Momentos bajos

Momentos bajos

De más está decir que bien sosas son las novelas con un argumento como: «Matilde es una joven alegre, hermosa, exitosa, que vivirá feliz para siempre, comiendo perdiz». Esas no suelen cautivar a los lectores ni convertirse en superventas. Es que hasta los libros ilustrados para niños deben incluir cierta tensión, algún obstáculo que el pequeño protagonista debe salvar para disfrutar de un final feliz. El relato —que tanto puede tratar del primer día de escuela de un niño como de una niñita que descubre la dicha de compartir sus juguetes— no llama la atención si todo es perfecto desde la página uno. 

En claro contraste, una intriga que —por ejemplo— siga las vivencias de un hombre acusado de un crimen que no cometió, que pasa años en la cárcel y finalmente resuelve escaparse para plantar cara a sus acusadores y limpiar su nombre, sí capta nuestra atención. El desarrollo de la trama nos mantiene en vilo. Sentimos curiosidad por saber si al final todo se resuelve. Deseamos que al personaje le vaya bien, porque nos identificamos con él en su lucha contra la adversidad.

Pero en la vida real no son muchos los que miran con buenos ojos los momentos bajos. Nos gustaría evadirlos o poner nuestra vida en avance rápido hasta llegar a las partes más agradables en que todo el mundo está feliz, hasta la escena en que el héroe o la heroína va cabalgando hacia una espléndida puesta de sol, o en que alza la espada en señal de triunfo sobre el cuerpo inerte de Goliat mientras suena de fondo música de orquesta. La cuestión es que son los altibajos por los que pasaron antes de la escena final los que le dan sentido a la película. De lo contrario, las producciones cinematográficas durarían 10 minutos en vez de extenderse un par de horas.

En la vida real, los momentos bajos adoptan múltiples formas. A veces nos deprimimos por circunstancias personales que no dan muestras de mejorar, o nos ponemos impacientes ante determinadas situaciones o personas que no cumplen nuestras expectativas, o nos sobreviene una tragedia. Entonces nuestros días felices quedan relegados a un pasado distante o a un futuro de incierta esperanza.

En el Salmo 139:16 el rey David le dice a Dios: «En tu libro estaba todo escrito; estaban ya trazados mis días cuando aún no existía ni uno de ellos»1. Los momentos bajos deben de tener algo que está ordenado por Dios para fortalecernos y enriquecer nuestra existencia.

Nelson Mandela estuvo encarcelado 27 años, que seguramente fueron los más penosos de su vida. El caso es que nunca perdió la esperanza en su país y en su causa. Aprovechó el tiempo en prisión para estudiar y prepararse; y cuando llegó el momento, estaba listo. El Nelson Mandela que salió de la cárcel casi tres decenios después era muy distinto del que había entrado. Esos 27 años tras las rejas influyeron profundamente en él. Lo transformaron en la persona indicada para conducir a Sudáfrica hacia la reconciliación.

Yo creo que por eso los momentos bajos son importantes: nos hacen reflexionar sobre lo trascendente de la vida. Además, nos obligan a pensar en lo que Dios quiere de nosotros y para nosotros. Si no nos cerramos, pueden servirnos para fijar bien nuestro rumbo y adquirir perspicacia y sabiduría, aparte de dejarnos valiosas enseñanzas.

Todo el mundo se acuerda del épico combate en que David mató a Goliat, pero muchos pasan por alto que David en un principio tuvo que quedarse a cuidar del rebaño mientras sus hermanos mayores marchaban a la guerra. David se debió de sentir contrariado, incluso enojado. ¿Acaso no había dado cuenta con sus propias manos de leones y osos que habían atacado el rebaño de la familia?

No obstante, es precisamente al despedir a sus hermanos que se van al frente y quedarse a cargo de las ovejas cuando David comprende que en su corazón late el deseo de luchar. Por eso, cuando le piden que lleve comida a sus hermanos no desaprovecha la ocasión. Ve la oportunidad de hacer realidad esa pasión que Dios ha puesto en su corazón.

Hace un tiempo, un amigo mío se puso a buscar, junto con su esposa, una casa que reuniera ciertas condiciones. Encontraron opciones interesantes, pero ninguna les pareció ideal, conforme a sus expectativas. Estaban desanimados, pero hablando con ellos me di cuenta de que, con cada casa que veían y evaluaban, iban entendiendo mejor lo que necesitaban en cuanto a vivienda y vecindario. El proceso de búsqueda y espera valió la pena: cuando dieron con la casa idónea, se dieron cuenta enseguida, gracias a lo que habían aprendido.

No sé si alguna vez llegaré a disfrutar de un momento bajo. Pero como cada vez que paso por uno procuro buscar el sentido de lo que está ocurriendo, estoy empezando a aceptar que Dios con frecuencia se vale de esos trances para conducirme a un nuevo estadio en mi existencia.

Las palabras de este salmo me han consolado en los momentos difíciles: «Puse en el Señor toda mi esperanza; Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor. Me sacó de la fosa de la muerte, del lodo y del pantano; puso mis pies sobre una roca, y me plantó en terreno firme. Puso en mis labios un cántico nuevo, un himno de alabanza a nuestro Dios»2.

Más allá de los momentos bajos, la vida continúa; y luego de atravesarlos con valentía, Dios puede darnos una nueva canción.

1. (BLP)
2. Salmo 40:1–3 (NVI)

Roald Watterson

Roald Watterson es editora y autora de contenido.

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