¡De un solo trago!

¡De un solo trago!

Mi segunda hija nació hace poco. La llegada de cada nuevo componente de la familia viene acompañada de un cúmulo de nuevas emociones, alegrías y lecciones. Lo más difícil que tengo pendiente ahora mismo es alistarme para volver al trabajo y preparar a mi chiquita de tres meses para la transición. A mi primogénita —a punto de cumplir cuatro años— nunca le agradó el biberón, y parece que a la segunda le ocurre lo mismo. Cada vez que tiro la leche que sobró me da pena y me siento tremendamente derrochadora.

Al ver desaparecer el precioso alimento por el desagüe del fregadero, ¡cómo me gustaría que mi bebé de alguna manera comprendiera que lo que hago es por su bien! Quisiera que entendiera que esa leche es tan buena como la que toma normalmente, solo que viene en un envase diferente. Aunque no esté igual de tibia y la experiencia no sea tan placentera, suave y reconfortante, el alimento es perfecto para sus futuras necesidades. Me gustaría que comprendiera que no pretendo enfadarla ni negarle lo que desesperadamente quiere; no es que desee hacerle daño ni que no comprenda sus gritos de irritación cuando tiene hambre. Lo hago porque la amo y deseo que sea capaz de adaptarse a los cambios que se avecinan y pasar más fácilmente a la siguiente etapa de nuestra vida.

Conforme se aproxima la fecha de integrarme a mi nuevo trabajo, el estrés va haciendo mella en mí. Una noche, de pie junto al lavadero, me puse a reflexionar sobre los últimos seis meses y cómo ha cambiado la situación de nuestra familia. Hace más de un año, mi esposo y yo abrimos un negocio muy próspero con dos de nuestros mejores amigos. Con vistas a dedicar toda nuestra atención a esa empresa, pospusimos el tener un segundo hijo. Nuestra actividad profesional y las personas con las que trabajábamos nos brindaban una alegría enorme. Era un sueño hecho realidad, y teníamos grandes expectativas para el futuro. Así las cosas, nos hacía ilusión, una vez que el negocio tomara vuelo, aminorar un poco la marcha y concentrarnos más en nuestra familia.

No obstante, poco antes de que comenzara el segundo año surgió un desacuerdo con uno de nuestros socios por una cuestión de principios. De forma más bien repentina, tres de nosotros perdimos toda nuestra inversión en la empresa y más. Fue una pérdida desgarradora a todo nivel.

Volviendo al presente, exhalé un suspiro con un nudo en la garganta. «¿Por qué tuvo que suceder eso? ¿Por qué me encuentro ahora en una situación en que tendré que separarme enseguida de mi nena? ¿Por qué esa persona nos perjudicó tanto? Cada año trae consigo nuevas dificultades que ponen a prueba nuestro aguante, pero este ha sido el colmo. ¿Cuándo podremos tomarnos un respiro?»

Desde luego en ese momento no estaba pensando en nada espiritual, pero justo se me encendió una luz, como si de pronto me hubieran inyectado una idea en medio de mis atribulados pensamientos. Lo que me pasa con mi bebé podría compararse con lo que en algunas ocasiones Dios se ve obligado a hacer con nosotros. Él solo quiere nuestro bien; pero a veces las cosas que permite que nos sucedan no nos parecen nada buenas. Eso que nos plantan en las narices nos resulta desagradable, extraño e incómodo. No alcanzamos a ver mucho más aparte de ese enorme y detestable artefacto, y sentimos que nos han robado la suavidez e intimidad a la que nos habíamos acostumbrado.

Al igual que le pasa a mi chiquitina, mi alma gritaba y lloraba, y no veía cómo podía emerger algo positivo de esa situación. Afortunadamente tengo un Padre celestial omnipotente y omnisciente que nunca me abandona, ni siquiera en mis momentos de mayor debilidad. Tiernamente enjuga mis lágrimas y me susurra: «No te negaré lo que necesitas. Sé que te parece difícil y que te sientes destrozada; pero, Mi querida hijita, Yo conozco lo que necesitas para las siguientes etapas de tu vida. Deseo dotarte de las habilidades que precisas, y si confías en Mí y aceptas lo que te ofrezco, muy pronto estarás tan llena y satisfecha como antes. Serás más sabia y aceptarás mejor el futuro y lo que te tengo reservado».

¡Cómo debe de dolerle a nuestro Padre que no confiemos en Él y dejemos que las maravillas que nos ofrece se vayan por el sumidero, que opongamos resistencia y alcemos la voz en protesta cuando Él está esforzándose por ayudarnos! ¡Cuántos obsequios Suyos he dejado pasar! ¡Cuántas veces les he dado apenas una probadita sin aceptarlos plenamente! Podría beneficiarme de toda esa bondad si tan solo confiara, si me sometiera a Sus deseos, si decidiera abrazar los cambios, si me esforzara una pizca más hasta ver a dónde me lleva todo esto.

Al meditar más sobre este asunto, recordé un sinfín de ocasiones en que he sufrido desengaños o injusticias o me he enfrentado a pruebas de marca mayor. Con el tiempo descubrí que cada una de ellas era apenas un peldaño para ascender un poco más. Me condujeron a lugares, personas y experiencias que me brindaron alegría y satisfacción y me enseñaron nuevas habilidades, las cuales me prepararon para oportunidades que surgieron más tarde. Sin esos traumas y dramas del pasado no tendría ahora la fe y la confianza que tengo para superar este último trance que ha trastornado mi vida.

De acuerdo, Padre, calienta el biberón. Confío en Ti.

¡De un solo trago!

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Jennifer McGinley

Jennifer McGinley es dibujante y profesora. Actualmente vive con su familia en Albania.

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