El prisionero

El prisionero

El prisionero dictó una carta a algunos de sus amigos más queridos, que se encontraban a cientos de kilómetros, en otro país. Les contó que estaba encadenado, probablemente a su carcelero, pues eso era lo habitual en aquella época. Paradójicamente, ya había estado en la cárcel en la ciudad donde vivían ellos1. En aquella ocasión lo habían azotado y encerrado —injustamente, como luego se demostró— en la celda más segura de la ciudad. Lo consideraban un ateo2 y un alborotador, y en todo el imperio era bien conocido por las autoridades, que se alegraban de sacarlo de las calles cada vez que se les presentaba la oportunidad.

No siempre había sido así. En una época se había dedicado a hacer cumplir la ley. Hasta había llegado a ser una suerte de funcionario parapolicial empeñado en limpiar brutalmente la zona de indeseables, así se tratara de hombres, mujeres o niños3. Fue una tarea que en su momento disfrutó. Pero de eso hacía ya tiempo. Se había cambiado de bando, y sus antiguos colegas habían pasado a ser cómplices en su censura y reclusión.

El apóstol Pablo sabía que estaba en juego su vida. No había más salidas que la muerte o la libertad; ni siquiera se barajaban otras opciones. Durante un tiempo lo habían tenido bajo una especie de arresto domiciliario, pero ya no. Sus nuevos carceleros, reclutados de entre las filas de la Guardia Pretoriana4, eran particularmente rígidos. En todo caso, los engranajes de la justicia romana giraban muy lentamente. Sus amigos de Filipos estaban preocupados por él y habían enviado dinero para su sustento. Algunos eran antiguos legionarios que conocían los mecanismos del sistema romano, lo duro y en muchos casos lo injusto que era. De ahí que Pablo les escribiera para tranquilizarlos y asegurarles que todo estaba en manos de Dios.

Según parece, sentía cierta predilección por los filipenses. Les escribió con ternura, procurando levantarles el ánimo y exhortándolos a ver el lado positivo de las cosas. Si había llegado su hora, abandonaría este mundo para irse con el Señor; y si lo liberaban, estupendo, ya que así podría volver a visitarlos. Les comentó que no lograba decidir cuál de los dos desenlaces sería mejor5. Se lo había encomendado todo a Dios, y a cambio Él le había imbuido una paz inexplicable. Las palabras de Pablo son inmortales y resuenan en el corazón de todo creyente.

Estén siempre llenos de alegría en el Señor. Lo repito, ¡alégrense! Que todo el mundo vea que son considerados en todo lo que hacen. […]

No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que Él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús.

Y ahora, amados hermanos, una cosa más para terminar. Concéntrense en todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo bello y todo lo admirable. Piensen en cosas excelentes y dignas de alabanza. No dejen de poner en práctica todo lo que aprendieron y recibieron de mí, todo lo que oyeron de mis labios y vieron que hice. Entonces el Dios de paz estará con ustedes6.

1. V. Hechos 16:12–40
2. Uno de los delitos que se les imputaban a los primeros cristianos era el ateísmo, ya que negaban la existencia de otros dioses aparte del Dios supremo
3. V. Hechos 9:1,2
4. V. Filipenses 1:13,14
5. V. Filipenses 1:22
6. Filipenses 4:4–9 (NTV)

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Phillip Lynch

Phillip Lynch

Phillip Lynch es escritor, nacido en Nueva Zelanda y actualmente residente en el Canadá. También ha redactado diversos artículos y libros con el seudónimo de Scott MacGregor.

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