Píldoras para la preocupación

Píldoras para la preocupación

Pregunta: A veces me siento agobiado por las preocupaciones. ¿Qué puedo hacer para dejar de inquietarme tanto?

Respuesta: ¿Quién no se preocupa a veces? Nos preocupamos de lo que va a suceder en el mundo. Nos preocupamos de que no vamos a dar la talla en el colegio o en el trabajo. Nos preocupamos de que no vamos a poder hacer frente a nuestros compromisos económicos. Nos preocupamos ante la eventualidad de perder a nuestros seres queridos. Nos preocupamos por nuestro futuro. Nos preocupamos de un mar de cosas.

La mayoría de nuestras preocupaciones se encuadran en dos grandes categorías: remordimientos por nuestros fracasos o por situaciones que terminaron mal, y temor ante lo que nos pueda deparar el futuro.

¿Cómo podemos evitar que esas inquietudes nos afecten? Una respuesta muy gráfica se halla en los buques transatlánticos. Están construidos de tal forma que, en caso de incendio o de que se produzca una brecha grande en el casco, se cierran unas compuertas herméticas e incombustibles con el objeto de aislar el compartimiento averiado y posibilitar que la nave se mantenga a flote.

De igual modo debiera suceder con la nave de nuestra vida. Para sacar el máximo provecho del presente y prepararnos adecuadamente para el futuro, debemos aprender a aislarnos de las preocupaciones del ayer —con su cuota de errores y fracasos—, así como de nuestros abultados temores acerca del mañana. De lo contrario, nuestras preocupaciones pueden inundarnos y hundirnos.

¿Has observado que los males que nunca suceden son los que más nos quitan el sueño? Cierto empresario se preparó lo que llamó una gráfica de preocupaciones, en la que anotaba todos sus temores. Descubrió que el 40% tenía ínfimas probabilidades de hacerse realidad; que el 30% correspondía a decisiones del pasado que no podía alterar; que el 12% tenía que ver con críticas sobre su persona; y que el 10% eran inquietudes infundadas sobre su salud. Concluyó que apenas el 8% de sus preocupaciones estaban justificadas.

Los cristianos en realidad no tenemos motivos para temer o preocuparnos, pues sabemos que «todo contribuye al bien de los que aman a Dios»(Romanos 8:28, Biblia Didáctica). El famoso predicador Dwight Moody (1837–1899) solía decir: «Se puede viajar al Cielo en primera o en segunda clase. “En el día que temo, yo en Ti confío” (Salmo 56:3) es como un boleto de segunda. En cambio, el de primera viene descrito en Isaías 12:2: “Confiaré en Él y no temeré”. ¿Por qué no adquirir, entonces, un pasaje de primera clase?» 

Preocuparse es como mecerse en una silla: entretiene, pero no lleva a ninguna parte.

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