Vivencias

Dale los pedazos rotos de tu vida

Yo pensaba que tenía la vida resuelta. Tenía un marido amoroso, cuatro niños preciosos y una labor gratificadora como cooperante. Nos habíamos trasladado a Indonesia para colaborar en un taller protegido para niños discapacitados, bajo el patrocinio del Consejo Internacional de Bienestar Social. Para nosotros era un placer vivir aquella experiencia.

No hay mal que por bien no venga

Recuerdo que mi mamá nos recordaba con frecuencia que debíamos «ver el lado bueno de todo» y «dar gracias por cada cosita». Si nos quejábamos del calor de mediados de junio, nos decía: «Por lo menos podemos salir a nadar, ¿verdad?» Si murmurábamos porque no había postre una noche, nos preguntaba: «¿No se sienten agradecidos por las noches que sí hay postre?» Procuraba enseñarnos que en toda situación, por muy triste o mala que pareciera, siempre había algo por lo que uno podía estar agradecido y alegrarse. «No hay mal que por bien no venga», decía.

Todo cae en su lugar

«¡Todo se está viniendo abajo!», espeté al día siguiente de visitar el orfanato de Kurasini en Dar es-Salam, Tanzania. Nuestro grupo de voluntarios llevaba dos años trabajando con el personal de la institución para mejorar la calidad de vida de los niños. Habíamos comenzado por mejorar la higiene en la cocina y el aseo de los dormitorios, y había habido algunos progresos. Sin embargo, parecía que siempre había más que hacer. A medida que se extendía la lista de tareas pendientes, lo propio sucedía con la de materiales e insumos. Además estaba la cuestión del financiamiento. ¿Dónde íbamos a encontrar patrocinadores que nos ayudaran a cubrir todas aquellas necesidades?

Una semana pésima

Que en una semana un par de cosas no salgan conforme a lo previsto no es el fin del mundo. Tengo aguante suficiente para unas pocas contrariedades. Sé que cada semana trae consigo su cuota de aprietos y apuros y estoy acostumbrada a lidiar con eso. En general conservo el buen humor y el optimismo.

Una escalada sanadora

«¡Si logramos escalar esta montaña, no habrá nada que juntos no podamos superar!»

Todavía puedo ver a mi padre esforzándose por sonreír y parecer optimista mientras señalaba una montaña rocosa a unos 30 metros de la carretera. Yo tenía trece años y estaba viajando con mi papá y mi hermano mayor por las desérticas y calurosas carreteras de México, volviendo a los EE. UU. para atender unos asuntos.

Una noche larga y oscura

Había ido a la tienda naturista, a diez cuadras de casa, para comprar vitaminas. Aunque me encanta caminar y hacía ese trayecto a menudo, ese día la sensación era diferente. Primero se me olvidó mi listita, luego me confundí con el dinero del cambio.

De regreso me detuve en un paso de peatones a la espera de que cambiara el semáforo. Al cabo de unos momentos noté que la gente me miraba raro, y entendí que, aunque el semáforo había cambiado varias veces, yo no había cruzado. El resto del trayecto se me hizo más largo que de costumbre.

Nada que temer

Mis peores temores me asaltaron el día en que aterricé en el hospital. Me daba miedo entrar en aquella enorme y amenazadora fábrica de salud en la que médicos impersonales estudiarían mis síntomas con una distante mirada profesional y las enfermeras se harían presentes junto a mi cama a las horas más insólitas para meterme dentro un termómetro, una aguja o una taza de café aguado.

—Dios mío, ¡sácame de aquí!

Débil y fuerte a la vez

Hace nueve años me sometí a una operación que alteró mi vida. Cuando me llevaron de urgencia al hospital con un dolor terrible en el bajo vientre, los exámenes revelaron la presencia de un quiste gangrenoso de gran tamaño que se había reventado y que requería cirugía inmediata. Mi médico me aseguró que la recuperación tomaría menos de dos meses. Me aferré a esa promesa.

<Page 1 of 6>
Copyright 2019 © Activated. All rights reserved.