Amo la vida

Amo la vida

Las paredes de mi dormitorio se tiñen de luz con el sol de la mañana. Me froto los ojos, me desperezo, bostezo y dejo vagar mis pensamientos hacia el pasado. Con las vueltas que ha dado mi vida he hecho lo que a mi juicio es un descubrimiento, aunque seguramente muchos otros seres humanos ya desvelaron hace siglos ese secreto. He hallado lo que hace feliz a una persona y cómo puedo llegar yo misma a ser feliz.

Durante años consideré que ser feliz consistía primordialmente en gozar de óptima salud y no sentir dolor físico. Un ideal de difícil acceso para mí que desde chica he sufrido de asma y otros trastornos de salud. Con el tiempo, sin embargo, lo que me parecía que era el mayor enemigo de mi felicidad ha llegado a ser mi mejor maestro en ese sentido.

A los 16 años tuvieron que hacerme una cirugía de urgencia para extirparme un quiste gangrenoso, y pasé la Nochevieja en el hospital. Cuando logré levantarme de la silla de ruedas y dar los primeros pasos después de la operación, casi no cabía en mí de contento. Esos pasos lentos, tambaleantes, fueron la mejor sorpresa de Año Nuevo que podía haber pedido. De repente caí en la cuenta de que la alegría se puede gestar a partir de algo tan prosaico como caminar.

Aunque parezca una bobada, también me alegré de poder ir al baño sola, sin asistencia. Luego de la cirugía estuve varios días con un catéter. Cuando me lo retiraron y pude otra vez sentarme en el excusado, valoré enormemente algo a lo que hasta entonces no había dado mayor importancia.

Otra fuente de dicha es poder respirar sin esfuerzo. El asma que padezco siempre me ha llevado a reconocer que la respiración es un preciado don; no obstante, una experiencia que viví hace unos años reforzó esa noción. En un importante hospital me practicaron una TC (tomografía) abdominal. Durante el procedimiento me inyectaron un agente de contraste. En aquel tiempo lo ignorábamos, pero la sustancia empleada puede ser muy peligrosa para quienes padecen de asma. Al entrar en el torrente sanguíneo, el líquido me produjo un dolor atroz, y sentí una inmensa presión en los pulmones. Minutos después sufrí un choque tóxico, producto de una aguda reacción alérgica. Me llevaron de prisa a la sala de emergencias, donde las enfermeras me aplicaron antídotos y me conectaron a un respirador. Al cabo de dos intensas horas quedé por fin fuera de peligro.

Nunca olvidaré lo que sentí cuando regresé a casa. Me paré junto a la ventana a mirar los tonos rosados del atardecer, respiré profundamente y me dije: «Puedo respirar otra vez sin dolor. ¡Estoy aquí, estoy viva!» El recuerdo indeleble de aquel día ha llegado a ser un punto de referencia en mi vida. Cada vez que estoy desanimada o fatigada, evoco aquellos momentos y revivo la dicha de comprender lo mucho que Dios me ha bendecido.

Esa dura prueba también me llenó de gratitud por mi vista. En lo más violento de la reacción alérgica se me hinchó tanto la cara que apenas si podía abrir los ojos. Me moría de ganas de mirar a mi padre, que estaba a un lado de la cama y me tenía tomada una mano; sin embargo, por las rendijitas que dejaban mis párpados entreabiertos difícilmente lograba distinguir su silueta. Cuando pude abrir nuevamente los ojos, me quedé  observando con asombro y emoción todo lo que me rodeaba.

Poder caminar, ir al baño, respirar, ver… es cierto que mis motivos para estar alegre han cambiado radicalmente. Cada vez son más las cosas que me hacen feliz, cosas que antes ni me imaginaba, pues estoy aprendiendo que mi felicidad poco tiene que ver con las circunstancias y mucho con la perspectiva con que las vea. Mi vida está salpicada de emocionantes pruebas y dichas, todas ellas igualmente dignas de celebrar.

Vuelvo a abrir los ojos y me incorporo en la cama. Un rayo de sol penetra por la ventana y baña los pies de mi cama. Muevo mis deditos bajo su brillo dorado y sonrío. Comienza un nuevo día: me gozaré y me alegraré en él1.


Amo la vida…
su permanente variación,
su misterio, sus altibajos,
que me llevan a la oración.
Amo la vida…
sus espinas, sus arcoíris,
el sol que transforma en diamantes
las lágrimas de mis crisis.
Amo la vida…
las aves, sus trinos contentos,
las flores, los goces sencillos
que a mí me llenan de aliento.
Amo la vida…
las cumbres, los vientos hostiles,
la dura cuesta iluminada
por una Luz que no se extingue.
Amo la vida…
los tramos de desierto ardiente,
los largos días de silencio
que nos hacen más valientes.
Amo la vida…
alba, ocaso, flujo y reflujo,
todo ello hermoso porque Dios
nos ama y dice: «Yo te ayudo».  

1. Salmo 118:24

Podcast

Evelyn Sichrovsky

Evelyn Sichrovsky

Evelyn Sichrovsky es creadora de contenidos para libros y materiales didácticos infantiles. Vive en el sur de Taiwán.

Copyright 2020 © Activated. All rights reserved.