Vivencias

Contacto con el Consolador

En Juan 14:26 Jesús prometió enviar el Espíritu Santo para consolar a Sus seguidores después de Su partida de este mundo. «El Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en Mi nombre, Él les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que Yo les he dicho».

Esa promesa me quedó grabada en la memoria desde la niñez. Sin embargo, no fue hasta los veintitantos años que tomé contacto con «el Consolador» personalmente.

Qué diferencia hace la fe

Mi padre padeció profundos trastornos mentales que nos causaron a él, a mi madre y a sus siete hijos mucho dolor. Tuve una infancia muy infeliz.

Cuando tenía 2 años sufrí graves quemaduras al caerme encima una olla con agua hirviendo. Al día de hoy conservo cicatrices en varias partes de mi cuerpo.

La lluvia también trae bendiciones

Me encontraba en una silla de ruedas esperando en el vestíbulo del hospital a que viniera el taxi. Todavía tenía el hombro hinchado a causa de la operación y todo el brazo cubierto de marcas negras y azules.

Para colmo la lluvia me sumía más en mi mal humor. ¡Lo único que me faltaba! —pensé—, que lloviera.

Halterofilia espiritual

Uno de mis ejercicios favoritos es la halterofilia (levantamiento de pesas). No me dedico al fisicoculturismo; simplemente lo hago para tonificarme y mantenerme en forma. Además me resulta interesante cuánto se parece la halterofilia a nuestro crecimiento espiritual.

Un extraño en el estacionamiento

Sentado en el auto en una playa de estacionamiento, me tomé un momento para reflexionar sobre algunos cambios en mi vida y en mi trabajo. Tenía la impresión de que me había estancado y, francamente, estaba un poco intranquilo.

De golpe apareció un hombrecillo despeinado junto a la ventanilla. Con aire alegre y despreocupado, me saludó cálidamente. Me tomó un poco por sorpresa, así que reaccioné con cautela. En Sudáfrica, la delincuencia está a la orden del día. Abundan los oportunistas en busca de una presa fácil.

Dale los pedazos rotos de tu vida

Yo pensaba que tenía la vida resuelta. Tenía un marido amoroso, cuatro niños preciosos y una labor gratificadora como cooperante. Nos habíamos trasladado a Indonesia para colaborar en un taller protegido para niños discapacitados, bajo el patrocinio del Consejo Internacional de Bienestar Social. Para nosotros era un placer vivir aquella experiencia.

No hay mal que por bien no venga

Recuerdo que mi mamá nos recordaba con frecuencia que debíamos «ver el lado bueno de todo» y «dar gracias por cada cosita». Si nos quejábamos del calor de mediados de junio, nos decía: «Por lo menos podemos salir a nadar, ¿verdad?» Si murmurábamos porque no había postre una noche, nos preguntaba: «¿No se sienten agradecidos por las noches que sí hay postre?» Procuraba enseñarnos que en toda situación, por muy triste o mala que pareciera, siempre había algo por lo que uno podía estar agradecido y alegrarse. «No hay mal que por bien no venga», decía.

Todo cae en su lugar

«¡Todo se está viniendo abajo!», espeté al día siguiente de visitar el orfanato de Kurasini en Dar es-Salam, Tanzania. Nuestro grupo de voluntarios llevaba dos años trabajando con el personal de la institución para mejorar la calidad de vida de los niños. Habíamos comenzado por mejorar la higiene en la cocina y el aseo de los dormitorios, y había habido algunos progresos. Sin embargo, parecía que siempre había más que hacer. A medida que se extendía la lista de tareas pendientes, lo propio sucedía con la de materiales e insumos. Además estaba la cuestión del financiamiento. ¿Dónde íbamos a encontrar patrocinadores que nos ayudaran a cubrir todas aquellas necesidades?

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