Vivencias

Cuando se va un ser querido

Steve era un niñito alegre de ojazos marrones, cabello rubio rizado y un hoyuelo que aparecía en su mejilla derecha cada vez que sonreía. Tenía una mirada distraída y con frecuencia se sentaba junto a la ventana para contemplar la lluvia, las nubes o los pájaros.

—Lo ha besado un ángel —me dijo con una sonrisa la partera japonesa cuando puso por primera vez a aquella cálida criatura en mis brazos, señalando en la parte posterior de la cabeza un mechón de pelo blanco como la nieve—. Tiene un llamado especial en la vida.

A lo largo de los años recordé muchas veces sus palabras, deseosa de saber qué significado tenían.

Examen para una nueva vida

Una serie de pérdidas traumáticas me llevó a resentirme con Dios. Sola, sin ningún medio de sustento ni vislumbre alguna de esperanza, había intentado quitarme la vida. Recobré el conocimiento en un hospital, donde pasé los siguientes días recuperándome.

Llegó el Día de los Enamorados, el primero que pasaba sin mi marido. Sentada sola en una sala del hospital derramé las últimas lágrimas que me quedaban.

Paso a paso pesa a pesa

Un día Joe se fracturó un brazo. Era de esperarse, pues Joe era traceur o practicante de parkour. Para él el mundo era una gran pista de obstáculos. Todo era escalar y saltar, escaparse y estirarse, sobrepasar y rodar por el abarrotado paisaje urbano. Joe se exigía al correr, pasando unas veces sobre autos o muros, y otras por encima de tejados. Había ocasiones en que se excedía. El destino lo observaba de lejos, pendiente de su frágil brazo, a la espera de su oportunidad.

La mañana en que se fracturó el brazo, Joe había salido con dos amigos a ensayar un recorrido que querían filmar para un video casero. Unos cuantos ejercicios de calentamiento le dieron al destino su oportunidad.

El twitter de Dios

Me dolía la espalda de haber estado sentada tanto tiempo en el pequeño asiento metálico del autobús, y además tenía la cara enrojecida por el sol abrasador que se abatía sobre mí a través de la ventana abierta. El vehículo se zarandeaba por el camino polvoriento que atravesaba un sector medio desértico de la ciudad, en el que las casas grises y ruinosas y los campos cubiertos de maleza parecían ser un reflejo de mi vida. Las últimas semanas habían sido especialmente estresantes. En colaboración con unos amigos, había estado luchando por lograr avances en un nuevo programa de voluntariado comunitario; pero habíamos tenido más fracasos que éxitos, y eso, sumado a mis conflictos personales, me había envuelto en una pesada nube de desánimo.

¡Nunca te des por vencido!

Ben es un caballero canoso,cuya casa se encuentra en mi ruta de diligencias. Siempre me saluda cordialmente, y con el tiempo nos hemos hecho buenos amigos. Por su actitud alegre y su personalidad vivaz, es un placer para mí estar en su compañía a pesar de la diferencia de edad que existe entre los dos.

La primavera pasada Ben se resbaló en el piso mojado del baño, cayó de espaldas y se dio un fuerte golpe en la cabeza. El impacto le provocó un derrame cerebral que le dejó como secuelas recurrentes mareos y dolores de cabeza, visión borrosa, daño permanente en el ojo izquierdo y pérdida de resistencia.

Tres tesoros

Hace poco me planteé la pregunta:¿Qué me mantiene firme en épocas de crisis? ¿Qué me mantiene estimulada e impide que me rinda y diga: «No quiero esforzarme más», «No quiero entregarme tanto», «No quiero seguir desvelándome por los demás», «No quiero sufrir más desengaños», «Esta carga es muy onerosa, no la quiero llevar más»?

¿Qué antídotos tengo para no dudar de las promesas de Dios cuando mis defectos y fracasos se ciernen sobre mí como una nube negra y mis emociones me abruman? Cuando no sé si lograré aguantar, ¿qué me ayuda a no sucumbir a esos sentimientos de zozobra?

El camino a casa

Estaba escuchando a Frankie Miller interpretar la canción A Long Way Home cuando la letra cobró un significado especial para mí:

¡Qué largo es el camino a casa
de noche, a solas,

Los reveses de la vida

En la tarde del 9 de diciembre de 1914 un incendio, producto de una explosión, arrasó con un complejo industrial de la localidad de West Orange, en Estados Unidos. Por lo menos 10 edificios quedaron destruidos, y con ellos se fueron al traste años de investigación y experimentos. En aquel momento se estimó que las pérdidas ascendieron a unos 7 millones de dólares, equivalentes a unos 148 millones de hoy.

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