Vivencias

La carrera

Mientras paseaba un domingo por la ribera del río, estuve observando los cisnes y las demás aves. Le conferían un toque de belleza a aquella tarde asoleada que había decidido dedicar a mí mismo.

Los últimos años habían sido una pesadilla. Los efectos del alcoholismo se dejaban notar. El sentimiento de culpa, el pesimismo y el abatimiento pendían sobre mí como nubarrones. Me había separado de mi mujer y había perdido mi empleo. También había perdido el respeto de todos mis amigos y compañeros de trabajo. Me sentía inútil y fracasado.

Dejarse caer

Cuando era niña jugábamos a ponernos rígidos como una tabla y dejarnos caer de espaldas en los fuertes brazos de un adulto situado detrás de nosotros. Es curioso, pero a pesar de las muchas veces que lo vi y lo hice yo misma, me resultaba difícil no doblar las rodillas ni hacer ningún otro acto reflejo en el último momento para evitar la caída. Simplemente tenía que dejarme caer, sin acobardarme, venciendo mis impulsos naturales y mis reflejos. Era necesario que confiara sin reservas en la persona que estaba allí para evitar que cayera al suelo.

Festín de gusanos

Eran las 6:30 de la mañana. Me había levantado temprano y me encontré con un día lluvioso justo cuando nuestro clan familiar había planeado una excursión. La lluvia en sí no me importaba tanto. Sin duda que la tierra la necesitaba. Eché un vistazo al jardín. Me fijé en un pajarillo regordete color café que iba dando saltitos y escudriñaba el suelo húmedo con la esperanza de hallar un carnoso festín en la figura de un desventurado gusano a punto de ahogarse.

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