Superación

Un héroe atípico

Cuando yo era una chiquilla idealista de catorce años leí un libro sobre David Brainerd. Me gustaba mucho leer historias de misioneros como David Livingstone, C. T. Studd y Amy Carmichael. Parecía que ellos no habían tenido problemas para lograr conversos devotos que justificaran visiblemente todos sus sacrificios. La vida de Brainerd, en cambio, tuvo un trágico comienzo. Recuerdo muy claramente la edad a la que leí su biografía porque es la edad que tenía él cuando quedó huérfano. Yo todavía tenía a mis padres y muchos años por delante para disfrutar de su compañía.

Entre la espada y la pared

Después de pasar unas semanas difíciles, comencé a cuestionar mi fe. No dudaba de Dios, sino que cuestionaba mi fe ante las dificultades. Además estaba preocupada porque estoy entrando en años, y me reprochaba a mí misma el haberme convertido en una debilucha y no ser capaz de mantener el ritmo de antes. Así las cosas, acepté agradecida una invitación de mi hija Madi para ir de excursión a un lugar llamado Roca Encantada.

Pesadas cargas

En la mitología griega, Sísifo fue conocido por sus hábiles artimañas. Tuvo fama de ser el más astuto de los hombres. A la postre, su malicia y sus embustes disgustaron tanto a los dioses que estos lo condenaron en la otra vida a empujar un pedrusco hasta lo alto de una empinada ladera. La piedra estaba maldita, de tal manera que Sísifo nunca alcanzaba a culminar su tarea: siempre que se acercaba a la cumbre, la roca volvía a rodar cuesta abajo, y él tenía que comenzar de nuevo, una y otra vez, por siempre.

Dios es quien me da fuerzas

Hace unos años, justo antes de Navidad, tuve un accidente de tránsito que casi me cuesta la vida. Sufrí una lesión en la médula espinal, a la altura de la vértebra T4, que me dejó parapléjico, paralizado del pecho para abajo y confinado a una silla de ruedas.

Pintar un arco iris en la más negra tempestad

Oí hablar por primera vez de Fu-Hua Chuang cuando vi un documental con mi familia acerca de jóvenes con graves discapacidades pero mucho talento. Me llamó la atención su radiante sonrisa, que parecía iluminar todo su ser y reflejaba la belleza interior de su alma.

La maratón

Ya que estamos rodeado spor una enorme multitud de testigos de la vida de fe, quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar. Y corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Esto lo hacemos al fijar la mirada en Jesús, el campeón que inicia y perfecciona nuestra fe1.

Hace meses que empecé a desviarme del camino que yo sabía que Dios me estaba indicando que siguiera. Creo que me cansé del esfuerzo que exigía.

El prisionero

El prisionero dictó una carta a algunos de sus amigos más queridos, que se encontraban a cientos de kilómetros, en otro país. Les contó que estaba encadenado, probablemente a su carcelero, pues eso era lo habitual en aquella época. Paradójicamente, ya había estado en la cárcel en la ciudad donde vivían ellos1. En aquella ocasión lo habían azotado y encerrado —injustamente, como luego se demostró— en la celda más segura de la ciudad. Lo consideraban un ateo2 y un alborotador, y en todo el imperio era bien conocido por las autoridades, que se alegraban de sacarlo de las calles cada vez que se les presentaba la oportunidad.

Terapia contra el pánico

Estaba limpiando y ordenando mis pinceles y latas de pintura después de terminar un gran mural para una escuela de catequesis del barrio, cuando Maxim me pasó una nota:

«Me ha animado mucho conocer a personas como tú, tan llenas de fe y optimismo, y trabajar contigo en esta labor. ¿Te acordarás de hacer una oración por mí, que estoy pasando por una temporada muy difícil? Gracias».

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