y el heno del que se alimentaban mientras esperaban para ser ordeñadas. Me divertía jugando a las escondidas y otros juegos con mis hermanos y primos.

Uno de los juegos que hacíamos en la granja consistía en entrar sigilosamente en la cámara de frío y ver quién era capaz de dejar la mano en el agua helada por más tiempo. Aún recuerdo el ardor del agua helada cuando me esforzaba por dejar la mano sumergida en ella. El frío acababa quemándola y cuando la sacaba se veía de color rojo. Estaba tan fría que sentía como si me hubiese quemado.

En otra ocasión, una nevada mañana de invierno, salimos con mis primos a jugar con un trineo. Lo estábamos pasando tan bien que ni siquiera reparé en que la nieve se había derretido dentro mis guantes y se me había metido dentro de las botas. Cuando entramos me di cuenta de que algo andaba mal. Me dolían tanto las manos y los pies que no podía meterme a tomar un baño caliente. Tuve que sentarme en la tina con agua templada y esperar que la fueran calentando hasta poder entrar en calor.

Al recordar aquellas experiencias y las pérdidas desgarradoras que me tocó vivir me di cuenta de que la vida tiene sus momentos gélidos. A los catorce años experimenté la primera gran pérdida con la muerte de mi abuelo. Aquel dolor me recordó lo que sentía al meter la mano en el agua helada o estar sentada en la tina de agua fría esperando a que se me descongelaran las manos y los pies. No solo sentía que el corazón se me había partido, sino que se me había sumergido y congelado. Me dolía tanto que no sabía si era ardor frío o caliente. Simplemente me dolía mucho. No fue hasta después de cambios graduales que logré recuperar la sensibilidad.

A la larga así sucedió. Con el tiempo comencé a sentir calidez nuevamente. Aquel ardor frío se disipó. Pude dejar atrás mi temporada de duelo en la cámara de hielo y volver a evocar recuerdos gratos de los tiempos que pasé con mi abuelo cuando niña. Aún hoy, al pensar en ellos, cobro fuerzas de las sencillas y profundas enseñanzas que me dejó.

Los aprendizajes que obtenemos en la cámara de frío son difíciles. Cuando te encuentres allí ten paciencia y date tiempo para sanar y recuperar la sensibilidad. No cuentes con que podrás volver de sopetón a la vida normal que llevabas antes ni pretendas desviar la atención manteniéndote ocupado o entretenido con otras cosas. Eso solo intensificará el dolor. Encuentra a alguien que te permita expresar tus sentimientos, que llore y ría contigo o comparta cualquier otra emoción que te embargue. No te olvides ni trates de suprimir los recuerdos de la cámara fría, pues te perderás las profundas y valiosas enseñanzas que te deja. Trata tu corazón con respeto y dale tiempo para sanar.

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Por la noche dura el llanto, pero al amanecer vendrá la alegría. Salmo 30:5

Ahora están tristes, pero cuando vuelva a verlos se alegrarán, y nadie les va a quitar esa alegría. Juan 16:22 (NVI)

Joyce Suttin

Joyce Suttin

Joyce Suttin es educadora, escritora y frecuente colaboradora de la revista Activated. Vive con su esposo en San Antonio (Texas) y realiza un apostolado en línea para el cual selecciona pasajes, prepara textos para edición y redacta artículos de carácter inspirativo.

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