Dios es quien me da fuerzas

Dios es quien me da fuerzas

Hace unos años, justo antes de Navidad, tuve un accidente de tránsito que casi me cuesta la vida. Sufrí una lesión en la médula espinal, a la altura de la vértebra T4, que me dejó parapléjico, paralizado del pecho para abajo y confinado a una silla de ruedas.

No hay nada que pueda preparar a una persona para hacer frente a la paraplejia y la invalidez, sobre todo cuando el daño es de tales proporciones que uno debe depender casi enteramente de la ayuda de los demás. De golpe, cosas que uno hace todos los días sin pensarlo, como levantarse de la cama y caminar hasta el baño, ya no son posibles, dado que el cuerpo se niega a funcionar. Lo invaden a uno muchos interrogantes, y el temor, las dudas y la ansiedad pueden volverse muy intensos. Era como vivir una pesadilla en la que me resistía a aceptar lo que me ocurría y esperaba despertarme en cualquier momento.

Mi familia y mis amigos me infundieron mucho ánimo y se pusieron a mi disposición; pero a fin de cuentas, la difícil decisión de mantenerse positivo y seguir adelante con la vida la tiene que tomar uno mismo. Por experiencia, sin embargo, puedo afirmar que es posible hacerlo y que uno puede seguir teniendo sueños.

No es fácil lidiar con las decepciones. Aunque siempre nos empeñamos en entenderlo todo, ¿dónde encuentra uno respuestas cuando se enfrenta a algo que escapa a la capacidad humana y no puede remediarse con dinero? No tenía a quién acudir aparte de Dios. Mi novia me regaló una Biblia y me dijo que allí encontraría las respuestas que ansiaba.

«Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás —leí— y Él les dará todo lo que necesiten»1. Me propuse cumplir mi parte del trato, y Dios ha cumplido fielmente la Suya. Aprendí que a Él no le sorprenden nuestros momentos de dolor en las angosturas; es más, aguarda silenciosamente a que clamemos a Él para iluminar nuestras tinieblas. Una cosa es ser cristiano, y otra muy diferente conocer de verdad a Jesús.

Dios me demostró que estaba tan interesado en mi estado espiritual como en mi parálisis corporal. Antes de lesionarme me distraía fácilmente con las cosas del mundo. Hallaba en ellas mi felicidad y seguridad. Ahora sé que nada de eso se compara con el amor de Jesús, que nos consuela sin límites.

Él sana las heridas y dolencias de nuestra alma y planta en ella las semillas de la esperanza aun en las condiciones más difíciles. Su luz ilumina hasta los valles más profundos. «[Él] es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones»2.

1. Mateo 6:33 (NTV)
2. Salmo 46:1

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