Vivencias

Mi recurso secreto

Existe una antigua fábula acerca de dos vecinos que plantaron huertas similares. Uno regó sus arbolitos todos los días; el otro, más esporádicamente, cada varios días. Cuando llegó la estación seca, los árboles del primero se marchitaron; los del segundo, en cambio, siguieron creciendo. Como no habían tenido riego con tanta frecuencia, sus raíces habían crecido mucho hacia abajo en busca del agua de las capas freáticas.

No hay obstáculo insalvable

Las voces se oían asordinadas cuando comencé a despertarme lentamente de la anestesia tras la intervención quirúrgica que me habían hecho en la espalda.

Escuché entonces el pronóstico sombrío del médico: «Es posible que no pueda llevar una vida normal, y de ninguna manera podrá tener hijos con una desviación tan grave de la columna».

Perdida en mi ciudad

Pensé que la mudanza sería apenas un cambio de ambiente,que a lo sumo exigiría un poco de adaptación de mi parte. Al fin y al cabo, iba a regresar a mi país de origen, y ya conocía el idioma, la gente y sus costumbres. Si había logrado acostumbrarme al calor agobiante, la comida condimentada, los rickshaws1 y los monzones de la India y Nepal, donde había pasado ocho años como cooperante, aquel traslado en dirección contraria no tenía por qué resultarme muy complicado.

Mi Aconcagua

Cuando era niña, mi padre se asoció a un club de andinismo en el que personas de todo Río de Janeiro se reunían los domingos para escalar. Cuando ya se aprendió las principales rutas, comenzó a llevar a sus hijos y a otros jóvenes del vecindario a la cima de muchos cerros de la zona. En aquella época me fui dando cuenta de que la vida es como una serie de montañas y que hay que aplicar una táctica distinta para conquistar cada una.

El ciego que me sirvió de guía

Me acababa de mudar a Winnipeg (Canadá). Como todavía no me habían instalado la conexión a Internet en mi apartamento, decidí ir a un Starbucks cercano para aprovechar el Wi-Fi y hacer algo de trabajo.

A medio camino dudé si había puesto la billetera en la mochila y me detuve a revisarla. En ese instante sentí un golpe en el tobillo que me produjo un dolor agudo. Sin pensarlo, me di la vuelta para ver quién me estaba atacando.

Momento a momento

Cuando nuestro hijo Peter tenía tres años, le diagnosticaron leucemia. De un momento a otro nuestra vida cambió radicalmente. No hay manual de instrucciones que te pueda preparar para lidiar con una enfermedad que pone en riesgo la vida de tu hijo. Si bien hallamos refugio en los brazos de Jesús —nuestro tierno Pastor—, igual tuvimos que hacer frente al miedo durante semanas que se convirtieron en meses.

Homenaje a una mariposa

Andja nació en 1962 en Bosnia-Herzegovina, república entonces perteneciente a Yugoslavia. Al estallar la guerra a principios de los 90, toda su familia huyó, y se refugiaron en Vojnić, un pueblo de Croacia. Su marido quedó trastornado mentalmente por las atrocidades de la limpieza étnica y terminó recluido en una clínica. Ella lo tuvo difícil para criar a sus tres hijos sola. Para colmo sufría de diabetes y psoriasis. Sobrevivió labrando la tierra alrededor de su chocita y gracias a la ayuda de organizaciones humanitarias. Así fue como la conocimos en mayo de 2000.

Mi encuentro con Phoebe

Hace meses estuve en San Antonio (Texas) visitando a una pareja de amigos, Keith y Caryn1. Estando allí me preguntaron si quería acompañarlos a ver a su amiga Phoebe (pronunciado Fibi), que por entonces tenía 22 años. A la muchacha le habían diagnosticado leucemia y estaba en tratamiento.

Mientras cenábamos con ella me dijo que dos días antes se había enterado de que el cáncer ya no estaba en remisión y que se había tornado muy agresivo. Era probable que apenas le quedaran cuatro meses de vida.

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