Superación

El premio por creer

—¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos? —preguntó el siervo de Eliseo.

El rey de Aram —en lo que hoy es territorio sirio— estaba en guerra con el antiguo Israel y había enviado un ejército a la ciudad de Dotán para capturar al profeta Eliseo. Los soldados llegaron de noche, de modo que temprano a la mañana siguiente, cuando el criado de Eliseo despertó y salió, vio que la ciudad estaba rodeada por tropas con caballos y carros de guerra.

La proeza de una ardilla

Aquel día no me podía haber sentido más deprimida. Mi marido había tenido que viajar nuevamente, y por enésima vez me había quedado sola con nuestros cuatro hijos.

Andábamos mal de dinero, y mi salud flaqueaba. Una de nuestras hijas estaba pasando por una crisis de la adolescencia. Oré, ¡cuánto oré!, para que Dios me lo hiciera todo un poco más soportable.Me puse a mirar por la ventana el bosquecillo que hay frente a nuestra casa. Los árboles se mecían con la suave brisa veraniega. 

Aprender a flotar

¿Has observado que al atravesar un mar de penurias y dificultades unos se quedan a flote y otros se van a pique? ¿Qué distingue a los supervivientes de los que se ahogan? Según he podido constatar, un factor determinante es la fe en el amor de Dios.

La persona que es consciente del profundo amor que Dios le profesa tiene la confianza de que Él nunca la abandonará a su suerte, por mucho que se vea envuelta por las olas. A diferencia de los que no creen, no malgasta fuerzas luchando por conservar la cabeza fuera del agua. 

El ascenso hasta la cumbre

Lo escarpado del terreno no hace desistir a un montañista audaz; al contrario, se emociona frente a las dificultades. Nada lo disuade de seguir ascendiendo hasta alcanzar la cumbre. Ninguna adversidad lo hace volver atrás. Cuando ve las empinadas paredes rocosas que tiene delante, no se fija en el peligro, sino en los puntos de apoyo y en las estrechas salientes que lo llevarán a la cima. No se desanima por el rigor del entorno o el desgaste que le produce la escalada. La sola idea del triunfo lo impulsa a seguir avanzando y trepando.

Perder el miedo

Por naturaleza soy propensa a preocuparme. Casi siempre estoy pensando en algo que me inquieta.

Además, soy de las que hacen muchas cosas a la vez. Y mientras las hago, no paro de preocuparme. Esta mañana intenté leer unas pocas páginas de tema devocional y reflexionar al respecto, como suelo hacer todos los días (digo intenté porque al mismo tiempo estaba pensando en el trabajo de la semana que tengo por delante, en las dolencias que me aquejan y en un viaje que debo hacer pronto), cuando de golpe leí algo que me pareció saltar de la página: «La Biblia nos exhorta unas 100 veces a no temer». Supongo que Dios conoce bien nuestra tendencia a preocuparnos y ceder al miedo.

La mejor seguridad

Lo mejor que podemos hacer cuando el mundo se viene abajo es resguardarnos en la esfera de protección divina. «El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo al Señor: “Esperanza mía y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré”. Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con Sus plumas te cubrirá, y debajo de Sus alas estarás seguro; escudo y adarga es Su verdad. No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará»1.

Cuando nos aprietan las clavijas

Pregunta: Si Dios me ama, ¿por qué permite que me sucedan desgracias?

Respuesta: Las tribulaciones presentan sus ventajas: nos acercan a Jesús, nuestro Salvador y Amigo, y en consecuencia nos unen también a Dios. A raíz de los desasosiegos buscamos seguridad y cobijo en Sus brazos, y hallamos eso y mucho más. Él nos ama con un amor eterno e inalterable. Es mucho lo que nos ofrece; quiere prestarnos Su ayuda de mil maneras. Anhela pasar ratos con nosotros. Desea que vivamos muy unidos a Él, siempre a Su lado, para instruirnos y hacernos más semejantes a Él.

Hay males que no son tales

En El caballo y el muchacho, una de las siete novelas de la saga Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, un niño llamado Shasta sueña con viajar al desconocido norte, en el que se encuentra la mágica tierra de Narnia. Una noche Shasta se entera de que el pescador que se ha hecho pasar por su padre se propone venderlo a un noble de un reino vecino. (Más adelante nos enteramos de que Shasta sufrió un naufragio cuando era pequeño y fue recogido por el pescador.) Mientras aguarda a su nuevo amo en un establo, descubre que el caballo del noble, Bri, es un corcel parlante de Narnia. Bri le explica que fue secuestrado de potrillo y vendido como caballo de guerra, y le propone escaparse juntos. El viaje hacia el norte es largo y azaroso, y en el trayecto se cruzan varias veces con leones.

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