La carrera

La carrera

Mientras paseaba un domingo por la ribera del río, estuve observando los cisnes y las demás aves. Le conferían un toque de belleza a aquella tarde asoleada que había decidido dedicar a mí mismo.

Los últimos años habían sido una pesadilla. Los efectos del alcoholismo se dejaban notar. El sentimiento de culpa, el pesimismo y el abatimiento pendían sobre mí como nubarrones. Me había separado de mi mujer y había perdido mi empleo. También había perdido el respeto de todos mis amigos y compañeros de trabajo. Me sentía inútil y fracasado.

Unas cuantas personas pasaron trotando junto a mí. Un grupo de jóvenes ciclistas hizo lo propio a toda velocidad. Casi ni les presté atención. Andaba abstraído en mis pensamientos, repasando los sucesos de los últimos años. No acertaba a entender en qué punto había tomado las decisiones erróneas que me habían conducido a la penosa situación en que me encontraba.

En ese momento oí una vocecita que decía:

—¡No te rindas! ¡Sigue! ¡No te rindas!

Aquellas palabras retumbaron en mis oídos.

Me di la vuelta y vi a un niño como de siete años que venía corriendo hacia mí, seguido de su hermana menor, que tendría unos cinco años. Me imagino que ésta tenía ganas de abandonar la carrera que habían acordado entre los dos, por lo que al pasar a mi lado él volvió a gritarle:

—¡No pares ahora! ¡Tienes que llegar a la meta!

Me recordó una escena de la película Carrozas de fuego (1981) en la que Eric Liddell —uno de los participantes en una carrera de 440 yardas clasificatoria para las Olimpíadas de 1924— sufre un empujón de otro corredor y cae fuera de la pista. Me imagino lo que debió de pensar en ese momento mientras los demás velocistas lo adelantaban. «¡Date por vencido! ¡Has perdido! ¿Para qué terminar la carrera?» Pero Liddell se levantó, volvió a la pista, corrió como si estuviera destinado a ganar y, en efecto, ganó.

Por primera vez en mucho tiempo esbocé una sonrisa. Un haz de luz atravesó mis tinieblas. Había tocado fondo. ¿Y qué? No tenía más remedio que incorporarme y echar para adelante. Me convencí a mí mismo de que podía levantarme. Podía volver a la pista y ponerme a correr. Tal vez no gane tan dramáticamente como Liddell, pero puedo terminar la prueba, la gran carrera de la vida.

Ha pasado el tiempo. Sigo corriendo y he hecho avances importantes. Soy un alcohólico en rehabilitación y he encontrado renovada ilusión y satisfacción dedicándome una vez más a dar a conocer el amor de Dios y la esperanza que Él nos infunde. Nunca es tarde para levantarse y hacer otro intento.

Scott Montrose

Scott Montrose es integrante de La Familia Internacional en Oriente Medio.

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