Superación

El arte de nadar

¿Has observado que al atravesar un mar de penurias y dificultades unos se quedan a flote y otros se hunden y tocan fondo? ¿Qué distingue a los nadadores de los que se ahogan? Según he podido constatar, un factor determinante es la fe en el amor de Dios. La persona que es consciente del profundo amor que Dios le profesa tiene la confianza de que Él nunca la abandonará a su suerte, por mucho que las olas le pasen por encima. A diferencia de los que no creen, no malgasta fuerzas luchando por conservar la cabeza fuera del agua. Tampoco entra en pánico, lo cual sería aún peor, pues se iría al fondo más de prisa. Los nadadores se mantienen a flote sostenidos por su fe y más bien emplean sus energías en llegar a tierra firme.

La proeza de una ardilla

Con el ánimo por los suelos: Así me sentía aquel día. Mi marido había tenido que viajar otra vez —por enésima vez—, y ahí estaba nuevamente sola con nuestros cuatro hijos. Andábamos mal de dinero, y yo frágil de salud. Aparte de eso, mi hija adolescente pasaba por una crisis. Oré, ¡ay, cuánto oré!, para que Dios me lo hiciera todo un poco más llevadero.

El violín y la cuerda rota

En varios sitios web se encuentran diversas versiones de una anécdota acerca de Itzhak Perlman, violinista de fama mundial. Ejemplifica un bello principio acerca del poder y la gracia de Dios, que Él puede tomar lo que le ofrecemos en esta vida y tornarlo en algo bello. La narraré de nuevo para ustedes.

Propósitos mayores

En El caballo y el muchacho, una de las siete novelas de la saga Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, un niño llamado Shasta sueña con viajar al desconocido Norte, en el que se encuentra la mágica tierra de Narnia. Una noche Shasta se entera de que el pescador que se ha hecho pasar por su padre se propone venderlo a un noble de un reino vecino. (Más adelante nos enteramos de que Shasta sufrió un naufragio cuando era pequeño y fue recogido por el pescador.)

Vivir con alegría

Mientras revisaba los titulares de un portal de noticias vi lo siguiente: «Es un luchador: Guo Youming se niega a sucumbir ante una extraña dolencia». Intrigada, abrí el artículo y me puse a leer la increíble historia de Guo Youming.

Mantenerse en pie

Hace poco, junto con dos amigos y mi hermano, participé en una carrera muy especial: la Fisherman’s Friend Strongman Run. El recorrido, de 15 km, incluía 30 obstáculos de diversos grados de dificultad. Había lodazales en los que se le hundían a uno los pies rápidamente, y para evitarlo había que mantenerse en movimiento constante. También había tramos en ríos de agua helada, que había que cruzar a nado o vadear, lo que ponía a prueba el aguante de los competidores. Redes, zanjas, neumáticos, pendientes pronunciadas… motivos más que suficientes para decirse interiormente: «Yo no puedo lograrlo». Pero la verdad era que sí era posible.

Un héroe atípico

Cuando yo era una chiquilla idealista de catorce años leí un libro sobre David Brainerd. Me gustaba mucho leer historias de misioneros como David Livingstone, C. T. Studd y Amy Carmichael. Parecía que ellos no habían tenido problemas para lograr conversos devotos que justificaran visiblemente todos sus sacrificios. La vida de Brainerd, en cambio, tuvo un trágico comienzo. Recuerdo muy claramente la edad a la que leí su biografía porque es la edad que tenía él cuando quedó huérfano. Yo todavía tenía a mis padres y muchos años por delante para disfrutar de su compañía.

Entre la espada y la pared

Después de pasar unas semanas difíciles, comencé a cuestionar mi fe. No dudaba de Dios, sino que cuestionaba mi fe ante las dificultades. Además estaba preocupada porque estoy entrando en años, y me reprochaba a mí misma el haberme convertido en una debilucha y no ser capaz de mantener el ritmo de antes. Así las cosas, acepté agradecida una invitación de mi hija Madi para ir de excursión a un lugar llamado Roca Encantada.

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