¿De quién es el mérito?

¿De quién es el mérito?

Pregunta: En varias ocasiones he sabido de personas que hicieron algo extraordinario o heroico —batieron un récord mundial o rescataron a un niño de un edificio en llamas, por ejemplo— y que dijeron: «Alabado sea Dios», o: «Fue gracias a Jesús», o: «No me lo agradezcan a mí; agradézcanselo a Dios». Cuando alguien ha trabajado arduamente para lograr algo o ha arriesgado la vida por otra persona, ¿no es falsa modestia que le atribuya el mérito a Dios o a Jesús? ¿Por qué no habría de aceptar las merecidas muestras de reconocimiento?

Respuesta: Lo cierto es que hoy en día la mayoría de las personas no le reconocen a Dios el papel que desempeña en sus logros. ¿Está bien eso? Según la Biblia, «no puede el hombre recibir nada a menos que le sea dado del Cielo» (Juan 3:27), y «toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto» (Santiago 1:17). De modo que Dios se merece al menos una buena parte de ese reconocimiento. Y bien pensado, lo mismo vale para todos nosotros en todo lo que hacemos.

Además de ser lo correcto, en realidad al reconocerle el mérito a Dios nos hacemos un favor a nosotros mismos, pues eso le agrada, y así es más fácil que quiera volver a ayudarnos o a valerse de nosotros. Además, es importante por el bien de los demás que aclaremos las cosas, pues eso afianza su fe.

En el libro de los Hechos, capítulo 3, hay un buen ejemplo de atribuirle a Dios el mérito, en el relato del cojo que se sanó en la entrada del templo después de pedir limosna a Pedro y Juan. «No tengo plata ni oro —le dijo Pedro—, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda». Pedro tomó al hombre de la mano y lo levantó, y enseguida el hombre se sanó y entró al templo con Pedro y Juan «andando, y saltando, y alabando a Dios». Cuando la multitud atónita se reunió en torno a ellos, Pedro les preguntó: «¿Por qué os maravilláis de esto? Es decir, ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? Dios ha glorificado a Su Hijo Jesús. La fe que es por Él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros» (Hechos 3:1-16).

Un pastor de ovejas llamado David hizo precisamente eso cuando, siendo adolescente, aceptó con valentía el desafío del gigante Goliat parar medirse con él en un duelo a muerte.

Antes de iniciar el combate, clamó a viva voz para que todos lo oyeran: «Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre del Señor, a quien tú has provocado. El Señor te entregará hoy en mi mano. Y sabrá toda esta congregación que el Señor no salva con espada y con lanza; porque del Señor es la batalla» (1 Samuel 17:45-47). Y cuando el pequeño David triunfó sobre el gigante, todo el mundo supo que Dios había intervenido, porque el muchacho le había reconocido todo el mérito al Señor, aun antes de derrotar a Goliat.

Si de veras ansías la bendición y la ayuda de Dios, imita a David y proclama con audacia Su grandeza. Cada vez que reconoces que Él te ayudó, le atribuyes la gloria. Cada vez que dices: «Gracias, Señor», le atribuyes a Él el mérito. «Díganlo los redimidos del Señor» (Salmo 107:2). 

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