Sanación

La señal

Debo admitir que nunca he sido muy dada a creer en curaciones milagrosas. A decir verdad, me enorgullecía un poco de ser una mujer racional y lógica, algo que incluía cierta cuota de escepticismo. Quizá se deba a esa percepción de que todo lo que nos ocurre forma parte de un plan universal, es decir, es nuestro destino. También pienso que —como los judíos de la época de Jesús— yo pedía señales.

La fe, factor clave

Adaptación de un texto de David Brandt Berg

Uno de los factores más importantes para curarse es la fe, la seguridad de que Dios nos ama y vela por nosotros pase lo que pase. La fe elimina el temor y la tensión, dos de las principales causas de las enfermedades y la mala salud. Esas y otras actitudes negativas como la ansiedad, el odio y el rencor producen diversos trastornos sico­lógicos y nerviosos. Favorecen asimismo la aparición de desórdenes fisiológicos, por ejemplo afecciones cardia­cas, artritis y úlceras estomacales.

Entre Dios y los médicos. ¿Cómo saber qué hacer?

Pregunta: Sufro de una enfermedad crónica. Le pedí a Dios que me sanara sin intervención médica y tengo el convencimiento de que puede hacerlo. Pero aún no lo ha hecho. Hace poco mi médico me recomendó un tratamiento al que estoy pensando someterme. ¿Cómo saber qué es lo más conveniente para mí en esta disyuntiva?

Respuesta: Ya sea que te mejores por medio de un proceso natural, con un tratamiento médico o por intervención divina, la curación no deja de ser un don de Dios. 

Los dedos torcidos de Rose

Mi amiga Rose está pasando por una época difícil. Tiene inflamadas las rodillas y los dedos de los pies, lo cual le causa un dolor agudo que no le permite dormir por la noche. Arrastra esta dolencia, con altibajos, desde que era joven. Hace poco se hizo un análisis exhaustivo en una clínica de reumatología que reveló que se trata de una artritis inflamatoria muy debilitante. Rose normalmente es una persona llena de energía que vive intensamente. Como le intrigaba saber por qué sufría esa enfermedad incurable, se puso a investigar.

Apoyo invisible

Cuando Evelyn —mi hermana mayor— tenía 16 años, de golpe le dieron unos dolores muy agudos en la parte inferior derecha del abdomen. A medida que se intensificaba el dolor, le dio fiebre y comenzó a vomitar. Recuerdo la angustia y desesperación que sentimos cuando mi padre la llevó a toda prisa al hospital más cercano. Un médico de urgencias descubrió un quiste gangrenoso en su abdomen. El quiste se había enrollado y estaba cortándole la circulación y causándole unos dolores fuertísimos. El tiempo pasó volando mientras la preparaban con la mayor rapidez para una cirugía de urgencia. En casa, los demás orábamos fervientemente, pidiendo a Jesús que la protegiera, la consolara y la rodeara de Su amor y Su presencia.

Asistencia las 24 horas

No quiero que veas esta enfermedad como una prueba de la que Yo me desentiendo, en la que te abandono a tu suerte. En realidad nunca ha sido así, y de ninguna manera quiero que lo sea ahora.

Se me parte el corazón al verte sufrir, no solo a causa del dolor físico, sino también por las consiguientes batallas mentales y espirituales, la sensación de impotencia, de angustia y de desesperación. Créeme, nunca permitiré que a ti, que me amas, te ocurra algo que de algún modo no redunde en tu bien. Aférrate a esa promesa.

Una curación distinta

Hay quienes sufren largas enfermedades que no desaparecen instantáneamente cuando se suplica por su mejoría. Yo soy una de esas personas que Dios no ha considerado oportuno sanar enseguida. Si bien existen medicamentos para aliviar los peores síntomas de los desórdenes del sistema inmunológico y otras dolencias crónicas que me aquejan, mi caso no tiene cura. Para mí el milagro consiste en contar con la asistencia y el consuelo de Dios en mi estado de mala salud permanente. Él me ha dado una vida feliz y productiva a pesar de que sigo bastante enferma.

Nunca es tarde si la dicha es buena

Jamás imaginé que sufriría una dolencia potencialmente mortal, así que hace seis años, cuando me descubrieron que tenía la enfermedad de Crohn —un mal autoinmune que afecta al tracto digestivo y que no es curable ni con fármacos ni con intervenciones quirúrgicas—, me costó mucho aceptarlo. En aquel entonces yo tenía 24 años y un hijo de cuatro. Todos los remedios naturales que probé poco hicieron para mitigar el deterioro. Sufría dolores tan intensos que tuve que guardar cama casi cuatro años. 

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