La proeza de una ardilla

La proeza de una ardilla

Con el ánimo por los suelos: Así me sentía aquel día. Mi marido había tenido que viajar otra vez —por enésima vez—, y ahí estaba nuevamente sola con nuestros cuatro hijos. Andábamos mal de dinero, y yo frágil de salud. Aparte de eso, mi hija adolescente pasaba por una crisis. Oré, ¡ay, cuánto oré!, para que Dios me lo hiciera todo un poco más llevadero.

Mirando por la ventana el bosquecillo que hay frente a nuestra casa y los árboles que se mecían con la brisa, me vinieron a la memoria otras veces en que Jesús me había dado aliento para no darme por vencida hasta que Él pudiera resolver la situación.

En ese momento observé una ardillita que subía y bajaba por los troncos con su característico chillido. La envidié, pues parecía contenta y despreocupada.

De pronto el animalito decidió cambiar de táctica. En vez de subir y bajar por los troncos, se puso a saltar de árbol en árbol. Al llegar al último del bosquecillo, se fijó en otro que quedaba un poco más lejos, separado de la arboleda. Me dio la impresión de que estaba ponderando si saltar o no.

Medí mentalmente la distancia que tendría que salvar. Resultaba como dos o tres veces la que había estado saltando hasta entonces. El desafío era enorme.

En voz baja mascullé:

—¡Ni se te ocurra pegar ese salto, chiquitita!

En cualquier caso el animalito no pensaba pedirme consejo. Corrió varias veces de un extremo a otro de la rama chirriando frenéticamente. Luego se detuvo, estudió una vez más la distancia, se agazapó y pegó el salto. Quise apartar la vista para no ser testigo de una aparatosa caída.

Pero no. La ardilla no solo recorrió volando tan tremenda distancia, sino que aterrizó en el otro árbol con la gracia y la satisfacción del que sabe que ha sido creado para tales proezas. Chilló victoriosa y se fue correteando hacia arriba como a la caza de su premio.

Entonces me percaté de lo que me faltaba a mí. Había estado tan inmersa en mis problemas, midiendo la distancia entre los árboles, que no me atrevía a relajarme y dar el salto. Había perdido de vista a mi Creador, Salvador y Mejor Amigo.

Levanté la vista y observé a la ardilla parloteando alegremente en la copa del árbol. Comprendí entonces que el Señor había respondido a mi oración. No fue un milagro espectacular, pero las cabriolas de aquella ardillita me convencieron de que el mismo Dios que velaba por ella velaría también por mí.

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