Apoyo invisible

Apoyo invisible

Cuando Evelyn —mi hermana mayor— tenía 16 años, de golpe le dieron unos dolores muy agudos en la parte inferior derecha del abdomen. A medida que se intensificaba el dolor, le dio fiebre y comenzó a vomitar. Recuerdo la angustia y desesperación que sentimos cuando mi padre la llevó a toda prisa al hospital más cercano. Un médico de urgencias descubrió un quiste gangrenoso en su abdomen. El quiste se había enrollado y estaba cortándole la circulación y causándole unos dolores fuertísimos. El tiempo pasó volando mientras la preparaban con la mayor rapidez para una cirugía de urgencia. En casa, los demás orábamos fervientemente, pidiendo a Jesús que la protegiera, la consolara y la rodeara de Su amor y Su presencia.

Era casi medianoche cuando Evelyn salió del quirófano. Trascendió que la operación se había realizado justo a tiempo. El quiste ya había empezado a liberar fluidos tóxicos y a destruir los tejidos cercanos. Lo importante era que ella estaba con vida y a salvo. Dimos gracias a Jesús por eso.

Los cinco días que Evelyn permaneció internada me hubiera gustado estar con ella las 24 horas para cuidarla. Pero descubrí que después de las horas de visita, cuando tenía que irme a casa, mis oraciones podían hacer mucho más por ella de lo que jamás habría podido aportar mi presencia física. Por ejemplo, cuando tuvo una fuerte reacción alérgica a los calmantes intravenosos, estoy convencida de que con mis oraciones para que los médicos encontraran una solución la ayudé mucho más que si hubiera podido estar con ella para consolarla.

Las oraciones de nuestra familia y nuestros amigos la acompañaron todos los días hasta que volvió a casa, y la escoltaron también durante las semanas de convalecencia que siguieron. «Sabía que estabas orando por mí —me dijo cuando ya había pasado el mal rato—. Eso me dio fuerzas para afrontar los momentos difíciles. Tenía la tranquilidad y la seguridad de que todo estaba en manos de Jesús».

¿Sabes de alguien que atraviesa alguna prueba, cuya carga no puede ser aliviada por manos humanas? ¿Tienes algún ser querido que sufre, cuyo dolor no puede mitigarse por medios humanos? ¿Anhelas estar con esa persona para atenderla y, sin embargo, no sabes cómo? Pues entonces reza. Jesús te escucha. Él se interesa por cada uno de nosotros. Su poder, activado por medio de tus oraciones, no conoce límites.

Tienes a tu alcance un poder sin igual para ayudar a las personas que aprecias, para salvar la distancia que te separa de ellas, ofrecerles apoyo y brindarles los mejores cuidados. Envuelve en oración a tus seres queridos.

Eldora Sichrovsky

Eldora Sichrovsky participa como voluntaria en labores misioneras y vive con su familia en Taiwán.

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