Qué diferencia hace la fe

Qué diferencia hace la fe

Mi padre padeció profundos trastornos mentales que nos causaron a él, a mi madre y a sus siete hijos mucho dolor. Tuve una infancia muy infeliz.

Cuando tenía 2 años sufrí graves quemaduras al caerme encima una olla con agua hirviendo. Al día de hoy conservo cicatrices en varias partes de mi cuerpo.

A los 17 años se me diagnosticó glomerulonefritis, una enfermedad crónica de los riñones que rara vez afecta a personas tan jóvenes.

A los 20 años enfermé de salmonella, lo que me mantuvo seis semanas en el hospital. Sobreviví de milagro, pero la enfermedad causó estragos en mis ya malogrados riñones.

A los 37 años sufrí una insuficiencia renal crónica. Me mantenía con vida por medios artificiales, conectado tres veces a la semana durante cuatro horas a una máquina de diálisis que me extraía las toxinas de la sangre. El tratamiento tenía lugar en una clínica de la ciudad. Sin aquel tratamiento habría muerto al cabo de una semana.

Dos años y medio después mi hermana me donó uno de sus riñones. Eso me liberó de la máquina de hemodiálisis, pero me exigía tomar medicamentos inmunosupresores cada doce horas y hacer visitas periódicas a la clínica para monitorear el funcionamiento del órgano trasplantado. De lo contrario, perdería la vida.

Cinco meses después del trasplante de riñón que me salvó la vida, mi hermosa esposa murió de forma repentina con apenas 34 años de edad. Quedé solo con cinco hijos pequeños y mis temas de salud. Fue una pérdida demoledora, pero perseveré en mi vida y varios años después me volví a casar. Mi encantadora mujer y yo tenemos dos preciosos niños.

Desafortunadamente, hace dos años el riñón que me trasplantaron dejó de funcionar y una vez más debo mantenerme con vida por medios artificiales con una máquina de diálisis. Tengo 57 años y estoy a la espera de un segundo trasplante de riñón.

En mi historial médico figuran extensos periodos de mala salud y de postración en cama, episodios urgentes de vida o muerte, cientos de visitas al hospital, unas mil agujas, montones de medicamentos, incontables análisis de sangre y otros procedimientos, varias cirugías, considerables complicaciones y muchos ingresos a hospitales. Y esto aún no termina.

Soy consciente de que hay muchas personas con existencias mucho más difíciles que la mía. Para mí, sin embargo, mi vida ha sido mucho más difícil que la de casi todas las personas que conozco. A pesar de ello, he tenido una vida maravillosa. Con todo, he estado felizmente casado con dos maravillosas mujeres, soy padre de siete hermosos hijos, he servido a Dios como misionero y voluntario durante 38 años y he vivido o visitado 18 países, donde he disfrutado de un sinfín de aventuras.

¿Cómo he hecho entonces para mantener una actitud optimista y volver a levantarme una y otra vez luego que la adversidad —al parecer— me asestara un golpe mortal? La respuesta reside en mi fe en Dios y en la vida venidera:

  • Sé que, si bien desconozco los motivos por los que he tenido tan poca suerte, Dios los conoce y Él lo hace todo bien.1
  • Sé que aunque mi familia y seres queridos a veces no entienden por lo que estoy pasando, Dios sí lo entiende.
  • Sé que Él me ama y vela por mí, y que aunque tenga que hacer frente a una adversidad y un dolor espantosos, Él no me desamparará ni me dejará.2
  • Sé que ni Jesús mismo fue eximido del sufrimiento terrenal y que, por lo tanto, entiende cómo me siento y simpatiza conmigo, por cuanto Él mismo fue blanco de burlas y torturas y rechazado, traicionado y a la postre ejecutado cruelmente.3
  • Sé que la Biblia promete que «para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien».4
  • Sé que es posible encontrar gozo después de la desesperación, porque Él ha prometido que «por la noche durará el lloro y a la mañana vendrá la alegría».5
  • Sé que un golpe de nocaut no es un golpe mortal. Con la ayuda de Dios podré levantarme y continuar luchando. «Aunque siete veces caiga el justo, volverá a levantarse».6
  • He encontrado consuelo en el relato bíblico de Job, el acaudalado terrateniente del Antiguo Testamento que perdió su inmensa fortuna, su ganado, su casa, sus hijos y al final hasta su salud, a propósito de una infausta serie de catástrofes naturales y desastres de índole personal. Pese a todo, no perdió su fe en Dios.
  • Sé que el sufrimiento enseña valiosas lecciones de vida, entre ellas empatía por otros sufrientes, y que me ha convertido en una fuente de ánimo para esas personas.
  • Sé que esta vida es una preparación para la próxima y que las lecciones aprendidas aquí tendrán valor por la eternidad.
  • Sé que puedo aguardar con ilusión una eternidad libre de lágrimas, penalidades, enfermedad y dolor. «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron».7

Si no eres creyente, conéctate con Dios ahora recibiendo a Su Hijo, Jesús, en tu corazón y emprende hoy tu travesía de fe. Si eres nuevo en la fe cristiana, procura aumentar y fortalecer tu fe mediante el estudio de Su Palabra, la Biblia, y otros escritos cristianos que fortifican la fe. «La fe proviene del oír, y el oír proviene de la palabra de Dios».8

La fe produce una diferencia abismal a la hora de superar la adversidad. Bien valen el tiempo y el esfuerzo que se dedican a aumentar y fortalecer la fe en Dios.

1. V. Marcos 7:37
2. V. Hebreos 13:5
3. V. Hebreos 4:15
4. Romanos 8:28 (NBLA)
5. Salmo 30:5
6. Proverbios 24:16
7. Apocalipsis 21:4
8. Romanos 10:17 (RVC)

George Sosich

George Sosich es misionero cristiano, músico y escritor. Vive en Japón.

Copyright 2021 © Activated. All rights reserved.