Diario de gratitud

Diario de gratitud

«No recuerdo cómo se escribe esa palabra. ¿Cómo hago para expresar esta idea correctamente? Parece que no logro volcar mis ideas en el papel».

Me daba cuenta de que mis habilidades como escritora estaban oxidadas. No había tenido mucha ocasión de ordenar mis ideas en párrafos desde que había salido del colegio, y ahí, frente a mí, estaban las penosas consecuencias. Entonces me acordé de cuánto había disfrutado de un curso de expresión escrita que tomé en la universidad.

Así nació la idea de mi diario de alabanza. Anteriormente llevaba un registro de cada día a modo de bitácora abreviada, más que nada con el ánimo de organizarme. Mis comentarios decían: «8 de abril: Envié un paquete a mi hija y visité a María», o: «Fui al médico y empecé el tratamiento para la gripe». Este diario, sin embargo, sería diferente. Haría mucho más que simplemente enumerar hechos. Me tomaría el tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido durante el día y luego consignaría mis ideas y mi sentir al respecto.

Más importante aún, me impuse una condición: no me permitiría expresar comentarios negativos sobre personas o situaciones. Lo que escribiera debía proceder de un corazón lleno de alabanza, aun cuando la situación me pareciera injusta, la persona antagónica o el día totalmente sombrío.

El ejercicio resultó terapéutico. Aprendí a escribir plegarias que depositaban situaciones desagradables en las manos de Dios. Cuanto más escribía con esa actitud positiva, más claramente lograba entender las circunstancias en que me veía, más optimista era mi perspectiva de otras personas y más soluciones se me ocurrían. Esa forma de llevar un diario me recordó que debo dar «gracias a Dios en toda situación»1, sabiendo que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman»2.

Además de servirme para repasar la multitud de bendiciones que recibo cada día, esta iniciativa también me enseñó a orar por los aspectos menos agradables. Esas ideas y oraciones escritas son como declaraciones de fe a las que puedo referirme cuando releo lo que escribí. Observar lo que me sucede en la vida a través del prisma de la alabanza es algo más natural para mí ahora.

Además, de refilón, con tanto practicar ha mejorado mucho mi ortografía, y escribo con más originalidad. Hasta compré una pluma caligráfica para el titulado de las páginas y a veces hasta hago algunos caracteres con filigrana o ilustro ciertos pasajes que se salen de lo común con pequeños bosquejos en tinta. Día a día me sirve de recordatorio de que «si nos detenemos a reflexionar, motivos tendremos para agradecer»3.

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Mejor es perder la cuenta enumerando tus dichas que perder tu dicha sacando la cuenta de tus problemas. Maltbie Babcock (1858–1901)

El reconocimiento es la memoria del corazón. Hans Christian Andersen (1805–1875)

1. 1 Tesalonicenses 5:18 (NVI)
2. Romanos 8:28 (NVI)
3. Anónimo

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Sally García

Sally García es educadora y misionera. Vive en Chile y está afiliada a la Familia Internacional.  

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