Superación

Perder el miedo

Por naturaleza soy muy propensa a preocuparme. Casi siempre estoy pensando en algo que me inquieta.

Además, me embarco en múltiples tareas a la vez. Puedo hacer prácticamente de todo y no paro de preocuparme. Por ejemplo, esta mañana intentaba tomarme mi rato de silencio, leer unas pocas páginas de tema devocional y reflexionar al respecto, como suelo hacer todos los días —digo intentaba, porque al mismo tiempo estaba afanada por el trabajo de la semana que tengo por delante, las dolencias que me aquejan y en un viaje que debo hacer pronto—, cuando de golpe leí una frase que parecía resaltar con letras fluorescentes: «La Biblia nos exhorta más de 100 veces a no temer». Supongo que Dios conoce bien nuestra tendencia a preocuparnos y ceder al miedo.

El premio por creer

—¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos? —preguntó el siervo de Eliseo.

El rey de Aram —en lo que hoy es territorio sirio— estaba en guerra con el antiguo Israel y había enviado un ejército a la ciudad de Dotán para capturar al profeta Eliseo. Los soldados llegaron y se apostaron de noche, de modo que temprano a la mañana siguiente, cuando el criado de Eliseo despertó y salió, vio que la ciudad estaba rodeada por tropas con caballos y carros de guerra.

Remontar el aciago presente

Pasé gran parte de mi juventud viajando en transporte público. Los buses en Polonia suelen estar tan llenos que uno puede sostenerse en pie con la sola presión de los viajeros, sin apoyarse en sus propias piernas ni agarrarse del pasamanos. Pero como nosotros vivíamos al final de la línea, poco a poco el bus se iba vaciando, y cuando lo hacía había que estar sentado o agarrarse bien para no caerse.

El ascenso hasta la cumbre

Lo escarpado del terreno no hace desistir a un montañista decidido a alcanzar su objetivo; al contrario, se emociona frente a las dificultades. Nada lo disuade de seguir ascendiendo hasta coronar la cumbre. Ninguna adversidad lo hace volver atrás. Cuando ve las empinadas paredes rocosas que tiene delante, no se fija en el peligro, sino en los puntos de apoyo y en las estrechas salientes que lo llevarán a la cima. No se desanima por el rigor del entorno o el desgaste que le produce la escalada. La sola idea del triunfo lo impulsa a seguir avanzando y trepando.

El arte de nadar

¿Has observado que al atravesar un mar de penurias y dificultades unos se quedan a flote y otros se hunden y tocan fondo? ¿Qué distingue a los nadadores de los que se ahogan? Según he podido constatar, un factor determinante es la fe en el amor de Dios. La persona que es consciente del profundo amor que Dios le profesa tiene la confianza de que Él nunca la abandonará a su suerte, por mucho que las olas le pasen por encima. A diferencia de los que no creen, no malgasta fuerzas luchando por conservar la cabeza fuera del agua. Tampoco entra en pánico, lo cual sería aún peor, pues se iría al fondo más de prisa. Los nadadores se mantienen a flote sostenidos por su fe y más bien emplean sus energías en llegar a tierra firme.

La proeza de una ardilla

Con el ánimo por los suelos: Así me sentía aquel día. Mi marido había tenido que viajar otra vez —por enésima vez—, y ahí estaba nuevamente sola con nuestros cuatro hijos. Andábamos mal de dinero, y yo frágil de salud. Aparte de eso, mi hija adolescente pasaba por una crisis. Oré, ¡ay, cuánto oré!, para que Dios me lo hiciera todo un poco más llevadero.

El violín y la cuerda rota

En varios sitios web se encuentran diversas versiones de una anécdota acerca de Itzhak Perlman, violinista de fama mundial. Ejemplifica un bello principio acerca del poder y la gracia de Dios, que Él puede tomar lo que le ofrecemos en esta vida y tornarlo en algo bello. La narraré de nuevo para ustedes.

Propósitos mayores

En El caballo y el muchacho, una de las siete novelas de la saga Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, un niño llamado Shasta sueña con viajar al desconocido Norte, en el que se encuentra la mágica tierra de Narnia. Una noche Shasta se entera de que el pescador que se ha hecho pasar por su padre se propone venderlo a un noble de un reino vecino. (Más adelante nos enteramos de que Shasta sufrió un naufragio cuando era pequeño y fue recogido por el pescador.)

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