Vivencias

Mi encuentro con Phoebe

Hace meses estuve en San Antonio (Texas) visitando a una pareja de amigos, Keith y Caryn1. Estando allí me preguntaron si quería acompañarlos a ver a su amiga Phoebe (pronunciado Fibi), que por entonces tenía 22 años. A la muchacha le habían diagnosticado leucemia y estaba en tratamiento.

Mientras cenábamos con ella me dijo que dos días antes se había enterado de que el cáncer ya no estaba en remisión y que se había tornado muy agresivo. Era probable que apenas le quedaran cuatro meses de vida.

Otra forma de estabilidad

«Ya no volverán».

Recuerdo cómo me sentí cuando la realidad de la situación por fin caló en mí: sola, temerosa e insegura. Llevaba años trabajando en una obra de servicio social en un país pobre del Sur de Asia. Participaba muy activamente y aportaba algo a la obra, pero esta no dependía de mí; yo era un simple engranaje de la maquinaria, y eso me venía de perlas. Me sentía segura y me podía beneficiar de los años de experiencia de los demás, eso sin hablar de su respaldo económico. Pocos motivos tenía para preocuparme.

De improviso

Nuestro jeep avanzaba a trompicones por un rústico camino que desembocaba en la carretera principal que conducía a Nairobi. Volvíamos de una provechosa misión humanitaria en una recóndita zona rural de Kenia. Mentalmente repasé la ajetreada semana que tenía por delante. Faltaban pocos días para la puesta en marcha del siguiente proyecto, y había mucho que planificar y organizar. Parecía que las horas no alcanzaban para todo.

Amo la vida

Las paredes de mi dormitorio se tiñen de luz con el sol de la mañana. Me froto los ojos, me desperezo, bostezo y dejo vagar mis pensamientos hacia el pasado. Con las vueltas que ha dado mi vida he hecho lo que a mi juicio es un descubrimiento, aunque seguramente muchos otros seres humanos ya desvelaron hace siglos ese secreto. He hallado lo que hace feliz a una persona y cómo puedo llegar yo misma a ser feliz.

Caída al vacío

Cuarenta años después, el episodio que voy a narrar, que tuvo lugar durante unas vacaciones en Escocia, sigue bien nítido en mi memoria. Aquella mañana mi amigo Adrián y yo salimos de un hostal de Fort William empeñados en subir al monte Ben Nevis, el más alto de Gran Bretaña (1.344 metros). Siendo un par de adolescentes aventureros, desestimamos las advertencias de los lugareños, que nos habían comentado que aquel no era un buen día para hacer el ascenso.

El agua

Era la canícula, la temporada más seca y calurosa. No había llovido en casi un mes. Los campos se agostaban. Las vacas habían dejado de dar leche. Hacía tiempo que no corría agua en los riachuelos. Aquella sequía iba a llevar a la ruina a más de un agricultor. Si no llovía pronto, lo perderíamos todo.

Una noche en-tren-tenida

Jack se sentó en el frío vagón y se caló la gorra para taparse las orejas. Llevaban varias horas varados, porque la locomotora de vapor y el primer vagón del expreso nocturno habían descarrilado donde el diablo perdió el poncho. No quedaba otra que esperar a que llegara auxilio. Corría el año 1959. Era pleno invierno y muy entrada la noche. No había calefacción ni luz, aparte de la linterna del maquinista y las de algunos pasajeros.

El triángulo de las bermudas

Cuando era joven no le daba tanta importancia; pero ahora, en retrospectiva, me doy cuenta de la influencia que tuvo en mí la fe de mi padre. Todavía recuerdo con ternura estar de pie en la iglesia junto a él y la impresión que me causaba cuando, con su metro ochenta de estatura, se ponía a cantar himnos de todo corazón.

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